Capítulo quince

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—Es casi poético si lo piensas —dijo Sebastian más tarde, mientras avanzábamos por el linde del bosque

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—Es casi poético si lo piensas —dijo Sebastian más tarde, mientras avanzábamos por el linde del bosque.

—¿Qué cosa?

—Tú y lo que va prendido de tu mano izquierda —Aleu se inclinó más cerca de mí y miró a Sebastian con los ojos entrecerrados—. Debería haberlo imaginado.

—No es algo que planee.

—Esa es la magia de los niños, James —murmuró con una media sonrisa socarrona—, ellos jamás están en los planes de nadie.

Me burlé.

—¿Piensas en mí a menudo?

—Creí que habías muerto —explicó en seguida.

—Yo también te creí muerto —confesé sin remordimientos.

—No iba a dejar que me atraparan —declaró—. De cualquier forma, eso fue hace mucho tiempo.

—Quince años —murmuré.

—¿Eh?

—Pasaron quince años —dije, en voz un poco más alta—. Solo eramos niños. Las probabilidades de encontrarnos eran...

—Más de las que te imaginabas, al parecer. De cualquier forma, ¿dónde estuviste todo este tiempo?

—En todos lados —me encogí de hombros—. ¿Y tú?

—En todos lados también —dejó entrever una sonrisa de labios presionados—. ¿Qué hay sobre Jane? Siempre imaginé que estarías a su lado, adherido a sus costillas.

Inhalé con fuerza y fruncí el ceño.

—¿Quién es Jane? —preguntó Aleu de pronto, recordándome que ella seguía ahí y podía escucharlo todo.

—Nadie —la palabra salió de mi boca antes de poder procesarla adecuadamente.

Él me miró de reojo, intrigado. Parecía tentado a acotar algo, pero al final optó por un silencio mucho más sabio.

El nombre de mi hermana tenía en mí el mismo efecto que la sacudida de un látigo. De pronto la carta que llevaba guardada meticulosamente en el morral comenzó a pesar y a tratar de hundirme en la nieve en consecuencia. No había pasado mucho desde que la señora Milton me la entregó, apenas una semana y media. Pero desde el incidente en la casa Blair, los días corrían igual que años. En ese entonces traté de seguir el consejo que Harold me dio y no pensar en ello más de lo necesario. Pero ahora me era difícil ignorar la carta y no asociarla de inmediato a Sebastian. Después de todo, era el único que sabía sobre Jane. Y Sebastian, igual que ella, tendía a llamarme Jamie, pero no de forma familiar sino como una cruel burla.

De niños, era la única forma en la que podía hacerme enojar de verdad, y eso le encantaba.

A pesar de ello, por un segundo, me permití navegar a través de la incertidumbre. A lo mejor él había enviado la carta. Parecía coherente, hasta que no lo era. Dijo que no sabía que yo estaba vivo. Y no existía forma de que supiera algo sobre la señora Milton; al menos no recuerdo haberle dicho.

Corona de OroHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora