Capítulo diecisiete

421 30 184
                                        


Breve interrupción antes de que puedan iniciar la lectura, y es que quería dejarles algunas canciones (si son como yo y les gusta leer con música) que utilicé para escribir este último capítulo.

Aclaro por las dudas de que ninguno de los temas a continuación tienen un orden fijo con la lectura ni nada, ustedes pueden escucharlas en el orden que les plazca.


Gilded Lily — Cults

Introduction to Snow — Miracle Musical

We'll Meet Again — Vera Lynn






-ˋˏ ༻ 17 ༺ ˎˊ-

-ˋˏ ༻ 17 ༺ ˎˊ-

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.


Recuerdo la noche que Jane murió perfectamente. De inicio a fin. Lo recuerdo todo, hasta el momento en el que Raymond Pierce y su grupo me abandonó durante la mañana siguiente. Más de los días que siguieron de esa noche, no tanto.

El mundo se sentía borroso y difícil, y el hambre llevaba días en mi estómago. Todavía tenía presente el dolor dentro de mi pecho, un agujero de angustia que crecía y crecía hasta volverse mucho más grande que yo. Una angustia que me enfermaba y que, por los días que siguieron, borraron el hambre, la sed, el tiempo y el frío.

En ese entonces, creí que era más fácil quedarme en el mismo lugar en el que Raymond Pierce me había dejado. Estaba convencido de que él volvería y me mataría si no me hallaba. Después de todo, me lo prometió. Me prometió que volvería por mí.

Pero él no me encontró, y cuando eventualmente pude darme cuenta de que no regresaría próximamente, yo ya había perdido la capacidad de moverme.

Inhalé todo el aire que pude y miré a Elena, a Bash y a Sam.

—Debo... Debo encontrarla.

—James.

Me limpié el sudor de la cara con un manotazo. La voz que me llamó era de Elena, pero no le hice caso. Me encaminé a la salida. Aleu no podría haber ido muy lejos, ¿verdad? Puede que ella se hubiera escondido, o que estuviera vagando por los alrededores. O tal vez realmente Dios había decidido que mi destino tenía que ser ese: perder estúpidamente a gente que me importaba en la nieve.

Pero eso era cruel incluso para alguien como él.

Y de cualquier forma, yo no pensaba aceptar ese destino. No iba a ponérselo tan fácil. Aleu no tenía la culpa de que nuestros caminos se hubieran cruzado, y la verdad es que yo le debía una vida entera que por mi culpa había perdido.

Obligué a mis pies a moverse e intenté arremeter contra la puerta, sin embargo Elena emergió desde la nada misma y se plantó justo frente a mí.

—No sé qué es lo que pretendes hacer, pero no te dejaré —aseveró mientras me sujetaba. De pronto Bash también estaba sobre mí, agarrandome por el otro brazo—. Así que respira.

Corona de OroDonde viven las historias. Descúbrelo ahora