22. ¿Se repite la historia?

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   Una oficina.

   Cuando estudié mi entorno débilmente, con miedo siquiera a hacer el más ligero movimiento, me di cuenta de que estábamos en una oficina.

   ¿Qué hacía Rhea Williams, de todas las personas, en una jodida oficina en el estadio de fútbol de Sídney? No lo sabía. Estoy segura de que ninguno de los dos lo sabíamos. No esperábamos que apareciera nadie de repente tras una de las puertas dentro de la habitación, porque era lo último que se supondría.

   Pero aquí estaba ella, y había escuchado toda nuestra jodida conversación.

   —¿Raphael? —insistió. Sentía sus pasos acercándose a nosotros —. ¿Me puedes explicar qué carajos está pasando?

   Miré a mi novio, de pie frente a mí. Su reacción no había sido muy diferente a la mía: cada músculo de su cuerpo se tensó ante la imagen de su hermana en la habitación. Yo me encontraba de espaldas, y la mera idea de voltear para enfrentarla, me puso los vellos de punta. 

   Tragué grueso. Raph no respondería, estaba demasiado pasmado para incluso respirar.

   —¿De verdad tenemos que explicártelo, Rhea? —me atreví a soltar, cabizbaja —. ¿No estuviste escuchando lo suficiente?

   —¡Lamento si no logro comprender! —chilló tras de mí, entonando cada palabra como si fuese una sola frase —. Pero necesito saber si escuché bien. Necesito saber que acabas de admitir en voz alta que todas las acusaciones de Asher Rowland contra ustedes son ciertas. ¡Porque es que no me lo creo!

   Su voz no era de sorpresa, era de ira. Furia imperiosa brotaba de su boca con cada palabra que articulaba. Casi pude sentir tentáculos de fuego arrastrándome a las llamas flameantes para un castigo eterno por nuestra vil decisión. Las manos me temblaban considerablemente.

   Me volteo, lentamente hacia ella. Percibí la mano de Raph en mi cintura, y fue lo único que obtuve como respuesta de su parte para asegurarme de que su cerebro todavía funcionaba de la manera correcta. Sabía que estaba luchando contra el miedo que le tenía a su hermana, y la desesperación de sentir que yo estaba en alguna clase de peligro. En este momento, a pesar de que se trataba de su familia, llevaría yo las riendas del asunto.

   Rhea estaba de pie como una bestia. Su ceño fruncido en la frente, las fosas nasales aleteaban ante cada respiración que procuraba apaciguar su rabia. Los ojos, castaños como el resto de sus hermanos, me acusaban directamente. Podía escuchar cada recriminación a través de su mirada, sin que necesitara abrir la boca para decir nada.

   —Es cierto —mascullé.

   —¿Qué es cierto? 

   —Todo. —Levanté mi barbilla. Las lágrimas amenazaban con rodar por mis mejillas, pero las encerré en mis párpados. No me podía permitir llorar. No frente a ella —. Todo es cierto.

   Apretó los dientes. El gesto fue tan igual al de su hermano, que me provocó un escalofrío.

   —¿Y qué mierda es todo? —inquirió, ladeando la cabeza —. ¿Qué carajos hiciste? ¡¿Qué tuviste que ver en eso?!

   —No le hables así —defendió Raph. Aunque sonaba molesto, no resultó tan intimidante como se esperaría —. Todos estuvimos involucrados en...

   —¡Todos! —Las manos de Rhea fueron a su cabeza, alisándose los mechones de su abundante cabello castaño hacia atrás —. ¡¿Quiénes son todos, eh?! ¿Rodrick y Ryatt, también? ¿Rebecca y Roxanne? 

   —Sí —murmuró él —. Todos.

   Rhea jadeó en sorpresa, posando sus manos sobre sus caderas, dando una vuelta en su sitio. Estaba segura de que, en cualquier momento, se convertiría en un dragón escupe fuego y nos mataría. Bien por nosotros.

El ContratoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora