1947.
La carta a su nombre y de dudosa procedencia arribó en su vida al mismo tiempo que lo hizo la desgracia.
A sus veinte años James Reagan no deseaba nada más allá de lo que cualquier ser humano podría querer alguna vez: seguridad y est...
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El techo sobre nosotros volvió a temblar. Una pequeña araña se deslizó desde arriba hasta la hoja desplegada entre mis manos, así que me incliné y la soplé lejos.
La niña estaba sobre nuestras cabezas otra vez. Saltaba por el piso superior al ritmo de una fastidiosa canción infantil que sonaba desde un gramófono. Alcancé a escuchar a Harold refunfuñar al respecto.
Parpadeé entre la penumbra y pasé una mano por mi cara tratando de despabilar mis sentidos. Luego guardé la carta entre mis pertenencias y asomé la cabeza desde atrás de el viejo librero para verlo mejor. Harold estaba sentado debajo de las escaleras del sótano, cruzado de brazos y con sus ojos obstinados en el suelo. Su mal humor era palpable, pero no una sorpresa; todos ahí sabíamos que había olvidado su petaca de ginebra en casa y eso lo tenía más cascarrabias de lo usual.
Por lo que sí, nos encontrábamos encerrados en un sótano frío y sucio con un Harold Finnegan sin alcohol, y una niña molesta pisoteando nuestras cabezas.
Ciertamente no era el refugio que esperaba. Harold dijo que le habría gustado algo más alejado, y aunque la casa Blair sí estaba a una distancia considerable del pueblo, no era el lugar más discreto que podríamos encontrar. Kireama nos explicó qué era lo único que podía ofrecer en ese momento, porque la ubicación de los niños debía ser, ante todo, un secreto.
—Creo que les alegrará saber que esta casa alguna vez fue un escondite para los metamorfos que huyeron durante la revolución en Rusia —Nos dijo mientras, a escondidas, nos permitía ingresar a la casa por la puerta trasera de la casa—. La señora Blair me lo contó una vez; en esta casa se escondieron miembros de la realeza rusa.
—Los Romanov murieron como perros —escupió Harold con el ceño fruncido—, igual que todos sus seguidores.
Kireama no respondió. Ella se limitó a abrir la puerta del pequeño armario que había en el pasillo junto a la cocina. El sótano era considerablemente espacioso, pero parecía pequeño entre tantos objetos acumulados. Había cuadros con lienzos arruinados por la humedad, fotos de antiguos familiares que alguna vez portaron el apellido Blair, vajillas de porcelana cubiertas por una gruesa capa de polvo, baúles y roperos atestados de ropa apolillada, y cajones rebosantes de joyas; no sabría deducir si eran de valor o tan solo una fachada. Lo único que podía decir con seguridad, era que todo aquello era parte de un pasado, un pasado que la familia parecía querer mantener enterrado entre arañas y suciedad.
—La señora Blair usualmente pasa su día entero en su estudio, y su hija en las lecciones. Aunque hoy se ha sentido enferma por lo que la he enviado a la cama. Así que no tiene que preocuparse por ellas mientras no hagan ruido.
La advertencia había sido clara y todos nos comprometimos a acatarla. Lo que Kireama no nos advirtió fue el ruido al que la niña nos sometería en consecuencia. Al parecer, se resistía a quedarse en la cama.