Antonia despertó sobresaltada, aún tumbada en el frío suelo. Agarró su chaqueta y su sombrero para salir viendo que afortunadamente la tormenta había terminado y ya era de día. Los dos barcos habían encallado en una isla, una isla abandonada. Bajó a tierra y camino hacia donde pudo percibir que estaban Nicolás y Natanael.
—La tormenta de ayer...era muy fuerte, nunca vi algo así. Cuando paró ya habíamos encallado en esta isla abandonada— le explicó Natanael mientras Nicolás miraba el lugar abandonado. Antonia les preguntó por que no se iban ya. No había nada en esa isla
—Los dos barcos no llegaron muy bien. Hay que arreglar algunas cosas. No nos tomara mucho tiempo pero tenemos que empezar a trabajar— el rey posó su mano sobre el hombro de Antonia para darle una sonrisa y luego irse con la tripulación para arreglar los daños.
—Bueno, no se mucho de reparación de barcos así que daré una vuelta— dijo y Natanael le advirtió que no se alejara mucho. Estaba preocupado —Tranquilo, estaré bien— le sonrió, señalando la espada en su cinturón.
Hizo una caminata sencilla, confirmando que Natanael estaba en lo cierto, esta isla estaba abandonada. La maleza se esparcía y los caminos se cubrían con raíces, por lo que se terminó perdiendo hasta llegar al centro de la isla. Allí no muy lejos, había una cueva. La cueva no parecía tan aterradora como a la que había entrado una vez en Andorra, pero no podía sacar conclusiones precipitadas. Se acercó a la entrada y en la misma piedra que formaba la cueva leyó un escrito: «La isla de Johan»
Bueno, al menos ya sabía en donde se encontraban pero no explicaba por que estaba tan abandona, ya que a juzgar por la piedra alguien había vivido aquí. Sin pensar mucho en eso entró y se sintió dichosa de que hubieran antorchas en la entrada, algo raro pero no importaba ahora. Encendió una de ellas y comenzó a caminar. Cuando comenzaba a cansarse no había ni pasado tanto tiempo, pero sentía que había recorrido toda esta isla. Claro que pensó en irse pero algo la hizo cambiar de opinión: sus botas estaban mojadas. Y eso solo podía significar una cosa: había una salida humeda en el otro lado, al igual que en aquella cueva en Andorra.
Comenzó a correr hasta que se detuvo a los pies de un barco más grande que el Caliópe y el Rosendo. Era negro y eso era muy extraño a juzgar de que aún no se había descubierto un tronco de árbol de este color. En grande, en la parte serca del ancla, se podía leer el nombre de este magnífico barco “El Jade”. Tomó la rampa y entró. Estaba destruido por quemaduras pero se conservaba la mayor parte. Antonia sentía una especie de deja vú caminar por la cubierta hasta dirigirse a la que una vez fue la habitación del capitán de este barco.
Paso algo de trabajo para abrir la puerta pero logró entrar. Todo estaba cubierto de telarañas y telas blancas tapando la mayor parte de los objetos. Se hiso camino y comenzó a quitar sábanas. Había un montón de cofres y barriles más una vieja cuna que se conservaba. Destapó algo que parecía un enorme cuadro.
—¡Antonia!— un gritó se oía cerca pero no quiso responder. Estaba fascinada con el bello retrato en frente de ella. Era una familia, un hombre y una mujer con su bebé en brazos. Se veían tan felices. Unos paso se escucharon en el lugar —¿Antonia?— era Nicolás y seguramente se preguntaba por que ella había venido para acá. Natanael que tambien habia llegado estaba igual de fascinado con la pintura pues solo una cosa había llamado su atención: el medallón colgado en el cuello de la bebé
Antonia seguía admirando el cuadro, pero más a esa mujer que se parecía tanto a ella. Miró luego a la bebé ¿podía ser posible?. Entonces leyó el escrito en el marco: «Dante de Gorka junto a su esposa Beatriz de Gorka y su hija Antonella en su primer año de vida». Sintió como Natanael se hacercaba y sacaba algo de su chaqueta
—Toda mi vida intentando descubrir la insignia de ese medallón...y hoy, tengo la respuesta— mostró el mismo medallón que había en la pintura y se lo entregó a Antonia —Creo que esto te pertenece...Antonella de Gorka
Antonia...o Antonella sentía que todo esto podía ser un sueño ¿pero cómo, cómo podía ser verdad?. Era todo obvio: el parecido con la mujer y el medallón que traía la bebé y que ahora sostenía en sus mano. Pero Antonia no lo podía creer.No podía creer que ella se llamara Antonella y que esas personas fueran sus padres. Y él, bueno, no era un padre cualquiera. Era Dante de Gorka, el rey de piratas antes de Nicolás lo cual convertía a Antonella en princesa pues ella no había muerto en ese accidente.
—Quiero la verdad Natanael. ¿Qué pasó el día en que me encontraste?
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Reina de Piratas
AventuraUna aventura maravillosa sobre piratas, secretos y amor. La vida de Antonia cambia por completo tras emprender un viaje sin regreso al mar, convirtiéndose en pirata. Pero no todo será fácil tal y como ella escuchó en las historias..... Y no habrá m...
