1947.
La carta a su nombre y de dudosa procedencia arribó en su vida al mismo tiempo que lo hizo la desgracia.
A sus veinte años James Reagan no deseaba nada más allá de lo que cualquier ser humano podría querer alguna vez: seguridad y est...
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
Los muertos tienden a regresar a nosotros en formas de lo más extrañas. Jane regresó a mí, a casi quince años de su muerte, en la forma de una carta.
—¿Quién puede ser el autor de algo tan enfermizo como esto? —Harold Finnegan soltó la carta sobre la mesa de trabajo como si ésta le hubiese quemado la mano.
Le dediqué una mirada insegura.
—No lo sé.
Era algo con lo que me llevaba devanando los sesos desde la noche anterior, cuando a la señora Milton le pareció correcto entregármela.
Ella era una mujer amable que siempre buscaba el bien común de las personas a su alrededor; no podía imaginarla haciéndose pasar por mi hermana fallecida en una carta. No tenía ningún sentido.
—La señora Milton dijo que esa carta llegó a su domicilio cuatro años atrás. —Observé mis pies un momento. Mis botas estaban llenas de lodo y nieve que empezaba a derretirse—. Dudo mucho que me estuviera mintiendo.
Harold carraspeó.
—¿De verdad confías en ella?
—Nos alquiló un cuarto una vez, cuando yo era niño —dije y me encogí de hombros—. Siempre fue buena con nosotros. Te dije que estuve aquí una vez.
—Sí, lo sé.
La señora Milton, además de alquilarme un cuarto, también era una antigua conocida de mi madre que, por un tiempo breve, nos dio asilo a mí y mi hermana cuando eramos niños.
Cuando mamá y papá murieron, fue Jane quien se empecinó por tratar de aferrarse a una vida normal. En consecuencia, nos arrastró por varios estados; tocamos la puerta de cada conocido y familiar lejano que hallamos. Algunos nos permitieron quedarnos, y otros, más inteligentes, nos estrellaron la puerta en la cara.
Por lo general Jane solía esforzarse por inventar excusas. Excusas buenas, creíbles. Pero eso no garantizaba una estadía permanente, como mucho, solo nos permitían un par de semanas de paz. Para el momento en el que la gente empezaba a sospechar, sabíamos que era hora de marcharnos.