Magnus
Pasaron exactamente veinte minutos desde que llegué a la casa de mi abuela, donde se celebraba el cumpleaños de mi hermana Violet. Veinte minutos en los que estuve sentado en el auto, con el motor apagado, mirando sin ver el parabrisas mientras intentaba reunir el ánimo para bajar. El paquete de regalo, de un rosa chillón, descansaba en el asiento del copiloto, como un recordatorio molesto de que tenía que hacerlo.
Solté un suspiro y apoyé la cabeza contra el respaldo, girando la vista hacia la izquierda. Allí estaba el auto de Mark. El novio de mi madre. O mejor dicho, su esposo. Nunca tuve nada en su contra, pero tampoco sentí la necesidad de forjar una relación con él. Nos mantuvimos en esa línea de indiferencia cómoda: cuando me recogía del colegio, los viajes transcurrían en un silencio interrumpido solo por preguntas superficiales. Nunca nos esforzamos demasiado.
El clima era indulgente. A pesar del frío de enero, la nieve no había caído con tanta intensidad como otras veces. Miré la hora en el celular. Si no quería llegar escandalosamente tarde, debía moverme ya. Prometí a mis hermanas que estaría aquí. Pasé una mano por mi rostro en un intento de despejarme y tomé la caja de regalo antes de abrir la puerta y bajar.
Cuando pasé junto a la parte trasera del auto de Mark, no pude evitar notar la calcomanía en el vidrio: esas típicas figuras de familia feliz. Padre, madre, dos niños. Cuatro integrantes.
Qué bueno que me tengan en cuenta.
Dejé escapar una risa amarga antes de seguir avanzando. El sueño empezaba a pesarme. Me había levantado temprano para ensayar con los chicos, aunque, siendo honestos, el ensayo había sido solo la mitad del tiempo. La otra mitad la pasamos tonteando, discutiendo sobre un riff, burlándonos de la última estupidez de Magnus—o sea, mía—y divagando sobre la fiesta de Año Nuevo que Magnus—de nuevo, yo—tenía que organizar. Cuando mencioné que tenía que ir al cumpleaños de Violet, se ofrecieron a acompañarme.
En fin, lamento profundamente haber dicho que no.
Agarré el picaporte de la puerta y lo giré, dejando que la calidez del interior me envolviera. No bien puse un pie dentro, uno de los perros de Dorothea me saltó encima en señal de bienvenida. Sostuve el paquete bajo un brazo y, con la otra mano, le revolví el pelaje. El ruido dentro de la casa era ensordecedor. Niños corriendo por todos lados, música a todo volumen, el sonido de platos y vasos chocando desde la cocina. Me tomó un segundo encontrar estabilidad en el caos.
Algunos de los amigos de Violet me miraron y susurraron entre ellos. Seguramente ya me reconocieron.
—¿Eres Magnus Wilminton?—preguntaron unas niñas con los ojos muy abiertos.—¿El baterista de Midas King?
—No, de hecho trabajo en Walmart.—contesté con una sonrisa socarrona. Las niñas se miraron entre sí, confundidas, y yo aproveché para seguir.—¿Dónde está Violet?
—Está en el comedor, hablando con su mamá.
Les sonreí en agradecimiento mientras avanzaba por la casa. Había globos de colores atados a las sillas y guirnaldas colgando del techo. El aroma a pastel recién horneado flotaba en el aire, mezclado con el leve perfume de vainilla que usaba mi madre. A pesar de la decoración festiva, yo sentía el ambiente cargado de algo más: la tensión silenciosa que siempre aparecía cuando estaba en casa.
Al llegar al comedor, me detuve antes de entrar por completo.
Violet estaba de espaldas, con los puños cerrados junto a su cuerpo mientras discutía con mamá y Marcus. Dorothea permanecía junto a Ellie observando la escena en silencio, claramente incómoda por la tensión que llenaba la habitación.
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(No) Voy A Enamorarme De Magnus Willminton [Midas King #2]
RomansaZoe nunca ha sido de las que se enamoran fácil, y menos de tipos como Magnus Willmington: mujeriego, imprudente y con una reputación que haría temblar a cualquier padre sobreprotector. Pero el destino (y un grupo de amigos en común) parecen empeñado...
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