11. ¿Segura que sabes cabalgar, Riley?

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   Esa había sido la cita doble más incómoda que tuve en mi vida.

   A pesar de que Raph se comportó a la altura, actuando siempre extrovertido e integrando a todos para que se sintiesen cómodos, las miradas fortuitas curiosas que se lanzaban Holden y Lory daban mucho que desear. Sé que él también se daba cuenta, pero decidió ignorarlos. ¿Yo? Estaba intentando entender qué carajos pasaba.

   En los pocos días que transcurrieron, jamás lo averigüé.

   Trevor no tenía idea. Estaba muy segura de que, si sabía algo, me lo diría. Él y yo éramos más unidos de lo que yo era con Loretta, y a pesar de que no esperaba que divulgase alguna clase de comentario privado de nuestra amiga hacia mí, si se trataba de algún problema que me estaba ocultando, Trev me lo diría.

   Pero no fue así, y yo me estaba quedando sin ideas.

   Cuando Raph insinuó que Lory estaba tras alguien más, ¿se refería a uno de los Williams? ¿Se refería a él? ¿A quién? ¿Por qué Raph lo sabía? ¿Por qué no me lo decía?

   Intenté preguntarle una noche que nos quedamos hablando por teléfono hasta altas horas de la madrugada:

   —Oye, ¿crees que a Lory sí le guste Holden? —interrogué de manera sutil.

   —No lo sé, Ri-ri, es tu mejor amiga, ¿tú qué crees?

   —Que está ocultándome algo.

   —Bueno, estoy seguro de que ella te lo dirá si llegase el momento.

   Y así de rápido cortamos el tema. Era demasiado caballero para chismear.

   Sin embargo, no tuve mucho tiempo para preocuparme por eso los tres días siguientes, porque me ocupé de algo más importante que abarcaba casi toda mi energía:

   A Trevor le habían roto el corazón.

   No quería decir que él mismo se lo buscó, pero, dadas las circunstancias que siempre fueron latentes y notorias, me parece que tuvo bastantes pruebas de que el chico que le gustaba era un bueno para nada. Resultó que no estaba demasiado seguro de lo que quería, ni de su sexualidad, lo cual es mucho peor, y estaba usando a mi mejor amigo en un intento de averiguarlo. Por supuesto que yo nunca estuve de acuerdo, y quise evitar que las cosas se pusieran peores, pero Trev es terco como una mula, y terminó probando lo que él mismo cultivó por querer ignorar las señales.

   Fueron noches de lágrimas, películas románticas absurdas e improbables, y montones de helado. Todos los kilos que había perdido haciendo ejercicio como demente, los recuperé en dos noches de depresión contagiosa de Trev. No me importó demasiado. Quería apoyarlo, que estuviese consciente de que estaría ahí para él, incluso aunque lo único que se me antojaba era matarlo por no hacerme caso desde un principio. Bueno, los mejores amigos estaban para ignorar tus consejos.

   Así que, luego de hablar con Rod al respecto, lo invité a la fiesta de cumpleaños de los dos Williams mayores que se celebraría el sábado en una supuesta cabaña familiar fuera de la ciudad. Serviría de buena distracción, al menos por un par de horas, y como no tenía ánimos de maquillar a nadie estos últimos días, aceptó en acompañarme toda la tarde.

   Para que Trevor no tuviese ganas de maquillar, tenía que estar destruido.

   —¿Por qué te vestiste así? —le pregunté, torciendo mi boca en una mueca.

   Estaba sentado al borde de mi cama, con unos vaqueros ajustados, una simple franela blanca, y zapatos de goma. ¿Y la escarcha? ¿Y los accesorios de pies a cabeza? ¡Me lo han cambiado!

El ContratoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora