Capítulo 36. Sentencia.

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Punto de vista del Narrador

El cuarto extenso, ahora iluminado por la luz del sol, se hacía muy silencioso aquella mañana. Las habitaciones de la mansión Fernández siempre han sido exageradamente grandes y bien decoradas con los elementos más caros de la actualidad, en pura demostración de poder y soberbia. Sin la presencia de Sebastián aquel lugar se hacía más ligero para Luisita, aunque todo aquel escenario todavía representaba algo tenebroso.

La rubia caminó por el área de su closet debidamente lista; traía un vestido social rojo, muy sofisticado, que le acarreaba una postura seria y superior, digna de su personalidad inventada. No tenía un escote llamativo, pero aún poseía un corte en "v" que dejaba el inicio del valle de sus senos, y sus clavículas bien delineadas; sus mangas eran largas, justas, como todo el resto del vestido que marcaba el cuerpo de la mujer.

Estaba linda, y perfectamente sexy sin sobrepasar el límite permitido para la ocasión. Y para complementar, en sus pies había un par de tacones negros, revestidos de terciopelo, trayendo un toque más de elegancia.

Ella se irguió y caminó hasta el espejo que cubría una de las paredes de su closet. Observó algunos detalles de su maquillaje ligero, y sus cabellos largos. Luisita llevaba consigo un aire envolvente, elegante, y sensual, incluso cuando no quería serlo. Era su esencia, ella le daba un diferencial que ninguna otra podía tener.

- Permiso. – La empleada murmuró antes de entrar en la habitación. - He venido a avisarle que el chófer, está listo.

Luisita terminó de colocar los pendientes de diamante, y tan pronto se volvió hacia la empleada que la miraba.

- ¿Cómo estoy?

La mujer la encaró por unos segundos, y de forma contenida respondió:

- Está linda, señora. Como siempre.

- Gracias. Tengo que deslumbrar hoy. - Respondió confiada y animada, mientras se miraba en el espejo.

- ¿Para ver al Sr. Fernández? -preguntó la mujer curiosa.

Luisita permaneció con la mirada fija a su reflejo en el espejo, mientras una sonrisa diabólica nacía en sus labios. No era exactamente para ver a Sebastián por lo que tanto se arreglaba, por el contrario, Luisita quería estar simplemente magnifica para ver los últimos suspiros de esperanza del rey.

- Claro. Para Sebastián. - Mintió.

- Espero que todo vaya bien, el señor Fernández no merece pasar por eso. - Dijo en un tono realmente preocupado.

Luisita la miró con cierta atención, analizando la postura preocupada de la empleada hacia su jefe. ¿Realmente creía que Sebastián tenía algo bueno?

- Veo que realmente se preocupa. -Luisita dijo, mientras colocaba su abrigo beige.

- Apuesto a que el regresará. - Murmuró esperanzada.

- Sabe, yo no pondría todas mis fichas en eso. Sebastián está ahí por un motivo, y realmente hay pruebas de que es culpable, es mejor acostumbrarse a su ausencia. - La rubia habló antes de tomar su bolso sobre la cama. - No necesita quedarse hoy, termine de hacer lo que necesita, y luego vaya a casa. Está libre por el resto del día.

- Si señora.

Luisita sonrió con la comisura de sus labios y dejó la habitación con cierta prisa. Su chófer, la vio dejar la mansión Fernández, se adelantó a abrir la puerta del Rolls- Royce plata, dando tiempo para que ella se acomodara en el coche de lujo. La rubia se acomodó sobre el asiento de cuero que tenía un tono de caramelo, dejando su bolsa en el asiento de al lado.

Jaque MateDonde viven las historias. Descúbrelo ahora