La sociedad de Ada funciona bajo una premisa simple: solo los cuerpos útiles merecen existir. Clasificada como clase B, ella vive bajo vigilancia constante en la Catedral, una ciudad subterránea que promete orden y supervivencia a cambio de obedienc...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
—¿Estás llorando? —preguntó Evan, divertido.
Me sequé los ojos, intentando disimular, y respondí:
—Es por el sol, no estoy acostumbrada.
El sol de Tze Kyaq era benévolo; sus rayos rara vez tocaban la tierra y cuando lo hacían, se sentían tan insólitos y agradables como el abrazo de un padre ausente.
Era lunes por la mañana, todos estaban ocupados con sus vidas. Así que Evan sugirió que hiciéramos algo. Montamos en su motocicleta y nos dirigimos hacia la antena de telecomunicaciones más alta.
Salimos del pueblo y tomamos un camino angosto. La subida era tan pronunciada que, por momentos, no podíamos ver lo que había delante. Parecía que íbamos directo a las nubes.
Habíamos subido varias montañas antes, pero nunca a esa velocidad. Evan zigzagueaba, acelerando, y a ratos parecía que íbamos a desplomarnos cuesta abajo. Me aferré con fuerza a su torso. Para ser sincera, mantuve los ojos cerrados casi todo el camino. Mi cuerpo entero estaba tenso.
Cuando llegamos a la cima, bajé temblando. Por un instante, todo se me nubló y sentí que iba a vomitar o desmayarme. Cuando por fin me repuse, Evan se acercó y me quitó el casco con cuidado.
—Eso no fue divertido —me quejé.
—Llorona —dijo entre sonrisas.
Se alejó tranquilo. Como ya era costumbre, lo seguí. Luego de dar un par de pasos, la sensación en mis pies llamó mi atención. Las lluvias intermitentes de los últimos días, habían transformado el pasto seco en una verde alfombra acolchada, decorada con diminutas flores de colores.
Mi mirada rodó por el suelo, pasó junto al perfecto trasero de Evan y cayó al abismo donde se alojaba el pueblo de Tze Kyaq, con su plano cartesiano formado por árboles gigantes. Entonces comprendí lo de los colores. Desde lo alto apenas se distinguían las casas y las calles; solo resaltaban el naranja de las tejas más nuevas o el destello de algún cristal alcanzado por el sol.
Y más allá del jardín cubista de Tze Kyaq, se extendía un mundo inmenso y glorioso: cimas azuladas que se perdían entre las nubes, bosques frondosos e inclinados, valles envueltos entre sol y bruma, muros de piedra que lloraban cascadas blancas. Ni siquiera en mis sueños más locos habría imaginado contemplar algo así.
—Podemos subir un poco más —dijo Evan, volviéndose.
—No, gracias —respondí, aún aturdida por el vértigo—. Estoy bien aquí. Creo que mejor me siento.
Me dejé caer y posé las manos en el pasto para que se impregnaran con el olor a hierba. Evan se sentó a mi lado.
Nuestras mentes volaron en silencio. No sabría decir adónde fueron, pero estoy segura de que fue un buen viaje.
—¿Te gusta? —preguntó Evan.
—Me fascina. Nunca había visto nada igual. Creo que ahora puedo morir en paz.