A Horacio el pasado lo atormenta. Para Toni el futuro es incierto. Gustabo no sabe qué hacer con su presente y Carlo tiene que aprender a lidiar con sus tres hermanos menores mientras batalla contra sus propios problemas.
❱Créditos de los dibujos...
Lo primero que hicieron ambos al llegar a la feria, fue identificar al primer carrito de algodón de azúcar que hubiese por ahí. Toni pidió uno de color rosa y Raúl uno de color verde.
En el camino hacia otros lares, compartieron una plática rutinaria, que pudiese parecer aburrida, pero los chistes absurdos de Salinas hacían reír al García mayor. Hablaron de como les iba en Marbella, sobre temas que aparecían con soltura y también sobre sus familias.
—Así que... ¿Qué se siente vivir con Carlo?
—Pues es tranquilo. Es el mayor y siempre está ocupado, pero cuando él está, Gustabo y yo lo pasamos bien.
—Parece que los cuida mucho.
—¿Por qué lo dices?
La pregunta de Toni estaba justificada, desde su punto de vista. Podía decir sin miedo a equivocarse, que ya habían superado la etapa de reserva y desdén que tenían al inicio, antes de que su madre y el padre de este se casaran, pero no entendía hasta qué punto. El tiempo forja lazos, y todos ellos, estaban formando uno muy difícil de romper, sin siquiera darse cuenta.
—Porque los cela y los protege —explicó este—, ¡incluso me amenazó antes de venir aquí!
Toni alzó una ceja, divertido.
—¿Qué te dijo?
—Que si olías mucho a mis feromonas al regresar, me iba a dar una paliza.
—Mmm, eso suena muy interesante —le contestó, botando el palito sobrante de su golosina. Regresó al lado de Raúl y se colgó de su brazo, pegándose de más a propósito.
El azucarado olor intenso de cerezas bañadas de néctar llegó a la nariz del Alfa al tiempo que, inútilmente, este realizó un sobreesfuerzo por controlar sus instintos y no devolverle el gesto.
Era algo común. El asunto de las feromonas iba más allá de ser un perfume y ya. Era una comunicación no verbal sincera entre las distintas castas, era un estimulante que viajaba de los sentidos al cerebro y activaban el sistema de recompensa neuronal. De esta forma, demostraban tristeza, miedo, enojo, felicidad... atracción. Y, como los instintos no se pueden fingir, era una especie de "polígrafo" infalible.
Fue una sorpresa, pero cuando él también lo envolvió con su aroma, pudo percibir que no era rechazado, todo lo contrario.