La sociedad de Ada funciona bajo una premisa simple: solo los cuerpos útiles merecen existir. Clasificada como clase B, ella vive bajo vigilancia constante en la Catedral, una ciudad subterránea que promete orden y supervivencia a cambio de obedienc...
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Ese sábado, al día siguiente de la audiencia, Rita apareció muy temprano para llevarme al laboratorio. Con todo el embrollo legal, apenas había pensado en el asunto de congelar mis óvulos, pero ella parecía tan entusiasmada que me resultó imposible negarme.
Llegamos al instituto, que estaba casi desierto ese día. Veía a la doctora hablar sin parar, ir de un lado a otro preparando todo. Yo había tomado un par de pastillas el día anterior, para relajarme después de la audiencia; aún me sentía bastante estresada, pero al menos ya había logrado dejar de sobrepensar.
Casi sin prestar atención, fui haciendo todo lo que Rita me decía: una bata blanca, una camilla, las luces desfilando sobre mis ojos, las puertas del quirófano abanicándose detrás de mis pies, agujas, la mascarilla, "respirá profundo"... Mis ojos se cerraron, pesados, mientras miles de dudas y temores intentaban alcanzarme en vano. Me había sumergido por completo en un estado de hermosa inconsciencia.
Al despertar, Evan me sacudía desesperadamente mientras yo intentaba desprenderme del pesado sueño de la anestesia.
—¡Ada! ¿¡Qué te pasó!? ¿¡Qué te hicieron!?
—Nada, Evan, calma —traté de decir con mi voz torpe y adormilada.
Él no hizo caso. Quitó la sábana que me cubría y, sentándome, me envolvió con ella. Se disponía a levantarme en sus brazos, cuando Rita apareció en la puerta de la habitación.
—¿Qué está pasando? —preguntó ella.
—¡Usted dígame! ¿Qué le hizo? —dijo Evan en tono agresivo.
La doctora solo rodó los ojos. Yo apenas podía moverme; los músculos me pesaban, mi mente estaba perezosa, pero como pude me desenredé de la sábana y tomé el brazo de Evan.
—No pasa nada —le dije—. Solo dame unos minutos y te cuento todo.
Rita se aproximó, hizo a Evan a un lado, y me ayudó a acostarme de nuevo.
—Ada necesita descansar —dijo Rita, evidentemente molesta—, y vos, necesitás preocuparte por tus propios asuntos.
—No importa —murmuré, solo para que dejaran de pelear.
Pero ella no bajó el tono. Con el ceño fruncido y la vista clavada en Evan comentó:
—Sí importa Ada. Es tu cuerpo. No le debés explicaciones a nadie. De hecho, dada tu situación legal, yo que vos pensaría bien con quién hablar.
—Evan sabe todo de mí —dije, tratando de no enredarme con mi propia lengua.
Los dos se miraron con ese aire intimidante que ambos sacaban a relucir de vez en cuando. Yo me quedé observando el duelo en medio del estupor de los sedantes.
—Cálmate, estoy bien —dije, estirando el brazo para tomar el de Evan.
Él se acercó a la camilla y, suavemente, acomodó mi cabello alborotado.