Capitulo 13

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¡El duque de Hastings y la señorita Everdeen se casan!
Esta autora aprovecha la oportunidad para recordarles, que esta boda ya se predijo en esta columna. Ha quedado demostrado que cuando en esta columna se predice un nuevo noviazgo entre una dama y un caballero, las apuestas de los clubes de hombres cambian en cuestión de horas, y siempre a favor del matrimonio.

REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,

19 de mayo de 1813

La semana pasó en un abrir y cerrar de ojos. Katniss no vio a Peeta durante días. Si Finnick no le hubiera dicho que había estado en Hastings House arreglando los detalles del contrato de matrimonio, Katniss habría pensado que se había fugado del país.
Para sorpresa de Finnick, Peeta no había aceptado ni un penique como dote. Al final, los dos decidieron que Finnick pondría el dinero que su padre había dejado para la boda de Katniss en una cuenta para que ella pudiera gastarlo en lo que quisiera.
—Puedes dárselo a tus hijos —dijo Finnick.
Katniss sonrió. Era eso o echarse a llorar.

Unos días más tarde, Peeta fue a Everdeen House. Faltaban dos días para la boda.
Katniss esperó en el salón después de que se anunciara su visita. Notó unas cosquillas nerviosas en el estómago. Se miró las manos y vio que se estaba clavando las uñas en las palmas y que se estaba dejando señales rojas.
Se rió. Nunca antes había estado nerviosa por ver a Peeta . En realidad, posiblemente ése era el aspecto más destacable de su amistad. Primero y más importante, Peeta había sido su amigo y Katniss sabía que la felicidad que sentía siempre que él estaba cerca no era nada común.
Confiaba que, entre los dos, volvieran a ser los mismos de antes.
—Buenos días, Katniss.
Peeta apareció en la puerta y llenó el salón con su maravillosa presencia. Bueno, igual no era tan maravillosa como siempre. Todavía tenía los ojos morados y el golpe de la mandíbula estaba adquiriendo una impresionante tonalidad verdosa. Pero eso era mejor que una bala en el corazón.
—Peeta, me alegro de verte. ¿Qué te trae por Everdeen House?
—¿No estamos comprometidos?
Ella se sonrojó.
—Sí, claro.
—Tenía entendido que los hombres tienen que ir a visitar a sus prometidas. —Se sentó delante de ella—. ¿No dijo nada al respecto lady Whistledown?
—No creo —dijo Katniss—. Pero seguro que mi madre sí.
Los dos se rieron y, por un momento, Katniss creyó que todo volvería a ser como antes pero, cuando las risas desaparecieron, un incómodo silencio se apoderó de la habitación.
—¿Te encuentras mejor de los ojos? —preguntó ella—. No parecen tan hinchados.
—¿De verdad? —Peeta se acercó a un espejo—. Yo más bien creo que se han vuelto impresionantemente azules.
—¿Te duelen?
Peeta sonrió.
—Sólo cuando alguien me da un puñetazo.
—Entonces, intentaré reprimirme —dijo ella, con una sonrisa malvada—. Será difícil, pero lo intentaré.
—Sí —dijo él—. Ya me han dicho varias veces que provoco esa reacción en las mujeres.
Katniss sonrió, aliviada. Si podían reírse de eso, seguro que todo volvería a ser como antes.
Peeta se aclaró la garganta.
—Tenía un motivo para venir a verte.- sacó del bolsillo una caja de una joyería.— Esto es para ti.
Katniss se quedó sin respiración cuando cogió la caja de terciopelo.
—¿Estás seguro?
—Creo que los anillos de compromiso son habituales en esta situación.
—Oh. Qué tonta. No me di cuenta...
—¿Que era un anillo de compromiso? ¿Qué pensabas que era?
—No pensaba —admitió ella.
Peeta nunca le había hecho ningún regalo. Se había quedado tan conmovida por el gesto que se había olvidado completamente que le debía un anillo de compromiso.
«Debía». No le gustaba esa palabra, ni siquiera le gustaba pensar en ella. Pero sabía que era lo que debió de pensar Peeta al comprarlo. Aquello la deprimió un poco.
—¿Es una antigüedad de tu familia?
—¡No! —dijo él, con tanta vehemencia que Katniss parpadeó.
—Oh.
Otro silencio.
Él tosió y dijo:
—Pensé que te gustaría tener algo sólo tuyo. Todas las joyas de la familia se eligieron para otra persona. Esto lo he elegido yo pensando en ti.
Katniss pensó que no se deshizo allí mismo de puro milagro.
—Eso es muy bonito —dijo, melancólica.
—¿No vas a abrirlo? —dijo él.
—Sí, sí, claro. —Katniss agitó un poco la cabeza mientras volvía a la realidad—. Qué tonta.
Tenía los ojos vidriosos y, después de parpadear varias veces para aclararse la vista, deshizo el lazo y abrió la caja.
—Dios mío. —E, incluso eso, salió entre suspiros.
En la caja había un aro de oro blanco adornado con una esmeralda que tenía, a cada lado, un perfecto diamante. Era la joya más bonita que había visto en su vida.
—Es preciosa —susurró—. Me encanta.
—¿Segura? —Peeta se inclinó y lo sacó de la caja—. Porque es tu anillo. Lo vas a tener que llevar tú y debería ir acorde con tus gustos, no con los míos.
Katniss dijo, con la voz un poco temblorosa:
—Obviamente, tenemos los mismos gustos.
Peeta respiro hondo, relajado, y la cogió de la mano. No se había dado cuenta de lo mucho que significaba para él que a Katniss le gustara el anillo hasta ese momento. Odiaba sentirse tan nervioso al estar junto a ella cuando, durante las últimas semanas, habían sido tan buenos amigos. Odiaba que se quedaran callados sin saber qué decir mientras, antes, ella era la única persona con la que nunca había sentido la necesidad de hacer pausas para hablar bien.
—¿Me permites? —le preguntó.
Katniss asintió y empezó a quitarse el guante. Pero Peeta la detuvo y empezó a hacerlo él. Dio un ligero tirón en el extremo de cada dedo y luego, lentamente, le quitó el guante. Fue un gesto tremendamente erótico y una versión abreviada de lo que quería hacer col ella: quitarle todas y cada un de las piezas de ropa que la cubrían.
Katniss respiró acelerada cuando el extremo del guante le rozó los dedos. Aquel sonido hizo que Peeta la deseara todavía más. Con manos temblorosas, le deslizó el anillo por el dedo hasta su sitio.
—Es perfecto —dijo ella, moviendo la mano de un lado a otro para ver cómo reflejaba la luz.
Sin embargo, Peeta no la soltó. Mientras ella se movía, sus manos se rozaban, creando un calor muy agradable. Entonces, Peeta se acercó la mano de Katniss a los labios y depositó un casto beso.
—Me alegro —dijo—. Te queda muy bien.
—¿Cómo supiste que me gustaban las esmeraldas? —preguntó ella.
—No lo sabía. Me recordaron a tus ojos.
—A mis... —ladeó la cabeza y la boca dibujó lo que solo podía ser una sonrisa irónica—. Peeta , yo tengo los ojos marrones.
—En gran parte, sí —la corrigió.
—No —dijo, lentamente, como si hablara con alguien de poco intelecto—. Son marrones.
Él alargó un brazo y le rozó la parte inferior del ojo con un dedo, frotándole las pestañas.
—Por fuera, no.
Ella lo miró incrédula, se acercó al espejo y se examinó los ojos. 
—¡Dios mío! —exclamó—. ¡Nunca lo había visto!
Peeta se levantó y se colocó junto a ella.
—Pronto aprenderás que siempre tengo razón.
Ella le lanzó una mirada sarcástica.
—¿Cómo lo has visto?
Él se encogió de hombros.
—Los he mirado muy de cerca.
—¿Qué te parece? —dijo—. Tengo los ojos verdes.
—Bueno, yo no lo diría así.
—Pues ahora me niego a creer que sean de otro color que no sea verde.
Peeta sonrió.
—Como quieras.
Ella suspiró.
—Gale siempre me ha dado mucha envidia. Unos ojos tan bonitos desperdiciados en un hombre.
—Estoy seguro de que las damas enamoradas de él, no estan de acuerdo con eso.
Katniss le lanzó una sonrisa cómplice.
—Sí, pero ellas no importan.
Peeta reprimió una risa.
—Si tú lo dices.
—Pronto aprenderás —dijo ella—, que siempre tengo razón.
Esta vez, Peeta sí que soltó una carcajada. No pudo evitarlo. Al final, paró y se dio cuenta de que Katniss estaba callada. Lo estaba mirando con calidez aunque, al mismo tiempo, tenía una sonrisa nostálgica en los labios.
—Ha estado bien —dijo ella, colocando su mano encima de la de Peeta—. Como antes, ¿no te parece?
Él asintió y giró la mano para tomar la de ella y apretarla.
—Volverá a ser así, ¿no? —dijo ella, con los ojos temerosos—. Volveremos a ser como antes, ¿verdad?.
—Sí —dijo él, aunque sabía que no era cierto.
Ella sonrió, cerró los ojos y apoyó la cabeza en su hombro.
—Bien.
Peeta miró su imagen reflejada en el espejo, y casi creyó que sería capaz de hacerla feliz.
         
                                 *****
El día siguiente por la noche, la última noche de Katniss como señorita Everdeen, Effie asomó la cabeza por la puerta.
—Katniss —dijo, algo preocupada—. ¿Tienes un momento?.
—Claro.
Se levantó mientras su madre entraba en su habitación. La piel de Effie iba en total consonancia con el color amarillo del vestido.
—¿Estás bien, mamá? —le preguntó Katniss—. Pareces mareada.
—Estoy bien. Es que... —Effie se aclaró la garganta y se armó de valor—. Ha llegado la hora de que hablemos.
—Oh —dijo Katniss, entre suspiros, con el corazón acelerado.
Llevaba tiempo esperándolo. Todas sus amigas le habían dicho que la noche antes de casarte, tu madre te revelaba todos los secretos del matrimonio. En el último momento, las madres a les confesaban todas las deliciosas verdades que tan escrupulosamente callaban frente a los oídos de las chicas solteras. Algunas de sus amigas ya se habían casado y Katniss y las demás habían intentado que les dijeran lo que nadie más les decía, pero las jóvenes señoras casadas sólo reían y les decían: «Pronto lo descubriréis».
Pronto era ahora, y Katniss estaba impaciente.
En cambio, Effie , parecía que fuera a devolver la cena de los últimos días en cualquier momento.
—¿Quieres sentarte aquí, mamá?
—Sí, sí, perfecto. —Se sentó, aunque no parecía demasiado cómoda.
Katniss decidió apiadarse de ella y empezar la conversación.
—¿Es sobre la noche de bodas?
Effie consiguió mover la barbilla arriba y abajo un par de centímetros.
—No sé muy bien cómo decirte esto. Es algo muy indiscreto e íntimo.
Katniss intentó tener paciencia. Seguro que, tarde o temprano, su madre iría al grano.
—Verás —dijo Effie , titubeante—, hay cosas que debes saber. Cosas que sucederán mañana por la noche. Cosas —tosió—, que implican a tu marido.
Katniss se inclinó, con los ojos muy abiertos.
Effie se echó hacia atrás, claramente incómoda con el interés de Katniss.
—Esto es muy difícil para mí.
—Ya lo veo —dijo Katniss.
Effie respiró hondo y se sentó con la espalda recta.
—En tu noche de bodas —dijo—, tu marido esperará que cumplas con tu deber matrimonial. Tendrás que consumar tu matrimonio.
—Claro —dijo Katniss.
—Él se acostará contigo.
Katniss asintió, eso lo sabía.
—Y te hará... —Effie buscaba la palabra agitando las manos en el aire—, cosas íntimas.
Katniss abrió ligeramente la boca. Por fin la cosa se ponía interesante.
—He venido a decirte, que el deber matrimonial no tiene por qué ser doloroso. Sé que a algunas mujeres el, eh, acto les parece algo desagradable, pero... Lo que quiero que sepas —dijo Effie, muy deprisa, como si quisiera acabar con eso cuanto antes—, es que no tiene por qué serlo. Si dos personas se quieren... y creo que el duque te quiere mucho...
—Y yo a él —añadió Katniss.
—Claro. Claro. Bien, verás, como los dos os queréis, posiblemente será un momento muy bonito y especial.  Y no debes estar nerviosa. Estoy segura de que el duque será un caballero.
Katniss se acordó del beso de Peeta y pensó que «caballero» no era la primera palabra que le venía a la cabeza.
—Pero...
De repente, Effie se levantó.
—Muy bien. Buenas noches. Eso es lo que quería decirte.
—¿Eso es todo?
—Eh, sí. ¿Esperabas algo más?
—¡Sí! ¡No puedes irte sin explicarme algo más!
—Katniss —dijo Effie, con la voz apagada.
—Pero ¿qué hago?
—Tu marido lo sabrá —dijo Effie con voz tranquilizadora.
—Mamá, no quiero hacer el ridículo.
Effie hizo una mueca.
—No lo harás. Confía en mí. Los hombres son... son muy fáciles de complacer. No quedará decepcionado.
—Pero...
—¡Pero ya basta! —dijo Effie, firmemente—. Ya te he dicho lo que mi madre me dijo a mí. No te pongas nerviosa y haz lo suficiente como para quedarte encinta.
Katniss se quedó boquiabierta.
—¿Qué?
Effie estaba muy nerviosa.
—¿He olvidado esa parte?
—¡Mamá!
—Está bien. Tu deber matrimonial, eh, la consumación, eh, es cómo se hacen los hijos.
Katniss se apoyó en la pared.
—O sea, que tú lo hiciste ocho veces.
—¡No!
Katniss parpadeó, confundida. Las explicaciones de su madre eran muy vagas y todavía seguía sin saber qué era eso del deber matrimonial.
—Pero ¿no se supone que, para tener ocho hijos, tendrías que haberlo hecho ocho veces?
Effie empezó a abanicarse con furia.
—Sí. ¡No! Katniss, esto es muy personal.
—Pero ¿cómo pudiste tener ocho hijos si...?
—Lo hice más de ocho veces —dijo Effie, con una cara como si quisiera que la tierra la tragara en ese mismo instante.
Katniss miró a su madre, incrédula.
—¿De verdad?
—A veces —dijo Effie, casi sin mover los labios—, la gente lo hace sólo porque quiere.
Katniss abrió los ojos como platos.
—¿A sí?
—Eh... Sí.
—¿Cómo cuando un hombre y una mujer se besan?
—Sí, exacto —dijo Effie, respirando aliviada.—Bueno, si ya no tienes más preguntas, te dejaré con lo que estabas haciendo.
—¡Pero sí que tengo más preguntas!
Sin embargo, Effie ya estaba en la puerta.
Katniss se quedó pensando, la charla con su madre la había dejado preocupada. Effie le había dicho que el acto matrimonial era un requisito indispensable para tener hijos. Si Peeta no podía tener hijos, ¿querría decir que tampoco podrían realizar las intimidades de las que le había hablado su madre? Y, maldita sea, ¿en qué consistían esas intimidades? Katniss sospechaba que tenían que ver con los besos, porque la sociedad hacía especial hincapié en que las chicas jóvenes guardaran sus labios puros y castos. Y también, pensó, sonrojándose al recordar la noche en el jardín con Peeta, debían estar relacionadas con los pechos de una mujer.
Katniss hizo una mueca. Su madre prácticamente le había ordenado que no estuviera nerviosa, pero era imposible no estarlo, no cuando no tenía ni idea de cómo llevar a cabo sus deberes.
¿Y Peeta? Si no podía consumar el matrimonio, ¿sería un matrimonio de verdad?
Aquello era suficiente para hacer de Katniss una novia muy inquieta. 

Al final, recordó muy pocos detalles del día de la boda. Vio las lágrimas en los ojos de su madre, y recordó la voz ronca de Finnick cuando la entregó a Peeta. Prim esparció les pétalos de rosa demasiado deprisa y, cuando llegó al altar, ya no le quedaban. Rory estornudó tres veces antes de pronunciar los votos.
Y recordó la cara de concentración de Peeta mientras repetía sus votos. Pronunció cada sílaba lenta y cuidadosamente. Los ojos le ardían y hablaba en voz baja, pero sincera. A Katniss le pareció que no había otra cosa más importante que las palabras que Peeta pronunció delante del arzobispo. Se tranquilizó pensando que ningún hombre que pronunciara sus votos tan de corazón podía plantearse el matrimonio como una mera conveniencia.
«Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre.»
Katniss se estremeció. Peeta se giró y la miró fijamente, preguntándole con los ojos: «¿Estás bien?» Ella asintió, un movimiento de barbilla tan discreto que sólo él lo vio. 
«Yo os declaro...»
Rory estornudó otras tres veces, obligando al arzobispo a hacer una pausa antes del «marido y mujer». Katniss sintió una oleada de felicidad apoderarse de ella. Sin embargo, apretó los labios e intento mantener la compostura.  Miró a Peeta y vio que él la estaba mirando de una forma muy extraña. Tenía los ojos azules fijos en su boca y la comisura de los labios le temblaba.
Katniss sintió que no podría reprimir mucho más esa oleada de felicidad.
«Puedes besar a la novia.»
Peeta la cogió con desesperación y la besó con tanto ímpetu que los presentes exclamaron sorprendidos.
Y entonces, Katniss y Peeta empezaron a reír, aunque se seguían besando.
Effie dijo que había sido el beso más extraño que jamás había visto. Rory dijo que había sido asqueroso. El arzobispo, que ya empezaba a ser mayor, se quedó perplejo. Sin embargo, Prim,  que a los diez años no debería saber nada de besos parpadeó y dijo:
—Creo que ha sido muy bonito. Si ahora se ríen, posiblemente se reirán siempre. —Se giró a su madre—. Eso es algo bueno, ¿no?
Effie cogió la mano de su hija pequeña y la apretó.
—La risa siempre es bonita, Prim. Gracias por recordárnoslo.
Y así empezó a correr el rumor que los nuevos duques de Hastings eran la pareja más feliz y enamorada que se habían casado en años. Después de todo, ¿quién recordaba una boda con tantas risas?

La Obsesión Del DuqueDonde viven las historias. Descúbrelo ahora