Damián Cevedo.
Sentí el calor de los primeros rayos del sol calentando mis mejillas. Aunque traté de moverme para seguir durmiendo plácidamente, algo me lo impidió.
O más bien, alguien.
Abrí un poco los ojos para encontrar a Aurora descansando tranquilamente sobre mi brazo ya adormecido. Se veía tan inocente, con su cabello negro por sin ningún lado y envuelta en una pijama improvisada que le había prestado anoche.
Sonreí, y con todo el cuidado del mundo, me giré para que nuestros rostros quedaran a centímetros de distancia. Su respiración era suave y apenas audible, no la culpaba, había tardado horas en conciliar el sueño.
El recuerdo de anoche volvió a mi cabeza de inmediato.
***
–¿De verdad nadie vio nada? –pregunté molesto e incrédulo al señor Gallagher, nuestro profesor de historia, quien informó que nadie alrededor de la casa de campaña de Aurora había notada nada después de que Elías y yo exigiésemos que buscaran al culpable de la rata muerta en la casa de campaña de Aurora.
–Lo lamento, Señor Cevedo, pero ninguno de los chicos quiso decir algo –por supuesto, quien haya sido es un cobarde de mierda. –Lo mejor será que vayan a descansar, no podemos hacer más por ahora.
–No pienso volver ahí –aseguró Aurora, luchando por no demostrar el miedo que había invadido sus ojos hacía unos minutos. Aún no entendía cómo lograba dominar ese tipo de emociones y mantenerlas a raya sin titubear, pero por muy fuerte o dura que fuera, ni en millón de años iba a dejarla sola en ese lugar.
–Puede quedarse conmigo y con Stacy, hay suficiente espacio –Lily ofreció, dándole una sonrisa sincera. En cuanto nuestros amigos se enteraron, dejaron la fogata y se unieron a nosotros.
Antes de que la niña terca pudiera decir algo, el profesor Gallagher volvió a hablar.
–Bien, problema resuelto por ahora. Vayan a dormir y mañana les prometo que resolveré esto –nos dio una mirada seria antes de irse y se dirigió a Aurora por última vez. –Quien le haya hecho esto tendrá su castigo, señorita Ferreira, se lo aseguro.
Ella sólo asintió amable, aunque yo sabía que por dentro no le creía en absoluto.
Más tarde, cuando no tuve otra opción más que dejar que Aurora se fuera con mi hermana y su mejor amiga demente, decidí volver a la casa de campaña para limpiar todo y evitar que ella tuviera que verlo de nuevo.
Saqué el cadáver de la rata y lo tiré lo más lejos que pude. Estaba a punto de arrojar la daga con la que la habían clavado al suelo, pero supuse que era mejor guardarla. Al fin y al cabo era una pista que podría ayudarme a descubrir quién lo había hecho.
Una hora más tarde, terminé de dejar todo en orden y me dirigí a dormir. Por suerte tenía una casa de campaña para mí solo, ya que Julio compartió la suya con Luca. Como pude, me puse el pijama y me metí al saco de dormir con un libro en la mano para leer un poco antes de dormir.
A pesar de lo que la zanahoria pensara, yo era muy feliz con mi adicción a la fantasía.
Las drogas matan, convertirme en un guerrero samurai para salvar a un reino mágico, no le hacía ningún mal a nadie.
No habían pasado cinco minutos cuando escuché pasos acercarse con cuidado hacia mi. Volví a respirar cuando vi una melena negro azabache asomarse por el cierre de la entrada.
En cuanto sus ojos se encontraron con los míos, una típica sonrisa torcida se formó en sus labios.
–Qué lástima, esperaba encontrarme con mi pijama de superman favorita –dijo decepcionada cuando entró por completo al pequeño espacio –Supongo que tendré que conformarme con Batman esta noche.
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Aurora
Teen FictionSiempre he sido una persona sencilla, de esas que disfrutan de un día tranquilo en la playa y evita los riesgos a toda costa. Me gustaba mantener todo bajo control y que nada ni nadie interviniera en el pequeño mundo al que me había exiliado por vol...
