Capítulo siete

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Alrededor de cuatro horas después llegamos a lo que parecía un pueblo fantasma

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Alrededor de cuatro horas después llegamos a lo que parecía un pueblo fantasma.

El lugar apenas lograba ser un recuerdo, igual de pequeño que una mota de polvo que cae sobre la blanca e infinita superficie. Conté al menos siete casas en total; la mayoría eran ruinas que cedían ante el lamento de la ventisca. Y entre todas ellas, solo una resistía. De ella sobresalía una torre maltrecha —de seguro que un conducto de una estufa a leña— que humeaba.

Aleu dormitaba en mi espalda y Elena lideraba la delantera. Llevaba una hora dormida, así que la sacudí para poder despertarla. Ella murmuró algo y se hizo bolita tanto como pudo.

—Ya estamos llegando —expliqué volviendo a darle un sacudón—, y si no te despiertas te tiraré a la nieve.

—¡Estoy cansada! —pataleó ella.

—Yo también —aseguré para luego soltarla—. Descansaremos ni bien lleguemos.

La figura de Aleu desapareció en un pozo de nieve, pero ella volvió a aflorar un segundo después. Tenía el ceño fruncido y una ira palpable.

—¡Eres una persona detestable! —Y se levantó con movimientos aparatosos, no sin cierta dificultad.

—Pobre de ti —murmuré con cansancio, estirando mis brazos sobre mi cabeza—. De todos modos, no es bueno que estuvieras tan quieta por tanto tiempo, mucho menos con este frío. Te he hecho un favor.

Entonces la tomé de la mano y la obligué a seguir caminando, pero ella se soltó, me sacó la lengua, y empezó a aflojarse las capas de ropa que la cubrían. Se quitó las botas con enfado y, cuando la ropa le quedó suelta, ella se transformó.

Observé aquél cachorro deslizarse lejos de las prendas y echar a andar sobre la nieve con mucha más facilidad con la que la niña podría haberse movido.

La miré tomar la delantera con el ceño fruncido, y me apresuré a juntar la ropa abandonada. Cuando me enderecé, me di cuenta de que la leona, Elena, me miraba.

—¿Qué? —pregunté, levantando una ceja.

Entonces me di cuenta de la forma en la que los músculos debajo de su piel se estremecían con violencia.

—Tengo más ropa abrigada —Me di la vuelta, tomando la correa de mi bolso para ponerlo delante de mí—. Probablemente sientas más frío que cualquiera...

Pero Elena parpadeó, se dio la media vuelta y continuó caminando. Al mismo tiempo, Aleu pasó corriendo entre sus patas como un rayo, y ella chasqueó los dientes en su dirección, emitiendo un ronroneo juguetón.

Hundí los hombros con un suspiro y me obligué a seguirlas.

A medida de que nos fuimos acercando más y más a la casa, me di cuenta de que tendría que convencerlos para que me llevaran hasta la frontera de Alaska. Sabía que tendría que hacerlo eventualmente, pero ahora que estábamos a solo pasos de nuestro destino, dudé.

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