4. ¡Cuida dónde metes tus narices!

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   Sin pensarlo dos veces, me ajusté el vestido para que no se me viesen demasiado las bragas, caminando con rapidez hasta la motocicleta frente a mí.

   Y me subí.

   —¿Qué haces, Ri-ri? —pregunta Raph en una risa, pero surcando su frente para lucir un poco extrañado.

   Le respondo con el sonido que resuena en el motor provocado por la llave girando en el conector, encendiendo el vehículo.

   —Súbete.

   Él abre sus ojos como platos.

   —¿De qué hablas? —negó con la cabeza —. Vente ya, preciosa. Será mejor evitar un problema con los dueños de...

   —¡No seas sonso, Raph! —me burlé, carcajeando con fuerza —. ¡Súbete!

   Pareció vacilar por un momento. Me gustaría saber qué estaba pasando por su mente; quizás terminaría por convencerlo de cometer esta locura conmigo, o tal vez sólo pensaba que lo habían emparejado con una lunática. Cualquiera está bien para mí.

   —En serio, no creo que sea buena idea. —Repite, rascando su nuca con la mano.

   Puse los ojos en blanco con diversión.

   —¿Te dan miedo los retos? —desafié confianzuda, haciendo rugir el motor de la motocicleta.

   Eso le provocó una sonrisa ladeada cargada de adrenalina. Necesitaba que accediera antes de que mi nivel de raciocinio subiese a sus niveles normales o me arrepentiría.

   Sí, el remordimiento probablemente me evitaría problemas pero, ¿dónde estaba la diversión en eso?

   —¿Y a dónde se supone que iremos? —cuestionó él esta vez, dudando.

   Me encojo de hombros con indiferencia.

   —A dónde nos lleve el viento.

   —Eso suena como una terrible película de vaqueros. —Bromeó.

   Aproveché el momento para sonreír con picardía y pronunciar:

   —Que suerte que soy buena cabalgando.

   El comentario encendió una chispa lujuriosa en los oscuros ojos de Raph, tan notorio que casi creí que se arrancaría la ropa ahí mismo.

   Sin embargo, antes de que pudiese responder, otra voz nos interrumpe:

   —¡Hey! —llamó el repartidor desde la puerta —. ¡Baja de ahí! ¡¿Qué crees que haces?!

   Miré a Raph con impaciencia.

   —¡Súbete! ¡Súbete ya!

   Él miró hacia el chico con algo de pánico brillando en sus ojos y de regreso a mí, lanzándome una clara advertencia con su mirada que decidí ignorar por completo. Le hice señas con mis manos agitadas de que se subiese, intentando equilibrar la motocicleta al estirar una pierna hasta la grava. No era una tarea fácil con mis zapatos altos, pero tenía suficiente experiencia.

   Finalmente, suelta un suspiro, y con una sonrisa peligrosa lo escuché musitar:

   —Maldita sea, Riley.

   Justo a tiempo para cuando siento su cuerpo hacer peso sobre la moto, el repartidor vuelve a aparecer con varios trabajadores probablemente de mayor rango que él, mirando estupefactos como yo pisaba el acelerador y maniobraba nuestra salida rápida del lugar, riendo como lunática.

   Bueno, como lo que soy.

   —¡¿Siquiera sabes conducirla?! —gritó Raph a mis espaldas.

El ContratoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora