1947.
La carta a su nombre y de dudosa procedencia arribó en su vida al mismo tiempo que lo hizo la desgracia.
A sus veinte años James Reagan no deseaba nada más allá de lo que cualquier ser humano podría querer alguna vez: seguridad y est...
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Nuestro grupo fue el primero en subir.
El viaje en la avioneta fue más breve de lo que esperaba y arribamos al aeropuerto de Anchorage en poco menos de una hora.
La avioneta de Denis era pequeña y con una capacidad de pasajeros reducida; si se tenía en cuenta al piloto, solo era capaz de llevar cuatro en total. Naturalmente, viajé con Aleu. El tercer asiento fue ocupado por Joe, quien guardó silencio durante todo el trayecto. Me pareció curioso, dada su naturaleza. Pero asumí que su falta de voz se debía también a Aleu, que se quedó dormida ni bien despegamos.Ella parecía ser la única capaz de seguirle la corriente. O a lo mejor, solo estaba desanimado al no poder viajar con Tony.
Antes de aterrizar en el aeropuerto Merrill Field, el piloto intercambió un par de palabras con alguien de la torre de control. Cuando lo oí, me enderece un poco.
—¿Los de la torre de control saben lo que está pasando? —pregunté a través de los cascos de comunicación. Mi voz se oyó distante y graciosa.
—¿Saber? —rió él —. No. No es necesario. Son amigos, y los amigos no hacen preguntas sobre mis asuntos.
No volví a insistir. Cuando bajamos de la avioneta, lo único que nos recibió fue una ventisca helada que cortó nuestra piel igual que cuchillas. Merriel Field era enorme. El aeropuerto que había a la lejanía, cruzando todas las pistas y hangares, brillaba en mitad de la noche más oscura como una isla donde las multitudes aguardaban sus vuelos.
Un mundo enteramente diferente al nuestro.
—¡Por aquí, por aquí! —bramó Denis, guiándonos hasta uno de los hangares.
No pude evitar la sensación de inquietud que se generó bajo mi piel. Un escozor ya familiar. ¿Habrían otros pilotos dentro? ¿Y si alguien nos veía?
Aleu me distrajo de mis pensamientos ansiosos con su voz. Me había convencido de cargarla hasta el interior.
—Una vez visité Anchorage —susurró sobre mi oído—. Con mi mamá.
Entrecerré los ojos cuando el viento volvió a arañarme. Me puse a pensar que en realidad, sabía muy poco de la madre de Aleu. Ella solía hablar con mucho más cariño de la ama de llaves, Kireama. Su madre era alguien que hasta entonces había evitado.
—¿Por qué?
—Me enfermé —dijo—. Me puse muy grave y mamá me llevó. Fue en verano y no había nieve, así que nos llevaron en auto hasta el aeropuerto más cercano y me trasladaron a ver a unos doctores especiales. Me dejaron dormir ahí varios días. Me puse tan mal que hice llorar a mamá. Nunca la había visto llorar.
—Seguro estaba preocupada.
Oí a Aleu suspirar larga y tendidamente.
—No creo que yo le agradara mucho —murmuró con una nota de resentimiento en su voz—, pero ella tampoco me agrada mucho a mí. Siempre me gritaba —farfulló—, pero creo que a los adultos les gusta gritar mucho. Larry el cocinero gritaba mucho también, y mi profesor de Historia, y el de Música, y el profesor de Literatura, y...