17. Nada sucede por casualidad

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   Mi cabeza giraba en todas las direcciones con intención de seguir el ritmo de la música que sonaba con estruendo a través de los altavoces del club. A pesar de que estaba al constante pendiente de que mi falda corta ceñida al cuerpo no se subiese más de lo socialmente aceptable, me las arreglé para sostener mi bebida con una mano y subir la otra de manera alocada. 

   Esa vez que llegué a creer que estaba resistente al alcohol, bueno, no había durado demasiado.

   En mis tacones altos, perdí un poco el equilibrio cuando una chica también se tropezó contra mí en un intento por caminar entre la multitud. El líquido que tanto me costó mantener dentro del vaso se derramó casi en su totalidad sobre el suelo encharcado, y solté un gruñido de frustración por haber perdido mi trago entero.

   —¡Ya es la segunda vez! —me quejé en un grito, para poder ser escuchada sobre la canción que todos cantaban con vehemencia.

   —Al menos no la derramaste sobre alguien —se burló Roxanne, quitándome el vaso de la mano —. Te busco otro, pero será el último.

   —Que sea un mojito cubano.

   —No deberías estar mezclando tantas bebidas —advirtió.

   —¿Quién eres? ¿Mi madre? —Ella rueda los ojos cuando yo le saco la lengua —. ¡Estoy bien! Si estuviese ebria, ya habría vomitado ese vestido de diez mil dólares que cargas.

   —Y ya te lo estaría cobrando. Un trago más y nos vamos. Espero que no hayas perdido las llaves de tu apartamento. 

   Para probarle que no estaba borracha, busco a tientas el manojo de llaves en mi bolso de mano, pero justo cuando las alzo para enseñárselas, se me resbalan de los dedos como si mis manos fueses de mantequilla, cayéndose de la manera más estúpida nunca antes vista.

   Hablemos de maneras de perder la dignidad en menos de un segundo.

   Incapaz de encontrarlas en el suelo después de que un chico la patease sin querer hasta el otro extremo de la pista de baile, forjé una sonrisa inocente en dirección a mi amiga.

   Roxanne me miró con decepción.

   —Bueno, no las había perdido hace cinco segundos —dije, y me reí inmediatamente.

   —Olvida lo del último trago, tú andas grave. —Negó con la cabeza —. Ven a sentarte mientras llamo a mi chofer para que nos busque. Puedes quedarte conmigo esta noche, pero sólo si mantienes tu bocota cerrada. No se supone que pueda invitar personas a la casa sin previo aviso.

   Después de varios meses de amistad, descubrí que ser parte de la vida de Rox no era como se esperaría. A pesar de su actitud fría y distante, a veces hacía un esfuerzo sobrehumano para ser generosa y cordial, más o menos como ahora. Cualquiera podría pensar que ser su amiga era un infierno, pero se trataba de todo lo contrario.

   La salida de chicas que teníamos planeada desde hacía una semana no salió como esperábamos: Trev no logró venir, porque tenía problemas estomacales luego de comer un burrito de tres días que estaba en su refrigerador; Becca estaba estudiando duro para sus exámenes universitarios, y Loretta todavía no me hablaba del todo. Mi número de amistades en quien confiaba era reducido, y a pesar de que acepté venir con un grupo de conocidos millonarios de Roxanne, el plan era un par de bebidas y bailar en un club hasta altas horas de la madrugada, pero en vista de que no podíamos regresarnos a mi apartamento porque fui lo suficientemente despistada para perder la llave, no quedaba de otra que mover la pijamada hasta la mansión incordiante de Rox.

   Torcí mi boca en un gesto de disgusto.

   —Mejor llamo a mi novio. Ya sabes que me da algo de miedo existir en una casa llena de reptilianos.

El ContratoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora