Las puertas de cristal finalmente se abrieron. Evan estaba frente a mí. Ambos salimos de nuestras habitaciones, despacio.
Éramos libres otra vez.
Llevábamos tantos días sin hablar... pero no era hablar lo que yo quería. Solo deseaba abrazarlo de nuevo, así que corrí hacia sus brazos sin poder contenerme. Lo extrañaba. Lo necesitaba. Él era mi todo en ese mundo extraño. Tenía miedo de que volvieran a separarnos.
Evan me envolvió en sus brazos, y por un momento, lo único que pude sentir fue su calor, su respiración, los latidos de su corazón. Su cuerpo se sentía inmenso junto al mío; su presencia llenaba el vacío que yo llevaba dentro.
Alcé la vista. Sus ojos cafés me miraban con ternura y, sin darme cuenta, sus labios se unieron con los míos. Una sensación tibia y húmeda comenzó a recorrerme: desde los ojos, pasando por los labios, bajando por debajo de la cintura...
Pero entonces, una voz comenzó a llamarme. No quería prestarle atención, pero insistía:
—Desayuno —dijo el enfermero, deslizando la bandeja con comida por la ventanilla.
Me senté en la cama, agitada y confundida. ¿Qué... diablos... acababa de soñar?
El enfermero entregó el desayuno de Evan. Él se levantó, restregándose los ojos, y alzó la mano para saludarme. Yo estaba paralizada. Me miró, desconcertado. Corrí a esconderme en el baño.
El encierro me estaba volviendo loca. No había duda.
Seguro era el estrés. Un funcionario público había venido el día anterior a tomar mi declaración, en presencia de mi abogada. No sé cuánta experiencia tenía el hombre entrevistando a gente, pero definitivamente yo tenía aún más práctica en ser evasiva. No logró intimidarme ni sacarme demasiada información. Se marchó molesto, luego de dos horas pegado al intercomunicador. Evan me sonrió.
La doctora venía todos los días a inyectarme algo para estimular mis ovarios. Me llevaban comida cinco veces al día, y básicamente ese era todo el contacto directo que tenía con otras personas. Para mí, era tedioso. El tiempo pasaba lento.
A Evan lo visitaban mucho. Su madre iba a verlo todas las mañanas. El resto de la familia y sus amigos llegaban con menos frecuencia, pero siempre estaban pendientes de él.
Isabel iba cada dos o tres días. Y la verdad... era raro. Con ella, Evan mostraba un lado que yo casi no conocía: sonrisas, gestos, expresiones... Era cursi. Algo patético.
¡Ah! Era incómodo en tantos niveles. Como casi siempre llegaba de noche, yo apagaba las luces de mi cuarto para que no pudieran verme. Me envolvía en sábanas y cerraba los ojos, porque el demonio de los celos se había instalado en una esquina, y cuando intentaba ignorarlo, comenzaba a lanzarme bolas de papel, piedras, agujas. En el fondo, yo también era cursi y patética.
La familia y los amigos de Evan eran bastante amables. Zandy, su hermanita, comenzó a hablarme casi desde el principio. Lo primero que dijo fue que le gustaba mi cabello, y a partir de ahí comenzamos a cruzar algunas palabras.
Me contó que también les habían hecho análisis por haber tenido contacto con Evan la noche que llegamos. No parecía molestarle. Según me dijo, no era la primera vez, pero nunca lo habían encerrado tanto tiempo.
En una de sus visitas, Zandy deslizó una bolsa de frituras por la ventanilla. Me dijo que eran sus favoritas... y también de Evan. Ambos se morían de la risa con la cara que puse al sentir el intenso sabor ácido y picante de los bocadillos.
Los demás miembros de la familia también comenzaron a saludarme. El papá de Evan incluso conversó conmigo un rato para saber cómo iba mi situación legal.
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ADA Y EVAN #PGP2026
Science FictionLa sociedad de Ada funciona bajo una premisa simple: solo los cuerpos útiles merecen existir. Clasificada como clase B, ella vive bajo vigilancia constante en la Catedral, una ciudad subterránea que promete orden y supervivencia a cambio de obedienc...
