1947.
La carta a su nombre y de dudosa procedencia arribó en su vida al mismo tiempo que lo hizo la desgracia.
A sus veinte años James Reagan no deseaba nada más allá de lo que cualquier ser humano podría querer alguna vez: seguridad y est...
Hago una pequeña intervención antes de que se aventuren a leer el siguiente capítulo. A lo largo de este, van a poder encontrar: violencia física, agresión, referencia a abusos y lenguaje discriminatorio.
Por favor, lean con cautela.
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El rumor del motor de la avioneta de Denis nos llegó amortiguado. El último grupo estaba aquí. Elena y Samuel.
Dejé de rasquetear el reloj en mi bolsillo y me levanté del suelo. El resto me imitó y Aleu se prendió de mi mano.
Sin embargo, ahora también teníamos que esperar a John, quien ignorando cualquier regla que el piloto hubiese impuesto, se marchó para tratar de buscar el vehículo que nos llevaría por la carretera. Tony lo acompañó en caso de que hubiese algún percance, pues al parecer, sabía apañárselas con cualquier tipo de vehículo motorizado. En el cuarto, solo quedamos un puñado de niños no mayores de trece años, Martha, y yo.
Afuera, el motor de la avioneta se apagó. El silencio se instaló entre nosotros igual que un monstruo que acecha.
Los más pequeños se miraron entre sí, ansiosos. Joe tenía los ojos clavados en la puerta, como si pudiera ver a través de ella. A su lado, Martha se alisó la falda de lana que llevaba puesta.
Nosotros esperamos.
Y esperamos.
Y esperamos.
Los segundos se convirtieron rápidamente en minutos, pero ni el piloto, Samuel o Elena aparecieron.
—¿Por qué tardan tanto? —susurró Aleu.
Fui honesto.
—No lo sé.
Cuando el tiempo se volvió absurdo, Martha descruzó los brazos y meneó la cabeza en un gesto determinado.
—Esto es ridículo —dijo, ya dando un paso hacia la puerta. Sin embargo, para nuestra sorpresa, Joe le ganó de mano: el niño atravesó el cuarto con ligereza y se estrelló contra la puerta.
Martha corrió tras él, pisandole los talones. Yo también me lancé tras ellos, oyendo el rumor de los pasos del resto de niños detrás de mí.
Afuera, no vi ni a Denis o Elena. No. En su lugar, quien nos esperaba era Samuel: de pie, congelado y con las manos entrelazadas frente a él. Joe se arrodilló sobre el niño y lo tomó por los hombros.