La sociedad de Ada funciona bajo una premisa simple: solo los cuerpos útiles merecen existir. Clasificada como clase B, ella vive bajo vigilancia constante en la Catedral, una ciudad subterránea que promete orden y supervivencia a cambio de obedienc...
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(Fotografía: María Mercedes Coroy, actriz guatemalteca)
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Mi abogada llegó a recogerme al día siguiente.
Cuando llegamos al edificio de justicia, Evan ya estaba en la entrada. Tenía puesto el traje que habíamos comprado el día anterior, el cabello y la barba bien recortados. Yo llevaba un traje muy similar al suyo, pero con pantalones de manga ancha y zapatos de tacón.
Había mucha gente. Caminé evitando el contacto visual, pero las voces de quienes nos rodeaban penetraban mi cráneo como el zumbido de un enjambre de avispas.
Afortunadamente, se quedaron afuera. Entramos a las oficinas donde nos interrogarían, acompañados únicamente por nuestros respectivos abogados.
Evan pasó primero; yo me quedé en la sala de espera con Patricia, mi abogada.
El reloj de la pared, martillaba mis oídos con su tic, tac, pero las agujas no se movían. Yo sentía que Evan llevaba un siglo allí adentro, pero en realidad, no había pasado ni una hora.
Patricia estaba sentada en el sofá de enfrente. Llevaba un traje hermoso: según había visto en la televisión, era un traje tradicional de la antigua cultura maya mam, que aún se conservaba en la región. Ella era hermosa (al estilo Tze' Kyaq), pero su personalidad era difícil de digerir. Desde que nos conocimos, me había tratado con frialdad; a veces pensaba que no le gustaba trabajar conmigo. Viéndola, comprendí que iba a tener que esforzarme mucho para que los locales dejaran de rechazarme, porque a simple vista, ellos y yo no teníamos mucho en común.
—Tengo miedo —pensé en voz alta—. Me aterra decir algo incorrecto y causar más problemas.
Ella me miró. Con su característica calma y seriedad, respondió:
—No te culpo, Evan podría ser procesado por traición, y vos por homicidio, pero hasta el momento no tienen suficiente evidencia para acusarlos formalmente. Quiero asegurarme de que respondás solo a las preguntas pertinentes, así que necesito que me hagás caso. Yo trabajo de forma técnica, y me funciona muy bien. No te preocupés, jamás pierdo.
Parecía muy segura, y eso me tranquilizó un poco.
Evan y su abogado salieron unos minutos después. Me puse de pie inmediatamente. Quería preguntarle cómo le había ido, pero antes de que pudiera acercarme, el hombre en la puerta me indicó que entrara. Pasamos lado a lado sin cruzar palabra; solo sentí su mano rozar la mía por un milisegundo. Luego ya estaba dentro de la sala de interrogatorio.
Patricia y yo nos sentamos a la mesa. Frente a nosotros había tres hombres mayores, vestidos de manera muy formal, y en una tercera mesa, dos representantes de la fiscalía.
Leyeron en voz alta los datos más relevantes de mi expediente y luego, uno de los fiscales comenzó a interrogarme.
El tono de aquellas preguntas era malintencionado y agresivo. Por suerte, no tuve necesidad de responderlas. De pronto, mi abogada se convirtió en un ser elocuente que jugaba al ping-pong con las palabras, objetando cada pregunta.