La sociedad de Ada funciona bajo una premisa simple: solo los cuerpos útiles merecen existir. Clasificada como clase B, ella vive bajo vigilancia constante en la Catedral, una ciudad subterránea que promete orden y supervivencia a cambio de obedienc...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Cuando todo terminó, los presentes comenzaron a retirarse. Nuestros abogados nos dieron algunas indicaciones y luego se marcharon. La familia de Evan lo esperaba afuera, así que salió a hablar con ellos. Me quedé sola en la sala, con la cabeza llena de ruido.
La doctora Rita apareció poco después. Ya no llevaba su bata. Al verla sin uniforme, noté por primera vez el tatuaje en forma de serpiente en su antebrazo. Ella se dio cuenta y subió la manga para que lo viera mejor.
—Es una serpiente cantil —dijo, sin dejar de sonreír—. Como mi apellido.
—La doctora serpiente —bromeé sin entusiasmo.
El silencio se instaló entre nosotras. Aun así, Rita insistía en hablarme.
—¿Ya pensaste en dónde te vas a quedar?
—Todavía no, pero Evan y yo ganamos algo de dinero con unas cosas que encontramos. Espero que eso ayude.
—Nosotros tenemos un apartamentito extra —comentó con naturalidad—. Está separado de la casa. Tiene cocina, baño, su propia entrada. Todo el terreno está cercado, es seguro y tranquilo. Hablé con mi esposo y está de acuerdo con que te quedés ahí un tiempo. Ahora que apareciste en las noticias, lo mejor es que no andes sola por ahí.
¿¡En las noticias!? ¿En qué momento había pasado eso? Igual no quería saber; solo iba a ponerme más nerviosa. Rita tenía razón: era mejor permanecer cerca de las personas que conocía.
—Gracias —murmuré, desviando la vista hacia la puerta sin querer.
—Ya viene Evan —dijo con suavidad—. Me dijo que lo esperés.
Y, en efecto, Evan apareció unos minutos después. Él también opinaba que lo mejor era que me quedara en lo de Rita, al menos hasta que se resolviera todo.
Evan le agradeció a la doctora, asegurándole que él se haría cargo de lo que yo necesitara. Me sentía incómoda con tanta atención; no entendía por qué se empeñaban en cuidarme. Pero, al mismo tiempo, sabía que los necesitaba y me sentía profundamente agradecida de tenerlos.
Rita fue por su auto y partimos hacia su casa. Ya era cerca del mediodía.
Comenzamos a movernos por calles amplias, bordeadas por colosales árboles de corteza roja. Las casas —todas parecidas— estaban ubicadas al centro de terrenos cuadrados, delimitados por cercas sencillas. Casi no había muros ni estructuras elevadas. Solo árboles, cielo y líneas rectas. Gente iba y venía a pie o en antiguos vehículos restaurados. Yo sentía que había viajado en el tiempo o cruzado a otra dimensión.
Sin darme cuenta, me había prendido a la ventanilla del auto. Evan iba en el asiento de atrás. Al notar mi cara de asombro, extendió la mano y me cerró la boca con suavidad.
—Cuidado con las moscas —dijo entre risas.
Yo me sonrojé y volví a acomodarme en el sillón. Él y Rita reían.