Capítulo 11.

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Antes amaba a los perros, ahora los odia más que a Dolores Umbridge y eso es mucho decir.

―Valentina. Tenemos que irnos. ―Clairo se agachó hasta mi cómodo lugar en el suelo.

―Vayan sin mi... Sálvense. ―dramaticé moviéndome como un gusano en el suelo.

―Déjale el drama a Isabella, Achaga. ―Aiden me levantó de un tirón logrando que un quejido escapara de mis labios.

―¿Estás bien Valentina? ―Lauren se acercó hasta mi con preocupación.

Sentía un punzón en la pierna, pero decidí sonreír para tranquilizarla.

―Todo perfecto Lau. ¿Ahora que hacemos? ―pregunté intentando ocultar la mueca de dolor que amenazaba con salir.

―Ni loco vuelvo a entrar con esos perros del demonio, creo que lo mejor será irnos caminando y conseguir un taxi. ―sugirió Oliver cruzándose de brazos.

―Supongo que es lo mejor, mañana ya vendremos por los autos. ―aceptó Isabella empezando a andar por el camino que guiaba a la carretera.

Yo empecé a caminar con cuidado de no lastimarme demasiado pero aun así seguía su ritmo. Cuando logramos llegar a la carretera el dolor se hacía cada vez más insoportable, pero aun así logré aguantar los gemidos de dolor.

Juliana al parecer notó como mordía fuertemente mi labio y se hizo junto a mi mientras los demás intentaban agarrar señal para llamar unos taxis.

―¿Qué te sucedió en la pierna, Achaga? ―preguntó en un susurro.

―Uno de los perros me alcanzó a morder. ―contesté de igual manera mirando su rostro sorprendido.

―¡¿Cómo se te ocurre no decirlo antes?! ¡Debes ir al hospital! ―exclamó manteniendo su tono de voz bajo.

―Lo último que necesito ahora es ir a un hospital, gracias. ―parpadee varias veces para evitar que las lágrimas de dolor se notaran.

―Me importa un bledo, Valentina. Iremos al hospital quieras o no. ―ordenó con firmeza caminando hasta mis amigos.

No logré escuchar que les decía, estaba muy ocupada intentando no empezar a gritar de dolor, pero mis amigos me miraron con preocupación y asintieron a lo que Juliana decía. Cuando el primer taxi apareció Juliana me ayudó a entrar y le indicó al taxista que nos llevara a un hospital en específico.

―¿Qué fue lo que les dijiste? ―pregunté respirando pesadamente.

―Les dije que me había llegado un mensaje de mis padres en el que me decían que estaban a punto de iniciar una búsqueda por ellos y que debían irse. Después los convencí de que te cuidaría en el hospital. ―respondió mirando por la ventanilla.

Llegamos al hospital y Juliana fue quien pagó, segundos después me ayudó a bajar del taxi dejándome su cuerpo como apoyo. Un enfermero trajo una silla de ruedas y me ayudó a entrar al enorme hospital, Juliana habló unos minutos en la recepción y después me llevaron a una habitación.

No puedo explicar qué demonios me hicieron, pero sentí como me aplicaban esas odiosas inyecciones las cuales detestaba con mi alma, después desinfectaban y finalmente me dejaron libre.

―¿Sabes qué eres una llorona? ―Juliana entró a la habitación y sonrió con burla.

―Te apuesto a que llorarías peor que yo si te clavaran esas cosas del demonio en la pierna. ―devolví soltando un profundo suspiro.

―¿Te encuentras mejor?

―Todo gracias a ti.

Le sonreí y ella hizo lo mismo hasta que un bostezo rompió el contacto visual.

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