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—Qué suerte tienes. Mientras tu usas ese vestido, yo tengo que estar con esta camisa de fuerza.

Me reí. Era verdad, la camisa estaba muy apretada. Se ajustaba a su cuerpo. De hecho, pude notar lo fuerte que eran sus brazos.

—Pero no te queda mal. El glamour cuesta, ¿no?

Mi papá hablaba con Lauren, diciéndole que la lasaña le había quedado deliciosa, cosa que era muy cierta. Aidan estaba nervioso. Movía constantemente la pierna debajo de la mesa.

Estaba algo confundida. Astrid me había dicho que sólo iban a pasar el rato y esto era una cena formal.

—Aidan, ¿cuándo va a venir Astrid?

—Dice que está a unos minutos.

Asentí.

—¿Cómo te sientes al saber que tal vez tienes una cuñada, hermanito? —dijé, graciosa, a Ryan.

—Sorprendido. Pensaba que Aidan tendría novia hasta los 20.

—Qué ma...

Un toqué en la puerta.

—Yo abro —dijo mi papá.

Caminó hasta la puerta y todos los seguíamos con la mirada, hasta Ryan que parecía el más desinteresado. Mirábamos la puerta como si de ella fuera a entrar un asesino.

—Hola.

—Hola —dijeron todos, menos yo.

Astrid traía un vestido lindisimo. Estaba muy bella. Me sentía mal vestida.

—Hola, ___.

—Hola, Astrid.

Todo el mundo aprovechó para platicar. Después mi papá y yo fuimos a servir la comida.

—Jamás me imaginé que vería a Astrid entrar por esa puerta. Esto me hace darme cuenta que ustedes ya no son unas niñas.

—Qué raro, ¿no? Supongo que ahora Astrid es como mi cuñada —saqué los platos y comencé a servir—. Todos somos impredecibles.

—Así es.

Nos pusimos al día y terminamos de servir. A Aidan se le cocinó un platillo diferente, ya que era vegano.

—¡Traemos Coca Cola!

—Si antes me caían bien, ahora los amo —dijo Aidan y todos nos reímos.

Nos sentamos en nuestros respectivos lugares. A un lado tenía a Ryan y al otro a Astrid.

—Parece que todos conocían a Astrid menos yo —comentó Lauren, divertida.

Y todos comenzamos a comer.

[...]

La cena estuvo animada; Ryan contó anécdotas, donde Aidan salía avergonzado. Lo mejor de todo es que Lauren contaba su perspectiva de la historia y todos nos moríamos de risa.

Estaba muy llena, había bebido tanta gaseosa que me daban ganas de eructar. Gracias a eso, me tuve que salir  afuera.

—Necesitamos hablar.

—Eso creo —respondí. Me balanceaba en el columpio del jardín. Ella se sentó en el otro, quedando a mi lado.

—Ya entendí por qué estás enojada. Lo analicé y me di cuenta que... Sí, que me olvidé de ti. Y peor, fue por estar con un chico.

La miré.

—Perdón. Además de eso, tengo una pregunta. No lo sé, tal vez no es así, pero ¿te molesta que esté saliendo con Aidan?

¿Me molestaba? No lo sabía.

—No, ese no es problema. Lo único que se me hace raro es lo rápido que está sucediendo. Es un poco apresurado.

—Lo sé, pero es mejor. Es más serio.

—Bien.

—Perdón —me dijó Astrid. Ella era de esas personas que no les costaba nada reconocer que estaban mal y disculparse.

—Perdóname a mí también. Exageré la situación y no tenía que ponerme mala, porque no es mi problema si salen o no.

Intuí que la situación ameritaba un abrazo y seguí mi instinto. Ella me abrió los brazos sin rencor.

—Abrazo de oso —y el tonto de Ryan se nos unió. Literalmente sostenía nuestras cabezas, porque era más alto.

—¿Escuchaste la platica?

—Eso no importa, ___.

Le di una pequeña palmada en el brazo.

—Chismoso —le dije y nos comenzamos a alejar de Astrid. Él me puso un brazo encima del hombro y yo hice lo mismo.

—Me dolió. Eres una maltratadora.

—Ay, ajá. Por brazo tienes un gran pedazo de carne. Ni te inmutaste.

—¿Me estuviste mirando, eh? —insinuó — Comenzaré a usar más este estilo de ropa.

Entramos a la casa.

Los gemelos GallagherDonde viven las historias. Descúbrelo ahora