Capítulo dieciocho

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La nieve empezó a derretirse en las montañas cuando Aleu dijo:

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La nieve empezó a derretirse en las montañas cuando Aleu dijo:

—La temporada de flores está llegando.

Miré el cielo teñido de rosa por el sol que apenas se asomaba. El rocío matutino caía y dejaba mi cabello húmedo y desagradable.

Con el paso de las semanas, la nieve cedió ante las nuevas temperaturas y ahora el bosque empezaba a lucir verde y más vivo que nunca.

—Me gusta la primavera —continuó Aleu en voz baja, pues a nuestro alrededor, el resto aún dormía. Los cuerpos se amontonaban, buscando el calor de unas brasas que habían menguado durante la noche. Ella y yo éramos los únicos levantados—. Es mi época favorita. En mi casa, bajando la colina, había un prado que se llenaba de millones y millones de flores de todos los colores posibles. Mi abuela Kireama me llevaba a pasar las tardes ahí. Poníamos una manta y llevábamos una cesta llena de galletas de chocolate, sándwiches y budín de limón.

—Suena agradable —admití.

Ella me miró de reojo y sonrió.

—A mi mamá también le gustaba mucho la primavera —asintió, luciendo orgullosa, como si el hecho de compartir algo con su madre fuera digno de admiración—. Mandaba a abrir cada ventana y cada cortina. Y le gustaba tomar el té. Pedía que nos lo preparasen afuera, en el porche. Té y tartas de limón. A mamá no le importaba si las manos me quedaban pegajosas por comer solo el relleno. ¡Ah! Y después, me pedía que tocara el piano.

—¿Sabes tocar el piano?

Ella hizo una mueca indecisa.

—Más o menos. No me gustaba mucho, pero a mamá sí.

Ella suspiró, como si el recuerdo del piano fuera especialmente desagradable. Entonces se levantó y miró mi cuello con interés.

—¿Te duele?

Era algo que preguntaba casi siempre. Las heridas parecían llamarle la atención. De hecho, solía acercarse a Tony también, buscando un vistazo de las cicatrices.

—No. Ya no.

—Me alegra que no hayas muerto —dijo.

Resoplé.

—Claro.

Me levanté de mi sitio con movimientos cautelosos. No deseaba molestar a nadie, las cosas ya estaban bastante tensas como para continuar alargando la lista. Joe y Tony no confiaban en mí. Creían que lo que pasó en Tok semanas atrás era mi culpa, y en parte tenían razón, pero no iba a ser yo quien les otorgara esa certeza abiertamente.

Elena era el puente inestable entre ellos y yo. Fue de las primeras en saber mi secreto. Pero Bash, contra todo pronóstico, reservaba su opinión al respecto y mantenía distancia del tema. A pesar de esto, lo atrapé varias veces mirándome con atención, como si yo no fuese otra cosa más que un acertijo que, pacientemente, buscaba resolver. Me ponía los pelos de punta cada vez que lo hacía, pero no me atreví a confrontarlo.

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