Una psiquiatra llevada por sus pasiones se adentra a un oscuro mundo lleno de secretos manchados de sangre y deseo, de dónde tratará de escapar a como dé lugar llevándose consigo varias sorpresas. Entre ellas, un hombre con una alma enardecida, que...
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Llego nuevamente al hospital central de Berat, donde tengo turno por los próximos seis meses hasta que me envíen de vuelta al distrito federal, en donde investigaba algunos casos de asesinato sospechosos. La verdad no entiendo porque siendo policía e investigador criminal de alto rango, me envían aquí, un hospital para enfermos mentales, habiendo más compañeros dispuestos a estar dando rondas sin nada interesante por hacer. Lo único emocionante de esta semana, fue cuando aquel loco, quiso cargarse la vida del doctor Dalla que, sin dudarlo salve antes de que fuera degollado con un bisturí.
Sin embargo, eso no fue lo único sorprendente, sino la llegada de aquellos doctores extranjeros. En particular cierta pelinegra, de piel pálida, estatura promedio y ojos indescifrables, tan confusos que incluso ayer cuando entré a su consultorio sobresaltándola, no los pude descifrar después de estar todo el tiempo mirándola fijamente, aunque ella por obvias razones evitaba mi mirada. Creo que después de todo, esto no será tan tedioso.
—Buenos días – saludé cortante a la chica rubia detrás del mostrador, que no hacía más que coquetearme todo el tiempo. A veces le sigo el juego cuando estoy aburrido, como ayer en la tarde, que terminaba el turno para la mayoría de doctores, entre ellos, aquella psiquiatra.
Me sorprendió bastante encontrarla mirándome fijamente casi como yo lo hacía con ella, mientras estaba con sus compañeros. Tiene un aire inocente y vital que me es imposible ignorar, hace que mi instinto interior quiera fiarle todos mis secretos como si confiara ciegamente en ella, aun sin leer sus páginas ocultas que he buscado en cada rasgo de su rostro desde que la vi distraída buscando su nuevo puesto de trabajo junto con el director, que encantado la guió el día que llegó, al inicio de la semana.
—Muy buenos días, cariño – respondió coqueta, mientras mordía su labio y me miraba con ojos de deseo.
Yo simplemente asentí y seguí mi camino, recorriendo todo el hospital, revisando que todo estuviera en orden.
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Sinceramente no entiendo cómo terminé otra vez en el séptimo piso, mirando el letrero en la puerta anunciando el consultorio de la psiquiatra Amelia Mendez, después de haber dado ronda por todo el hospital.