Me siento débil caminando por la recepción del edificio, porque las ganas estaban carcomiéndome viva.
Raph se notaba igual de impaciente que yo. Me tomaba fuertemente de la mano, arrastrándome por el vestíbulo como si yo fuese de juguete, presionando demasiadas veces el botón del elevador. Todavía teníamos quince pisos por delante hasta llegar a su apartamento. No sé cómo lo soportaría.
Pero él decidió que no sería necesario.
Un par de personas salieron del ascensor, cuyos rostros se iluminaron al ver a Raph. No sé si por lo guapo que era, o por lo salvaje que se notaba justo ahora, con el cabello alborotado, las pupilas dilatadas, y los labios enrojecidos de tanto que nos besamos antes de bajar de su camioneta. Él decidió ignorarlos, y yo también, porque sólo pensábamos en una cosa:
El elevador había quedado vacío.
Ni siquiera me dio tiempo de asegurarme si había cámaras de seguridad que pudieran delatarnos. No, ¡ni siquiera tuve tiempo de tomar una bocanada de aire! Justo después de que las puertas se cerraron, sin darme oportunidad de sentir el movimiento de elevación bajo mis pies, Raph me empuja contra la fría pared metálica del ascensor, y comienza a besarme desesperado.
Sus manos encuentran las mías y entrelaza nuestros dedos por encima de mi cabeza. Seguirle el ritmo a sus labios feroces era un completo desafío, pero me enloquecía la manera en la que era capaz de devorarme sin resultar brusco, sin lastimarme en lo absoluto. Estaba disfrutando absolutamente todo de él, y no sé como saldría ilesa después de esto.
Dejo salir un jadeo cuando su boca se desliza hasta mi cuello, y me permití deleitarme con sus besos, sus chupetones, sus lamidas. Tenía una manera exquisita y particular de jugar con mi piel, y eso no hacía más que ponerme temblorosa.
Él parece darse cuenta de las vibraciones en mi cuerpo, porque lo siento sonreír, chocando su aliento sobre mi cuello húmedo, al mismo tiempo que dirige su boca hasta mi oreja para susurrar:
—¿Quieres que te haga temblar de verdad, Riley?
Gemí en respuesta, asintiendo vergonzosamente como si de eso dependiese mi vida. Quizás sí lo hacía.
La ausencia de sus labios en mi cuello me desesperó, pero esas ansias no duraron mucho. Raph hizo un recorrido por mi cuerpo, y hasta ahora, no había sentido tanta frustración por lo mucho que estorbaba la tela de mi vestido. Él acerca su rostro hasta mis pechos, y se deshace del agarre de mis manos para tocarlos a su antojo. Me baja las tiras del vestido con impaciencia, demostrándome lo exasperado que estaba por quitármelo; no sé cómo encuentra la fuerza de voluntad para no hacerlo, pero dejo de pensar en ello en el mero instante que su lengua se comienza a mover contra aquella zona sensible de mi seno.
Dejo escapar un quejido agudo, resonando por el pequeño espacio. Sentir sus manos grandes tocarme como nadie nunca lo había hecho me llevó al límite, a uno capaz de expandirse por cada parte de mi cuerpo sin un atisbo de piedad, volviéndome atontada, sin cordura. No sabía lo bien que alguien podía hacerte sentir con tan sólo besar y lamer tus pechos hasta que Raph lo hizo, y quería que siguiera sin detenerse si un segundo.
Pero mis súplicas no fueron escuchadas, y eso no significó que lo que sucedió después, no fue aún mejor. Todavía con varios pisos por delante que subir, esperando que la suerte estuviese de nuestro lado y nadie entrara de camino, Raph se inclina sobre sus rodillas, subiendo la tela de mi vestido hasta exponer por completo mi entrepierna. La ropa interior que le había lanzado en el auto en un gesto de pura coquetería ahora reposaba dentro del bolsillo trasero del pantalón, así que no hubo ningún estorbo entre su boca y mi creciente humedad.
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El Contrato
RomansaLos hermanos Williams parecen ser el cliché de la sociedad. Guapos, altos, carismáticos, con un buen talento para el deporte, y una inaudita habilidad para flirtear. Es por eso que su padre pensó que tenían gran potencial, y de ahí surgieron varias...
