1. PRISIONERA

224 21 30
                                        

Estaba sentada dentro de mi patrulla contemplando el desierto, y pensaba: "En el exilio mis demonios no pueden alcanzarme, pero igual se ríen de mí"

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Estaba sentada dentro de mi patrulla contemplando el desierto, y pensaba: "En el exilio mis demonios no pueden alcanzarme, pero igual se ríen de mí".

Bueno... quizá exilio era una palabra que le quedaba demasiado grande a aquel trabajo de porquería.

Recuerdo que, cuando mis padres murieron, deseé que aún existiera la presa de los Grandes Lagos o a alguna de las canteras, donde pudiera perderme y no regresar jamás. Pero ya todo eso estaba clausurado. Tuve que conformarme con ser vigilante y poder salir de La Catedral unas horas al día. Afuera lograba olvidar, al menos por un rato.

De diez a dieciocho treinta, patrullaba la zona exterior mientras todos dormían. Luego volvía a casa y dormía, mientras todos seguían con su vida. Así no molestaba a nadie y nadie me molestaba a mí.

Hubiera dado cualquier cosa por que el mundo aún fuera como en las enciclopedias de historia de mi madre. Que uno pudiera coger una maleta, meter el alma rota adentro y marcharse a otro lugar a sanar, a olvidar, a empezar de nuevo. Pero en mi termitero no había forma de escapar. Uno era prisionero de los mismos lugares y de las mismas personas durante toda la vida. Aunque doliera, aunque lo odiara.

"El exterior es peligroso", solía decir mi padre. Y después de dos años trabajando fuera de la colonia, yo también lo creía.

Había visto tormentas eléctricas, inundaciones, tornados, huracanes, tormentas de arena, heladas, plagas... Sabía que toda esa belleza podía volverse letal en un segundo.

En más de una ocasión tuve que refugiarme en los búnkeres de emergencia. Y estando allí, olvidada con otros pobres diablos como yo, a veces admiraba a quienes eran lo suficientemente responsables como para tomar la píldora negra y dejar de ser una carga para la comunidad.

Dejar este mundo voluntariamente era casi una obligación social para personas poco importantes como yo. A muchos incluso les parecía algo heroico. A mí no. No sé bien por qué. Tal vez porque, al salir, aún con mis pies hundidos entre escombros, mi corazón ardía al ver La Catedral.

Yo estaba en ruinas, el mundo también, pero seguía aferrándome a lo poco que me quedaba. Dentro de aquellos edificios vivían las personas que más me importaban: Ángela, mi hermana; Douglas, su esposo; y Peter, aunque ya no estaba segura de si él me seguía queriendo. No podía culparlo, yo siempre alejaba a todos.

 No podía culparlo, yo siempre alejaba a todos

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
ADA Y EVAN #PGP2026Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora