La sociedad de Ada funciona bajo una premisa simple: solo los cuerpos útiles merecen existir. Clasificada como clase B, ella vive bajo vigilancia constante en la Catedral, una ciudad subterránea que promete orden y supervivencia a cambio de obedienc...
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Odiaba las áreas comunes en hora pico: esa masa repugnante de gente dirigiéndose a sus trabajos y escuelas. La fila para abordar el tren era larguísima, y la espera en cada estación, eterna. Personas subían y bajaban, empujándose unas a otras.
Por suerte, conseguí asiento al subir. Saqué mi handphone y mis lentes de contacto para revisar la red.
En el asiento de adelante, una niña de cuatro o cinco años me observaba fijamente, encorvada sobre su silla. Seguro pensaba que era una simplona por mi ropa oscura y mi falta de arreglos. Movió los labios, como preparándose para lanzar una de esas brutales observaciones que suelen hacer los niños, pero me anticipé: dejé que Bii saliera de mi bolso y revoloteara un poco alrededor de ella para distraerla.
—¡Wow! ¿Qué es eso? ¿Puedo verlo?
—Claro. Se llama Bii, es mi smartpet. ¿Te gusta?
—¡Sí, está muy linda! ¡Hola, Bii! —exclamó la niña, agitando la mano.
Bii respondió imitando el gesto mediante un holograma, y la niña rio divertida. Luego dijo:
—¿Puedo jugar un rato con tu abejita?
—Claro, pero vas a necesitar esto —respondí, extendiéndole el brazalete de control.
La niña miró el dispositivo con gran confusión (las mascotas más nuevas funcionaban solo por comandos de voz y ya no usaban controles). Le expliqué que Bii tenía diecisiete años, y problemas de conexión, pero aún guardaba juegos divertidos.
Mientras la niña intentaba descifrar cómo controlar a mi abejita, me distraje recordando aquella madrugada en que papá volvió del trabajo con dos pequeñas cajas: una amarilla y otra rosa, nuestros colores favoritos. Ángela y yo, al instante, supimos cuál elegir.
Cuando abrí la caja amarilla, vi por primera vez a Bii: una abejita robótica del tamaño de una uva, con franjas amarillas y negras sobre su cuerpo cromado. Cámara y proyector al frente, asemejando unos ojos negros, y una diminuta hélice decorada con tela traslúcida que, al volar, hacía parecer que tenía alas.
Papá bromeó diciendo que ella duraría más que cualquier amigo... y así fue. Después de tantos años a mi lado, su hélice y sus colores estaban algo desgastados, pero seguía siendo mi compañera. Su inteligencia "artificial" se sentía más real que la de muchas personas.
La niña aún no comprendía cómo funcionaba, así que añadí:
—Mira, te lo pones así, como un reloj, y aquí en la pantalla aparecen el control de vuelo, la cámara y los archivos. Para hablarle, presionas este botón.
Observé a la madre: llevaba lentes de realidad aumentada; su atención estaba completamente en la red. Me recordó a mamá.
Ella era muy activa en redes; le encantaba tomarnos fotos y videos. Nos dejó cientos de teras de recuerdos hermosos. Siempre lograba captar nuestro mejor ángulo (aunque eso significara regañarnos para que colaboráramos). Aun así, yo prefería los archivos sin editar de Bii: torpes, espontáneos, auténticos... retrataban fielmente quiénes habíamos sido como familia.