Esta autora vio cómo la señorita Clove Undersee se desmayaba en el baile de Huxiey, pero es imposible saber si fue por el asfixiante calor o por la presencia de Gale Everdeen, que ya ha roto más de un corazón desde su regreso del continente.
Aunque cualquiera diría que a los duques de Hastings no les han afectado las altas temperaturas; están en la costa, donde la brisa marina siempre se agradece.
REVISTA DE SOCIEDAD DE LADY WHISTLEDOWN,
20 de junio de 1813
Era extraño, pensó Peeta, llevaban apenas un mes de casados y ya habían adquirido unas rutinas y costumbres muy agradables. Ahora mismo, él estaba descalzo en la puerta de su vestidor aflojándose la corbata mientras observaba a su mujer peinándose.
Y los días anteriores había hecho lo mismo. Había algo extrañamente natural en esa situación.
Y en todas las ocasiones, pensó maliciosamente, había planeado seducirla y llevársela a la cama para hacerle el amor. Ayer, por supuesto, lo había conseguido.
Una vez aflojada la corbata, la dejó caer al suelo y dio un paso adelante.
Hoy también lo conseguiría.
Se detuvo al lado de Katniss y se apoyó en el tocador. Ella lo miró y parpadeó. Peeta le acarició la mano y los dedos quedaron alrededor del mango del cepillo.
—Me gusta ver cómo te cepillas el pelo —dijo—, pero me gusta mas hacerlo yo mismo.
Katniss lo miró fijamente. Lentamente, soltó el cepillo.
—¿Has acabado con las cuentas ?.
—Sí, fue un trabajo duro pero necesario, y... —Se quedó inmóvil—. ¿Qué estás mirando?
Katniss apartó los ojos de su cara.
—Nada —dijo ella, con la voz claramente entrecortada.
Por un momento a Peeta, le había parecido que Katniss le estaba mirando la boca.
Intentó controlar la necesidad de tartamudear. Cuando era pequeño, la gente siempre le miraba la boca. Lo miraban horrorizados, como si no pudieran creerse que un niño con un aspecto tan normal pudiera producir esos sonidos. Pero ahora debía haber sido su imaginación. ¿Por qué iba Katniss a mirarle la boca?
Le paso el cepillo suavemente por el pelo, acariciándolo también con los dedos.
—¿Te lo has pasado bien en el Pueblo? —le preguntó.
Katniss se estremeció. Fue un movimiento muy pequeño y pudo controlarlo bastante bien, pero Peeta igualmente se dio cuenta.
—Sí —dijo—.Fue muy interesante, saben muchas cosas.
—Ya lo creo. Han vivido aquí desde siem... ¿Qué estás mirando?
Katniss dio un salto en la silla.
—El espejo —dijo.
Y era cierto, pero Katniss tenía los ojos fijos en un punto.
—Como te decía, aun tengo mucho que aprender de llevar Clyvedon. Es un lugar muy grande.
—No te desgastes. No nos quedaremos demasiado.
—¿No?
—Pensé en fijar nuestra residencia en Londres. Así estarás más cerca de tu familia. Pensé que te gustaría.
—Sí, claro. Los echo de menos. Nunca me había separado de ellos tanto tiempo. Aunque siempre he sabido que, cuando me casara, tendría mi familia y...ahora tú eres mi familia —dijo ella, con una voz un poco triste.
Peeta suspiró mientras seguía peinándola.
—Katniss tu familia siempre será tu familia. Yo nunca podré ocupar su lugar.
—No —dijo ella. Se giró hacia él y, con unos ojos ardientes, le susurró—. Pero puedes ser algo más.
Y Peeta se dio cuenta de que sus intentos de seducción no iban a ir a ningún sitio porque su mujer estaba intentando seducirlo a él.
Katniss se levantó y se empezó a desamarrar la bata de seda verde.
Una de las grandes manos de Peeta empezó a acariciarle un pecho.
—Este color te gusta mucho, ¿no? —dijo él, con la voz ronca.
—Va a juego con mis ojos —dijo ella, riéndose—. ¿Recuerdas?
Peeta le devolvió la sonrisa, aunque no supo cómo. Nunca antes había creído que fuera posible sonreír cuando uno estaba a punto de morir por falta de oxígeno. A veces, la necesidad de tocarla era tan grande que sólo mirarla le dolía.
—¿Me estás diciendo —dijo él, cerca de su cuello—, que lo compraste sólo para mí?
—Por supuesto —dijo ella, con la voz ahogada porque Peeta le estaba acariciando la oreja con la lengua—. ¿Quién más me lo va a ver puesto?
—Nadie —dijo él, rodeándola con los brazos y apretándola contra su erección—.Nadie. Nunca.
Ella lo miró, divertida por el repentino ataque de posesión.
Lo que Katniss quería decir, y quería decir algo porque ya había abierto la boca, se perdió en el aire cuando llegó a la cama. Peeta la cubrió en un segundo. Puso una mano a cada lado de las caderas y las fue subiendo hasta colocarle los brazos encima de la cabeza. Se detuvo en los antebrazos.
—Si no eres la mujer perfecta —gruñó, arremangando el camisón hasta la cintura—, entonces el mundo es...
—Basta —dijo ella, temblorosa—. Sabes que no soy perfecta.
—¿No? —dijo él, con una sonrisa malvada mientras deslizaba la mano hasta debajo de una nalga—. Debes estar mal informada porque esto... —le dio un apretón—, es perfecto.
—¡Peeta!
—Y en cuanto a estos. —Se incorporó y le cubrió un pecho con la mano, jugando con el pezón—. Bueno, creo que no tengo que decirte lo que pienso de estos.
—Estás loco.
—Es posible, pero tengo un gusto excelente. Y tú... —se abalanzó sobre ella y le mordió la boca—, sabes bastante bien.
Katniss se rió sin poder evitarlo.
Peeta arqueó las cejas.
—¿Te estás riendo de mí?
Katniss lo miró con orgullo y amor mientras veía cómo las palabras salían de su boca sin ningún esfuerzo. Al oírlo hablar ahora, nadie se creería que de pequeño tartamudeaba.
—Soy muy feliz por haberme casado contigo. Estoy muy orgullosa de que seas mío.
Peeta se quedó quieto, sorprendido por aquellas palabras tan serias. Habló con voz grave.
—Yo también estoy orgulloso de que seas mía. —Estiró los pantalones—. Y te lo demostraría si pudiera quitarme estos malditos pantalones.
Katniss sintió otra carcajada en la garganta.
—A lo mejor, si usaras las dos manos... —sugirió.
Peeta la miró, muy travieso.
—Pero eso querría decir soltarte.
Ella ladeó la cabeza.
—¿Y si te prometo que no moveré los brazos?
—No te creo.
Katniss sonrió, maliciosamente.
—¿Y si te prometo que los moveré?
—Bueno, eso suena más interesante. —Saltó de la cama y se quitó los pantalones en menos de tres segundos. Se tendió de lado junto a ella—. Bueno, ¿por dónde íbamos?
Katniss volvió a reírse.
—¿Nadie te ha dicho que no debes reírte de un hombre cuando está intentando seducirte?
Si había alguna posibilidad de dejar de reír, se esfumó con esas palabras.
—Oh, Peeta —dijo—. Te quiero.
Peeta se quedó helado.
—¿Qué?
Katniss sonrió y le acarició la mejilla. Ahora lo entendía mucho mejor. Después de sufrir tanto rechazo de pequeño, posiblemente no entendía que fuera merecedor de amor. Y, seguramente, no sabía cómo devolverlo. Pero ella sabría esperar. Por él, esperaría para siempre.
—No tienes que decir nada —le susurró—. Sólo tienes que saber que te quiero.
En los ojos de Peeta había una mezcla de alegría y miedo. Katniss se preguntó si alguien le había dicho «Te quiero» alguna vez.
Cuando Peeta logró decir algo, tenía la voz totalmente rota.
—K-Katniss, yo...
—Shhh —dijo ella, cubriéndole los labios con un dedo—. No digas nada. Sólo bésame. Por favor, bésame.
Y Peeta lo hizo.
La besó con una intensidad feroz, ardiendo con la pasión y el deseo que fluía entre los dos. Katniss flotaba en el deseo, cada nervio expertamente excitado por Peeta.
Cuando él la miró con esos ojos, tan azules que incluso a la luz de las velas brillaban, ella se preguntó si aquella intensidad se debía a emociones que no sabía expresar con palabras. Cuando la penetró y echó la cabeza hacia atrás tensando todos los músculos del cuello, Katniss se preguntó por qué parecía que estaba sufriendo.
—¿Peeta? —preguntó, mezclando el deseo y la preocupación—. ¿Estás bien?
Él asintió y apretó los dientes. Se hundió en ella, moviendo las caderas lentamente, y le susurró al oído:
—Te voy a dar placer.
No sería tan difícil, pensó Katniss, conteniendo la respiración cuando Peeta le cubrió un pezón con la boca. Nunca era tan difícil. Peeta parecía saber exactamente cómo tocarla, cuándo moverse y cuándo provocarla quedándose quieto. Peeta colocó los dedos entre los dos cuerpos y la acarició en su parte más íntima hasta que las caderas de Katniss se movieron al mismo ritmo y con la misma fuerza que las suyas.
Katniss sintió que su cuerpo se dejaba llevar hacia esa pérdida de conciencia tan familiar. Y le gustaba tanto...
—Por favor —le rogó él, colocando la otra mano debajo de ella para apretarla todavía más contra él—. Necesito que... ¡Ahora, Katniss, ahora!
Y ella lo hizo. El mundo explotó a su alrededor y ella cerró los ojos tan fuerte que vio puntos de luz y estrellas.
Peeta, con un gruñido que parecía que se lo arrancaban directamente del alma, se separó de ella justo un segundo antes de derramarse encima de las sábanas, como siempre.
Dentro de unos instantes, Peeta la giraría y la abrazaría. Era un ritual que Katniss había llegado a adorar. Él la abrazaría fuerte; la espalda de ella contra su pecho y hundiría su cara en su pelo. Y luego se dormirían.
Pero esta noche fue distinto, Katniss estaba un poco nerviosa. Estaba cansada y saciada, pero algo estaba mal. Había algo que le rondaba por la cabeza y le remordía el inconsciente.
Peeta se giró y se colocó junto a ella, llevándola hacia la parte limpia de la cama.
Siempre hacía lo mismo, sirviéndose de su cuerpo como barrera para que ella nunca estuviera en contacto con su semen. Ella pensaba que era muy considerado por su parte y...
Katniss abrió los ojos. Estuvo a punto de gritar.
«Un útero no crecerá sin una semilla fuerte y sana.»
Katniss se sentó en la cama, con las sábanas en la cintura y con manos temblorosas, encendió la vela de la mesilla de noche.
Peeta , que estaba dormido, abrió un ojo.
—¿Qué pasa?
Ella no dijo nada, sólo miró la mancha húmeda del otro lado de la cama.
Su semen.
—¿Kat?
Peeta le había dicho que no podía tener hijos. Le había mentido.
—Katniss, ¿qué te pasa? —se sentó.
Ella alargó un dedo.
—¿Qué es eso? —preguntó, en una voz casi inaudible.
—¿Qué es qué? ¿De qué estás hablando?
—¿Por qué no puedes tener hijos ?
Peeta abrió los ojos. No dijo nada.
—¿Por qué Peeta? —Katniss estaba casi gritando.
—Los detalles no importan, Katniss.
Katniss sintió que algo dentro de ella se rompía.
—Fuera —dijo.
Peeta abrió la boca, sorprendido.
—Es mi dormitorio.
—Entonces, me iré yo. —Salió de la cama, envuelta con una sábana.
Peeta dio un salto y se levantó de inmediato.
—No te atrevas a salir de esta habitación —le dijo.
—Me mentiste.
—Yo nunca...
—¡Me mentiste! —gritó ella—. Me mentiste y no te lo voy a perdonar nunca.
—Katniss...
—Te aprovechaste de mi estupidez. Debiste alegrarte mucho cuando viste lo poco que sabía de las relaciones matrimoniales.
—Se llama hacer el amor, Katniss —dijo él.
—No, entre nosotros no.
Peeta se estremeció ante el rencor de su voz. Estaba de pie y desnudo en medio de la habitación, intentando encontrar una manera de salvar la situación. Todavía no estaba seguro de lo que ella sabía.
—Katniss —dijo, despacio—, quizá deberías explicarme de qué va todo esto.
—Oh, ¿quieres jugar a ese juego? —dijo ella, con sorna—. De acuerdo, deja que te explique una historia. Érase una vez, había una chica a la que llamaremos Katniss. Katniss era muy, muy estúpida.
—¡Katniss!
—Está bien —dijo ella, agitando la mano en el aire—. Ignorante. Era muy, muy ignorante. Katniss no sabía nada de lo que sucedía entre un hombre y una mujer. No sabía lo que hacían, sólo que lo hacían en una cama y que, eventualmente, el resultado de eso sería un hijo.
—Ya basta, Katniss.
—Pero, además, no sabía cómo se hacía ese hijo así que, cuando su marido le dijo que no podía tener hijos...
—Te lo dije antes de casarnos. Te di la oportunidad de echarte atrás. No lo olvides —dijo él, acalorado.
—¡Me hiciste sentir lástima por ti!
—¡Qué bien! Justo lo que un hombre quiere escuchar.
—Por el amor de Dios, Peeta —dijo ella—. Ya sabes que no me casé contigo por eso.
—Entonces, ¿por qué?
—Porque te quería —respondió, aunque la amargura de su voz le quitó romanticismo a la declaración—. Y porque no quería verte morir. Así que no intentes hacer ver que esto va sobre mí —dijo ella, furiosa—. Yo no mentí. Tú dijiste que no podías tener hijos, pero la verdad es que no quieres.
Peeta no dijo nada pero sabía que tenía la verdad reflejada en los ojos.
—Si de verdad no pudieras tener hijos, no importaría dónde fuera a parar tu semen, ¿no es así? No estarías tan atento cada noche de depositarlo en cualquier sitio menos dentro de mí.
—No sabes nada de es-esto, Katniss —dijo Peeta en voz baja y furioso.
Katniss se cruzó de brazos.
—Entonces, explícamelo.
—Nunca tendré hijos —dijo, entre dientes—. Nunca. ¿Lo puedes entender?
—No.
Peeta sintió que la rabia se apoderaba de él, le revolvía el estómago y le quemaba la piel. No era rabia hacia ella, ni siquiera hacia él mismo. Era, como siempre, rabia hacia el hombre cuya presencia, o la ausencia de ella, siempre había conseguido controlar su vida.
—Mi padre —dijo Peeta, haciendo un gran esfuerzo para mantener el control—, no era un hombre cariñoso.
—Ya sé lo de tu padre —dijo Katniss.
Aquello lo cogió por sorpresa.
—¿Qué sabes?
—Sé que te rechazó. Que creía que era estúpido.
El corazón de Peeta dio un vuelco. No sabía cómo era capaz de hablar, ni siquiera estaba seguro de cómo podía respirar.
—Entonces, sabes lo de...
—¿Tu tartamudeo? —dijo ella, terminando la frase por él.
Él le dio las gracias en silencio. Irónicamente, «tartamudeo» era una palabra que nunca había conseguido pronunciar.
Katniss se encogió de hombros.
—Era un idiota.
Peeta la miró boquiabierto, incapaz de comprender cómo Katniss podía dar por terminada la rabia de décadas con tal afirmación.
—No lo entiendes —dijo, agitando la cabeza—. No podrías hacerlo. No con una familia como la tuya. Lo único que le preocupaba era el título. Y cuando nací y resultó que no era perfecto... ¡le dijo a la gente que estaba muerto!
Katniss palideció.
—No sabía eso —susurró.
—Le envié cartas. Cientos de cartas, rogándole que viniera a visitarme. No respondió ni una sola vez.
—Peeta...
— Y cuando venía, me zarandeaba y me amenazaba con sacarme la voz a golpes. Ése era mi p-padre.
Katniss intentó pasar por alto que estaba empezando a tartamudear. Intentó ignorar el dolor que sentía en el estómago, la rabia que nacía en ella por la manera tan brutal en que habían tratado a Peeta.
—Pero ahora ya se ha ido —dijo ella, con la voz temblorosa—. Se ha ido y tú estás aquí.
—Dijo que no s-soportaba verme. Había rezado muchos años por tener un heredero. No un hijo —dijo, levantando la voz peligrosamente—. Un heredero. ¿Y p-para qué? Hastings iría a parar a un tonto. ¡Su preciado ducado s-sería para un idiota!
—Pero estaba equivocado —dijo Katniss.
—¡No me importa si estaba equivocado! —gritó Peeta—. Lo único que le importaba era el título. Nunca, ni una sola vez, pensó en mí, en cómo debía sentirme, ¡atrapado con una boca que no f-funcionaba!.
De repente. Peeta se acercó a ella y le habló a escasos centímetros de la cara.
—Pero, ¿sabes una cosa? —preguntó, con una voz irreconocible—. Quien ríe el último, ríe mejor. Él pensó que no podía haber nada peor que ver cómo Hastings iba a parar a manos de un tonto...
—Peeta, no eres...
—¿Me estás escuchando? —gritó.
Katniss, muy asustada, retrocedió hasta la puerta y cogió el pomo por si tenía que escapar.
—Ya sé que no soy tonto. Y, al final, creo qu-que él también lo supo. Y estoy seguro que eso lo iba a dejar morir. Hastings estaba a salvo-. Peeta sonrió. Una expresión muy cruel que ella nunca antes había visto. —Pero Hastings muere conmigo. ¿Qué te parece?
Katniss, recordó las cartas que el duque de Snow le había dado. Las que había escrito el padre de Peeta.
—Tal vez se dio cuenta que se equivoco.
—¡No importa! —dijo Peeta—. Cuando me muera, el título se extinguirá. Y nada podría hacerme más f-feliz.- Y con eso, salió de la habitación.
Ella se sentó en una silla, todavía envuelta con la sábana que había arrancado de la cama. ¿Qué iba a hacer? Dios, ¿qué iba a hacer?
