A Horacio el pasado lo atormenta. Para Toni el futuro es incierto. Gustabo no sabe qué hacer con su presente y Carlo tiene que aprender a lidiar con sus tres hermanos menores mientras batalla contra sus propios problemas.
❱Créditos de los dibujos...
—Ponte algo celeste. Resalta tus ojos y se ve precioso en contraste con tu cabello.
Toni asintió. De todas formas, el asunto de la moda y todo ese rollo de vestirse bien, no había quién lo manejase mejor que Horacio. Se colocó un pullover grueso de algodón y unos jeans negros. Cuando acabó, se plantó frente al espejo, revisando aquí y allá que todo estuviese en su lugar.
—Y estas zapatillas blancas —sugirió su hermano menor.
—Vale, vale.
Tenía algo de prisa y estaba ansioso, aunque le costase admitirlo. Ése día, sería la cita que le prometió a Salinas.
Luego de todo lo que Gustabo y él tuvieron con su padre, lo dejaron a mitad de la cena, sin pagarle la cuenta (ni siquiera lo que ellos habían pedido) bajo la excusa que iban al lavabo. No sin antes, claro está, repetir la amenaza de que se mantuviera alejado de sus vidas. Al llegar a su casa, le escribió a Raúl por su propia cuenta para cuadrar bien el encuentro y, de ese día a la actualidad, comenzaron a mensajearse como si fuesen amigos de toda la vida.
Realmente sentía que su rollo tendría futuro.
—Pero buenooo, te ves to' Gucci.
—La verdad sí, ustedes dos parecen modelos —secundó Horacio—, pero a todo esto, quién hubiera pensado que aceptarías una cita del guarro.
—No me vengas con eso, Gustabo ya me dio toda una charla de Ted Talk de por qué tengo mal gusto.
—Tiene razón.
—Tú tampoco te salvas, Horacio. ¿No has visto bien a Volkov y la cabeza que me lleva? Parece un niño asustado.
—¿Tú crees que sí te salvas? —Toni esbozó una mueca de mofa— El tuyo tiene cara culo veinticuatro siete.
—Yo no "tengo" —se quejó el más bajito.
Toni intuía que un poco de atracción escondida si había por ahí. Conocía demasiado bien a ese pequeñajo como para adivinarle los gustos y no se creía que Conway, que era un tipo musculoso, alto, con facciones rudas pero atractivas, no le llamase ni un poquito. A otro perro con ese hueso. Ah, y otra cosa que sólo él sabía: Gustabo se calentaba con las voces profundas, y, oh sorpresa, el Alfa tenía esa característica.