1947.
La carta a su nombre y de dudosa procedencia arribó en su vida al mismo tiempo que lo hizo la desgracia.
A sus veinte años James Reagan no deseaba nada más allá de lo que cualquier ser humano podría querer alguna vez: seguridad y est...
Breve interrupción antes de que puedan iniciar la lectura, y es que quería dejarles algunas canciones (si son como yo y les gusta leer con música) que utilicé para escribir este último capítulo.
Aclaro por las dudas de que ninguno de los temas a continuación tienen un orden fijo con la lectura ni nada, ustedes pueden escucharlas en el orden que les plazca.
Gilded Lily — Cults
Introduction to Snow — Miracle Musical
We'll Meet Again — Vera Lynn
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Recuerdo la noche que Jane murió perfectamente. De inicio a fin. Lo recuerdo todo, hasta el momento en el que Raymond Pierce y su grupo me abandonó durante la mañana siguiente. Más de los días que siguieron de esa noche, no tanto.
El mundo se sentía borroso y difícil, y el hambre llevaba días en mi estómago. Todavía tenía presente el dolor dentro de mi pecho, un agujero de angustia que crecía y crecía hasta volverse mucho más grande que yo. Una angustia que me enfermaba y que, por los días que siguieron, borraron el hambre, la sed, el tiempo y el frío.
En ese entonces, creí que era más fácil quedarme en el mismo lugar en el que Raymond Pierce me había dejado. Estaba convencido de que él volvería y me mataría si no me hallaba. Después de todo, me lo prometió. Me prometió que volvería por mí.
Pero él no me encontró, y cuando eventualmente pude darme cuenta de que no regresaría próximamente, yo ya había perdido la capacidad de moverme.
Inhalé todo el aire que pude y miré a Elena, a Bash y a Sam.
—Debo... Debo encontrarla.
—James.
Me limpié el sudor de la cara con un manotazo. La voz que me llamó era de Elena, pero no le hice caso. Me encaminé a la salida. Aleu no podría haber ido muy lejos, ¿verdad? Puede que ella se hubiera escondido, o que estuviera vagando por los alrededores. O tal vez realmente Dios había decidido que mi destino tenía que ser ese: perder estúpidamente a gente que me importaba en la nieve.
Pero eso era cruel incluso para alguien como él.
Y de cualquier forma, yo no pensaba aceptar ese destino. No iba a ponérselo tan fácil. Aleu no tenía la culpa de que nuestros caminos se hubieran cruzado, y la verdad es que yo le debía una vida entera que por mi culpa había perdido.
Obligué a mis pies a moverse e intenté arremeter contra la puerta, sin embargo Elena emergió desde la nada misma y se plantó justo frente a mí.
—No sé qué es lo que pretendes hacer, pero no te dejaré —aseveró mientras me sujetaba. De pronto Bash también estaba sobre mí, agarrandome por el otro brazo—. Así que respira.