1947.
La carta a su nombre y de dudosa procedencia arribó en su vida al mismo tiempo que lo hizo la desgracia.
A sus veinte años James Reagan no deseaba nada más allá de lo que cualquier ser humano podría querer alguna vez: seguridad y est...
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La nevada de esa fatídica noche nos dio cierta ventaja.
Obligué a la yegua a montar la tormenta y nos sumergimos en su interior con la esperanza de no ser encontrados. La noche nos abrazó en nuestro apurado camino al alba, y entonces, antes de que pudiera darme cuenta, el concepto del tiempo se esfumó a mi alrededor. Las horas pasaron en un parpadeo y cuando levanté la mirada, el sol ya nacía del horizonte en otro día.
No nos siguieron. El ajetreo fue tal que de seguro tardarían en notar que se les escapó un par.
De forma muy retorcida, tuvimos mucha suerte.
La niña no luchaba contra mí, solo lloraba. Pero, cuando la tormenta se detuvo, ella también.
Descendimos por el bosque hasta detenernos en las orillas del amplio lago Eyak, firmemente congelado. Oteé la zona con los ojos entrecerrados, notando como poco a poco las montañas y la nieve comenzaban a relucir como miles de estrellas alegres besadas por el sol.
Inhalé hondo, percibiendo lágrimas pegadas a mi cara entumecida.
La niña asomó la cabeza también para poder ver lo mismo que yo. Sus ojos verdes brillaban por las mismas lágrimas. Temblaba como una hoja, ya fuera por frío o miedo. Me imaginé que sería por las dos.
En otro momento, me habría compadecido de ella, pero no podía olvidar que, si Harold, Donna y Walter estaban muertos, todo se debía a ella.
Me bajé del animal sin soltar las riendas. Tomé una respiración profunda. Mis piernas temblaban. La imagen de Harold vino a mi mente. Las lágrimas picaron. Volví a inhalar. Exhalé. Cuando miré arriba, Aleu todavía me miraba, pero no realmente. Estaba ida. En shock, tal vez.
Me enderecé y la tomé por las axilas dejándola en el suelo, sosteniéndola de la mano con la fuerza suficiente para que no se le ocurriera salir corriendo.
Luego levanté la mano que me quedaba libre y golpeé a la yegua. Esta trotó lejos de nosotros ante mi señal. Aleu la miró alejarse por el lago congelado como si viese a su única amiga en el mundo abandonarla a la intemperie.
Ella tiró lejos de mí, tratando de seguir al animal y yo consideré, tan solo por unos segundos, tratar de hablar con ella. Sin embargo, cuando abrí la boca nada salió de ella. Así que, masticando los sentimientos amargos, opté por caminar.
Aleu gritó y me golpeó en el brazo, pero apenas pude sentir la fuerza del impacto. La obligué a seguir por la extensa orilla del lago, lejos del caballo y en dirección contraria al pueblo.
Salvé su vida. Yo la salvé y ella arruinó la mía. No tenía derecho a enojarse, a golpearme. Era yo quien debía gritar. Era yo quien debía patalear. Pero cuando eres adulto, las cosas funcionan diferente. No puedo permitirme ser irracional, no ahora. Aún así, eso no me impidió odiarla en secreto