Habernos aliado no se sentía del todo bien. Pero Evan, ignorando deliberadamente la tensión, preguntó:
—¿Revisaste la nave?
—No. ¿Y tú? —respondí.
—No, tenía que vigilarte hasta que despertaras. Estabas desarmada, pero sé que frágil no sos. Esa mochila pesa un montón; alguien débil no la habría aguantado.
El cumplido más raro de mi vida. Aun vulnerable como me encontraba, de pronto me sentí orgullosa de mi buena condición física.
Él tomó su linterna y se puso a alumbrar cada rincón del pequeño avión. Con más de un siglo abandonado, el clima y las fieras habían acabado casi con todo lo que había dentro, pero al fondo Evan descubrió una manija. Al tirar de ella, se abrió un compartimiento relativamente grande.
Aulló de emoción. Yo me acerqué un poco más para ver de qué se trataba: colgando dentro del armario, había dos bicicletas y abajo, varias maletas.
Llevamos las valijas afuera y comenzamos a revisar. Encontramos ropa, pero ya estaba deteriorada. Evan tomó un gran cofre de metal y cuando lo abrió, ambos nos emocionamos: cámaras, gafas, linternas, binoculares, guantes, cascos, rodilleras, gorras, equipo para escalar... Sin duda, los últimos pasajeros no habían muerto escapando de la guerra. Debieron caer buscando un poco de diversión. Por suerte, los cactus que rodeaban el accidente lo habían mantenido oculto de los saqueadores hasta que nosotros llegamos.
—¿Quién se va de paseo en medio de una guerra y del cambio climático? —pregunté, sorprendida.
—Yo lo haría. ¿Para qué morirse en un búnker? —dijo Evan, tocando sin querer uno de mis puntos sensibles—. Parece que las bicicletas todavía sirven. Si es así, ya la hicimos: vamos a salir del desierto en un par de días.
Evan sonaba entusiasmado. Yo, por mi parte, comencé a sentir una gran ansiedad. Caí en la cuenta de que no sabía en qué me había metido. ¿A dónde nos dirigíamos?, ¿cuánto tiempo iba a tomar?, ¿era seguro estar allí afuera por días? Me asustaban las respuestas, pero una parte de mí quería saber qué había más allá del desierto, así que permanecí callada. La luz del sol comenzó a extinguirse, y Evan dijo:
—Carguemos las bicicletas y salgamos de aquí antes de que sea de noche. Este no es buen lugar para acampar y no quiero pasar por esos cactus a ciegas. Después miramos qué nos sirve.
Parecía muy seguro de lo que decía, así que cooperé. Nos pusimos los cascos, coderas y rodilleras recién encontradas, y salimos empujando las bicicletas: yo llevaba la maleta del avión; él, las provisiones y las armas.
Ya estaba oscuro cuando salimos del bosque de espinas. Una vez fuera, se acercó a mí repentinamente. Mi instinto fue alejarme, pero me jaló por el brazo. Sosteniendo la linterna con la boca, me sujetó con una mano y con la otra, me retiró una gran espina que se me había clavado en el antebrazo.
—Tranquila, solo voy a revisar —dijo con voz suave.
Comenzó a alumbrar mi cuerpo. Fue incomodísimo. Me quité la máscara porque sentía que no podía respirar. Él se apartó un poco y me miró con cautela. Yo no sabía si debía estar enojada o agradecida.
—Te toca —dijo, extendiéndome la linterna—. ¿Podés revisar? Por favor.
Parecía importante, así que lo hice. Él trató de permanecer quieto, pero era obvio que estaba tan nervioso como yo. Era tan extraño: hace menos de un día pensábamos en matarnos mutuamente y ahora, en cierta manera cuidábamos el uno del otro.
Revisó el viejo equipaje. Había muchos aparatos electrónicos, pero no funcionaban, así que solo tomamos los artículos de protección, las gafas (solares y de visión nocturna), los binoculares, parte del equipo para escalar y algunas herramientas para las bicicletas.
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ADA Y EVAN #PGP2026
Science FictionLa sociedad de Ada funciona bajo una premisa simple: solo los cuerpos útiles merecen existir. Clasificada como clase B, ella vive bajo vigilancia constante en la Catedral, una ciudad subterránea que promete orden y supervivencia a cambio de obedienc...
