Capítulo 11. Lados ocultos.

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Punto de vista de Amelia Ledesma

Mantuve mis ojos cerrados, mientras Luisita distribuía pequeños besos por todo mi estómago, dirigiéndose a mi cabeza. Debió haber sido el tercer orgasmo de la noche, estaba jodida y completamente exhausta. Mi pecho subía y bajaba con un jadeo y la respiración descoordinada. Luisita acomodó su cuerpo sobre el mío, haciéndome sentir el toque gentil de su piel sudorosa. Abrí mis ojos, observando ese par de ojos marrones frente a mí. Luisita amplió sus labios en una sonrisa satisfecha, mostrándome sus blancos dientes.

Estábamos tumbadas en la alfombra del salón de juegos, completamente desnudas. Estiré mi brazo, deslizando mi mano por la espalda de la rubia, siguiendo la línea de su columna hasta llegar a su cuello. La mujer llevó una de sus manos a su cabello, poniéndolo a un lado, dejando el otro totalmente libre. La pequeña iluminación que bañaba el cuerpo de la rubia hacía destacar sus rasgos más llamativos.

-Me había olvidado lo buena que eras, Luisita.

Sonrió y después mordió su labio inferior.

-Puedo decir lo mismo, Amelia.

Luisita alzó su cuerpo un poco, apoyando sus brazos alrededor de mi cuello, quedándose ahora con su cara en la misma dirección que la mía, con una pequeña distancia entre nosotras.

-Por supuesto que puedes. Soy genial. – Dije engreídamente.

-Somos una buena combinación en la cama.

-No debería, pero estoy de acuerdo.

-Por supuesto que lo estás. Soy lo mejor que has tenido, Ledesma.

- ¿Cómo puedes ser tan engreída?

-Soy realista, que es diferente.

Luisita ladeó su cabeza, alternando su mirada entre mis ojos y mi boca. Lentamente la morena abrió sus labios, y dio a entender que los uniría a los míos. Cuando tomé el impulso de besarla, se alejó con una sonrisa pícara en sus labios. Fruncí la cara, ganándome una expresión divertida por parte de la rubia. Giré nuestros cuerpos en la alfombra, invirtiendo nuestras posiciones, ahora estaba sobre ella.

-Esto no es justo. – Exclamó cuando sostuve sus muñecas con mis manos.

-Todo es justo entre nosotras. – Fue lo que dije antes de besarla.

Las imágenes de anoche con Luisita inundaron mis pensamientos, sin dejar espacio para nada más. Cerré mis ojos, sintiendo como el agua caliente recorría mi cuerpo. Ya había amanecido, ahora mismo la rubia debería estar durmiendo junto a su drogado marido o no.

Apagué la ducha, tomando la gruesa toalla a mi lado. Me tomó un par de minutos estar apropiadamente lista. Pronto salí de la habitación de invitados de la mansión Fernández, y caminé hacia el pasillo de la sala principal. Para mi desafortunada sorpresa, me encontré con quien menos quería bajando las escaleras.

-Buenos días, Agente Ledesma. – Fernández habló una vez se acercó.

El hombre se veía diferente a lo que estaba acostumbrada a ver. Sebastián llevaba pantalones grises con una camiseta simple blanca. Su cabello húmedo y cuidadosamente peinado.

-Buenos días, Señor Fernández.

- ¿Durmió bien?

-Sí, perfectamente. – Dije sin mirarlo a los ojos.

-Genial, veo que ya se va. ¿No quiere tomar el desayuno primero?

-No, gracias. Realmente tengo que irme.

Jaque MateDonde viven las historias. Descúbrelo ahora