Capítulo 2 parte B

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Sin dejar de observar los movimientos del menor, los adultos volvían a su conversación:

— Siento mucho por lo que estás pasando, hijo — consoló una madre conforme tomaba la mano del actor que estaba sobre el respaldo del sofá y se la besó con ternura; y aunque suene raro, reconocía: — ¡Odio verte así!

— Estoy bien, madre — respondió aquél verdaderamente sereno. — No tienes por qué preocuparte por mí —, él besó también la mano femenina y optó por decir: — mejor cuéntame tú. ¿Qué te dice el Duque en sus cartas? — la investigó ocultando una sonrisa pícara que su progenitora intuyó.

— ¿Qué quieres que me diga? Sólo se interesa por ustedes — se hizo disimuladamente la digna, pero...

— Sí, claro... y yo soy Caperucita Roja — alguien hubo dicho con burda ironía.

— ¡Terry! —, y la bella actriz se puso así, rojita, rojita.

— Está bien. ¿entonces nada más eso? — inquirió nuevamente el guapo rebelde.

— Sí — contestó la mujer sin dejarle ese rubor en sus mejillas por la insinuación de Terrence quien finalmente comenzó a reírse con ganas de la reacción que había provocado en su madre a la cual le diría con aseveración:

— ¡Vamos, Eleanor! A mí no me engañas.

— ¡Terry, eres incorregible!

— ¿Me contarás o no?

— Está bien — acordó resignada; y le confiaría: — en su última carta me comentó que le ha solicitado el divorcio a la Duquesa y que trataría de venir en esta primavera para conocer a Kyle.

— ¿De verdad? — respondió un hijo con sardonia pura. — ¿Y tan seguro está de deshacerse de su monstruosa esposa y que antes del divorcio lo deje venir? — el castaño volvió a reír de su pesada broma.

— ¡Ay, hijo, nunca cambiarás por lo visto! — le llamaron la atención, sin embargo Eleanor se contagiaría de las risas de su unigénito y le comentaría: — pero así te prefiero mil veces no importa que hagas bromas a costa de los demás que al tener que ver tu rostro triste.

— ¿Y qué te hace pensar que estoy triste? — preguntó el castaño levantando una ceja y conforme tomaba su taza para dar un sorbo a su té.

— Porque te conozco — aseveró firmemente la mujer. — Aunque... a ver, mírame, Terry.

La actriz buscó los ojos de un bello engendro.

— ¿Qué? ¿Qué tengo? — el actor, palpándose el rostro, fingió demencia; y las suaves manos de su madre le hicieron volver su mirada hacia ella.

— ¿Hay algo qué quieres decirme?

El castaño frunció su ceño y negó con la cabeza; no obstante, la astuta dama diría todo lo contrario:

— Sí, sí hay algo. A ver, ahora cuéntame tú —, y se preparó para escucharlo.

— ¡Pero si tú no me contaste nada! — se quejó el actor devolviendo la porcelana a la mesa.

— Te dije los últimos pormenores — contestó la actriz sinvergüenza. — Ahora, ¡dime! — ordenó ella acomodando su faldón con gracia y provocando nuevamente las risas de su encantador hijo que expresaba:

— ¡Mujeres! ¡Tan curiosas que son todas!

— ¡Ya, Terrence! — Eleanor se desesperó un poco. — ¡Cuéntame!

Dejando a un lado su mofa...

— Está bien — acordó el actor; luego, tomó instantes y aire antes de confesar: — Vi a Candy.

— ¡¿QUÉ?! — exclamó fuertemente la señora Baker que hasta se levantó de su asiento por la sorpresa y hasta el mismo pequeño Kyle volteó a verla. — ¡¿Cuándo la viste?! ¡¿Dónde?! ¡¿Qué te dijo?! ¡¿Cómo está?! ¡¿Se ha casado?!

Terry estaba imparable de la risa; primero, de los nervios; pero más de la reacción de su progenitora a la que le recomendaba:

— Tranquila, madre, y siéntate, por favor.

— ¡Pero, Terrence! — la actriz le dedicó un gesto de querer saberlo todo y ya.

— Te lo diré — le afirmaron. — Anda, siéntate — le pedieron; y a la mujer no le quedó de otra más que obedecer. — La vi hoy; hace unas horas. En el restaurante que está cerca del parque. No pudimos hablar mucho. Se le ve muy bien y no, pero lo hará pronto.

— ¡No lo puedo creer! — expresó la mujer incrédula; y no tanto de las palabras dichas por su hijo que diría:

— ¿No me crees? Entonces, pregúntale a Kyle, a él hasta le dio un beso y le acarició la cabeza.

— ¿De verdad? ¿y dices qué no está casada? — cuestionó con interés la dama conforme se removía en su asiento.

— No, pero lo hará pronto. Eso fue lo que me insinuó su prometido. ¡Un tipejo de lo más inseguro! Aunque...

— ¿Qué? — volvió a insistir la dama más intrigada. — ¡Ay, Terry, ya suéltalo todo, por el amor de Dios! ¡Y deja de estarte burlando de tu madre! —, y es que el castaño no paraba de reír hasta que... — ¡Terry! — le suplicó la dama.

— Está bien. Pues nada sólo que... — suspiró nuestro actor preferido (al menos el mío y de otras más) con melancolía. — ¡Está más hermosa que nunca, madre! ¡es una mujer verdaderamente bella! Su rostro ha cambiado demasiado, ya casi no se le distinguen esas graciosas pecas que me fascinaban de ella; aunque su cabello ahora corto, se ve muy bien; de una figura esbelta... y hasta puedo decirte que la noté un poco más alta.

Los ojos de Terry se posaron en el techo blanco de la casa; luego, los comenzó a cerrar lentamente para dibujar a la nombrada en su mente.

Eleanor no lo interrumpió de su ensoñación, simplemente lo miró, sonriendo tiernamente al ver la transformación en el rostro de su hijo al simple hecho de recordar a la simpática chiquilla de Escocia; después, se escuchó un suspiro muy profundo y ella...

— Aún la amas, ¿verdad, hijo? — afirmó—preguntó la madre mientras colocaba su delgada mano sobre el rostro guapo del actor.

Cuando Terrence sintió la calidez ofrecida de su progenitora, sería honesto:

— No lo sé, madre. Ya ha pasado mucho tiempo y creo que, en cierto modo aprendí a vivir sin ella y con su solo recuerdo. Ahora, es una mujer triunfadora y eso me alegra mucho por ella.

De repente, un adjetivo calificativo por parte de su madre, se escuchaba:

— ¡Eres un orgulloso, Terrence!

— Y ahora eso ¿a qué viene? — se desconcertó el actor si los últimos años se había portado bien, según él.

— A que muchas veces tuviste la oportunidad de ir a buscarla — le reprobaron. — Tardaste demasiado tiempo en casarte con Susana. Yo me había ilusionado a que no te casarías con ella, sino que saldrías a buscar a Candy.

— Y dime, Eleanor —, la miraron con cierta arrogancia; — ¿qué te hace pensar que no lo hice?

— ¿De verdad? — ahora la desconcertada fue ella.

— Sí — afirmaron asegurándose: — y fue precisamente antes de comprometerme con Susana, pero...

NAVIDAD SIN AMORDonde viven las historias. Descúbrelo ahora