Ni siquiera el sonido del cristal provocó que los demás se giraran a verme.
Todos estaban rígidos, inflexibles. Los ojos de cada invitado se enfocaban directamente en la televisión, que no podía más que desear que hubiese permanecido apagada. No se escuchaba ni una respiración, ni una mosca volando, solo las palabras de la periodista que no me molesté en escuchar.
Me tambaleé hacia atrás, mareada, chocando contra una repisa de platos apilados. Tuve suerte de no derribar ninguno, y lograr apoyarme contra la madera pulida para soportar mi cuerpo.
Destellos brillantes seguían apareciendo en mi visión, impidiéndome ver con claridad. Apreté mis ojos. No quería desmayarme. Primero, porque sería sospechoso... o tal vez no. No me quería arriesgar en el momento; que las amigas de Rebecca y su familia presenciaran tal escena ilógica de mi parte. Debería estar feliz, ¿no? Debería alegrarme de que ya era un paso menos para encontrar a Holden. A mi supuesto amigo. No me sentía así para nada.
Segundo, estaba harta de no ser fuerte. Me molestaba. Me enojaba conmigo misma. Parecía que, ante cualquier momento estresante que me provocara un mínimo grado de inquietud, me desmayaba. Ya no quería ser esa persona.
Sin embargo, cuando Becca salió corriendo de la habitación, tan pálida como una hoja de papel, la seguí con la mirada todo el tiempo que pude, queriendo perseguirla en lugar de su tía y Ryatt, fallando en el momento.
Porque cuando intenté caminar apenas dos pasos, mis piernas flaquearon, y quedé inconsciente.
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Mi cabeza me dolía a reventar.
A pesar de que recobré la conciencia varias veces antes de llegar a donde sea que estaba, un torbellino de confusión y agonía siempre me arrastraba hacia un desmayo pesado del que se me hacía imposible escapar. Cuando desperté finalmente, mis ojos ardieron ante las fuertes luces sobre mi cabeza.
—¿Ri-ri?
La voz masculina cargada de preocupación sonaba tan lejos y tan cerca a la vez. Fruncí el ceño.
Estaba intentando escudriñar mi entorno, pero las luces, el mareo, y la visión borrosa me dificultaba la tarea casi por completo. Solté un lloriqueo genuino, repleto de angustia. No me gustaba sentir que no podría ser capaz de defenderme en caso de que algo malo ocurriese. Como si las cosas de por sí no pudiesen estar peor.
—No te sientes, quédate acostada. —A pesar de mi confusión, no necesité pensarlo demasiado para estar segura de que era Raph quien me hablaba, empujándome suavemente de regreso a la almohada —. Llamaré a una enfermera. Mantente así.
¿Enfermera? ¿Estaba en el hospital? Genial. ¿Acaso pude haber llamado más la atención?
—No —musité. Mi garganta estaba demasiado seca para mi gusto —. No... Espera...
—Te golpeaste muy fuerte la cabeza, Ri-ri. Estás en observación.
Bueno, eso tiene bastante sentido. Probablemente, había tenido una contusión. Nunca me había sentido tan pésimo luego de un desmayo. Todo seguía dándome vueltas cuando intenté abrir los ojos de nuevo. Mierda.
La idea de la enfermera ya no me parecía tan mala. Lentamente, como pude, asentí. Quería que me durmiesen de nuevo. Por un largo rato. Días, si era posible.
Quería escapar de mi realidad.
El tiempo que le tomó a mi novio llamar a la enfermera y regresar se me hizo más rápido de lo esperado. Un vórtice lioso se encargaba de arrastrarme de vuelta a la inconsciencia, para ser despertada segundos después por varias personas. Nada agradable. Para mi infortunio, algo que ya parecía un hábito inquebrantable, no me sedaron. De hecho, me obligaron a permanecer despierta después de un montón de pruebas desagradables, porque nada con este mareo tremendo podía resultar bueno.
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El Contrato
RomansaLos hermanos Williams parecen ser el cliché de la sociedad. Guapos, altos, carismáticos, con un buen talento para el deporte, y una inaudita habilidad para flirtear. Es por eso que su padre pensó que tenían gran potencial, y de ahí surgieron varias...
