27. ¿Amiga... o enemiga?

1.1K 94 18
                                        

   Mi cabeza, mi cuerpo, y mi alma colapsaron en ese minúsculo instante.

   No podía gritar. No podía llorar. Era como si todo mi mundo se había paralizado con la última frase pronunciada por el oficial Thorn. Tenía la mente nublada; me encontraba incapaz de comprender lo que estaba ocurriendo. No sentía los dedos de mis manos, que seguramente estaban temblando como gelatina, y tenía un cosquilleo extraño en la piel de mi rostro. Como si estuviese a punto de...

   No. No puedo desmayarme ahora. No puedo. ¡No puedo!

   ¡Tenía que hacer algo! ¡Tenía que ayudar a Raph!

   Pero, por más que intentaba sacar palabras fuera de mi boca, no importaba lo mucho que tratara de articularlas, nada parecía ser lo suficientemente claro para poder hablar. 

   Ni siquiera cuando observé cómo obligaron a Raph a caminar en dirección al auto; ni cuando el oficial Thorn me dedicó una mirada de repleto odio. Sin embargo, algo se activó en mí al reconocer al segundo oficial: el rostro femenino de Graham me golpea como un recordatorio vil de regreso a mi realidad. Esboza una sonrisa ladeada llena de promesas cumplidas y otras próximas a ofrecer. Mi cuerpo se tensa ante la imagen, y recupero la sensibilidad de mis manos para envolverlas en puños que podía azotar si tuviese un poco menos de sentido común.

   —Te dije que nos volveríamos a ver, Riley Anderson —expresó.

   Eso fue suficiente para reaccionar. Me bajé del auto, vuelta una fiera, interceptando en el camino de Thorn y Raph hasta el vehículo. Estoy segura de que me veía como un toro enojado por la forma en la que mi novio intentó calmarme con solo una mirada. Un paso en falso, y podía arruinar esto más de lo que ya estaba, como si eso fuese posible.

   —No pueden —mascullé, intentando sonar autoritaria —. No pueden hacer esto.

   —Por supuesto que podemos —aseguró Graham, caminando hacia nosotros —. ¿Tienes las agallas de contradecir a dos oficiales de policía en tu situación?

   Le dediqué una ojeada rencorosa.

   —Riley, tranquila —susurró Raph, muy bajito —. Llama a Rodrick. Él se encargará.

   Negué con la cabeza. Mi visión resultó borrosa ante las lágrimas que amenazaban con derramarse.

   —Pero... ¡No pueden! —chillé con desespero —. ¡¿Por qué?! ¡¿Qué ha hecho Raph?! 

   Literalmente... ¿qué ha hecho Raph? ¿Ayudarme? ¡Yo debería ser la esposada! ¡Yo debería estar siendo arrastrada al auto policial, no él! ¡Todo esto era mi maldita culpa!

   Mi respiración comenzó a agitarse gradualmente. Sufriría de un ataque de pánico si no hacía algo, si no decía algo, pero la presión no me dejaba pensar con claridad. No podía siquiera hacer las preguntas correctas. Cualquier cosa que saliera de mi boca, podía hundir más el pie dentro del barro.

   —Riley —advirtió Raph una vez más —, llama a Rod y ve a casa. Todo estará bien. No hables con nadie. No digas más nada. Hazme caso.

   Quise reclamar. Quise decirle que no, que me haría cargo, que yo, en realidad, era la culpable de todo esto y que debían encarcelarme a mí y no a él. Nunca a él. Este era un error. Una terrible equivocación causada por mis propias malas decisiones de mierda. Era mí responsabilidad remediarlo. Estuve a punto de decir algo que iba a cambiar todo el suceso a continuación.

   Hasta que lo escuché decir, justo antes de que lo obligasen a subir al vehículo:

   —Confía en mí, Riley.

El ContratoHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora