24. Traidores. Traidores en todas partes

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   Me quedé petrificada totalmente en mi sitio.

   Lo único capaz de moverse en mi cuerpo, era el labio inferior que se agitaba violentamente a causa de una mezcla entre el frío y el miedo.

   Una cámara de seguridad.

   Era imposible alcanzarla a la altura en la que se encontraba, ni siquiera si Raph tenía mágicamente una escalera en la cajuela de su camioneta. Estaba muy alto, por ende, también era difícil adivinar si estaba en funcionamiento.

   Pero eso no importaba demasiado. Era una cámara de seguridad, apuntando hacia la carretera. Ni siquiera podía ayudarnos la lluvia torrencial que caía ese día, como una cortina de agua que desenfocara el delito, ni tampoco estaba mal orientada en la dirección incorrecta. Era imposible que no fuese capaz de registrar nuestro crimen en alta calidad.

   Con el aguacero, no podía distinguir fácilmente si las otras farolas también estaban cargadas de vigilancia. No obstante, si mi vista no me fallaba del todo, parecía no haber otra sino a metros de distancia. Esta, justamente, estaba en el punto exacto en donde ocurrió el accidente.

   Si la policía comenzaba a buscar cualquier evidencia en todas las cámaras de seguridad de la zona. Si tan solo se les ocurría...

   Oh, mierda.

   Subí a la camioneta de nuevo, empapada de pies a cabeza, y no le presté la atención debida a la velocidad con la que conducía. Necesitaba llegar rápido y avisar a los demás. La ansiedad me estaba comiendo viva. Mi boca no dejaba de temblar; mis dedos resbalaban constantemente del volante; mi pierna tenía un extraño tic que me provocaba acelerar la camioneta a trompicones. Pude haber causado otro accidente de no haber estado demasiado concentrada en la carretera para no morir en mi intento de llegar.

   Teníamos que buscar la manera de averiguar si estaba en funcionamiento, si había evidencia de todo lo que habíamos hecho. Sería cuestión de tiempo que saliera a la luz para incriminarnos. Todo lo que hicimos sería en vano, y estaríamos todos tras las rejas para finales de este mismo año. Sin excepción.

   La lluvia no cesó para cuando alcancé la verja de entrada de la cabaña. Estaba abierta de par en par, probablemente para mí. No me molesté en bajarme y cerrar las rejas, estoy segura de que alguien más lo haría eventualmente esa tarde.

   Aparqué junto a los otros vehículos y troté a la entrada, impaciente. Entré de sopetón al notar que la puerta no tenía el seguro habitual para fascinarme con la calefacción encendida dentro del salón principal. Sin embargo, ni siquiera eso ayudó a que dejase de temblar.

   Los tres me esperaban sentados en los muebles de la sala de estar. Ryatt agitaba su pierna con nerviosismo, reposando su cabeza sobre la mano en el reposabrazos; Rodrick estaba cabizbajo, con sus codos sobre sus rodillas, la mirada perdida y pensativa. Raph, por otro lado, caminaba de lado a lado con las manos sobre su cabeza.

   —Chicos —solté, para captar su atención.

   Los hermanos se pusieron de pie inmediatamente al verme, soltando jadeos cargados de tensión. Raph se detuvo de manera abrupta; me miró de pies a cabeza, como buscando heridas físicas a simple vista. Al no encontrar nada, corta el espacio entre nosotros para abrazarme con fuerza.

   Lo rodeo con mis brazos de regreso, apretando los ojos al recibir su calor.

   —Estás bien —suspiró. No fue una pregunta, sino una afirmación para sí mismo.

   —Sí.

   Se separó para tomar mi rostro entre sus manos. Su ceño se frunce inmediatamente. Estaba segura de que nadie fuera de mis madres podía conocerme más que él. Tal vez Trev, y lo pongo en duda.

El ContratoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora