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Al entrar, el maestro

—Buenas tardes —nos señaló, burlesco.

Aidan y Ryan estaban confundidos, como si procesarán la situación.

Cuando traté de sentarme junto a Astrid, el profesor nos hizo una mueca que no me gustó en lo absoluto.

—No las quiero cerca... Por lo menos en mi clase.

Mi amiga se levantó y se sentó en la parte de atrás. Justo al lado de Aidan. Al contrario, no había notado que Ryan seguía de pie.

—Y usted siéntese con ___.

Ryan obedeció.

La clase empezó. No estaba prestando mucha atención, porque el maestro estaba diciendo cosas básicas, que realmente no pertenecían a ninguna materia.

Repiquetee los dedos sobre mi pupitre, aburrida. No pude evitar girarme, enfocando me vista hacia el fondo, donde Astrid, entretenida, platicaba con Aidan.

—Una de dos: o te gusta tu amiga o te gusta mi hermano.

Por un momento, no me importó mucho de donde provenía esa voz, pero me tentó saber que expresión tenía Ryan en su rostro.

—¿Cómo puedes decir algo así de una manera tan frívola?

—Eh, pero si no hay de malo en que te guste tu amiga.

—No te hagas el gracioso, Ryan. Sabes que no hablo de eso.

Su voz tenía un tono jocoso, pero, en realidad, su cara era la real imagen de la seriedad.

—¿Y a qué viene todo este jueguito, Gallagher?

—Pues no sé si te habrás dado cuenta, pero cuando has mirado a esos dos has puesto una mirada... bastante curiosa.

Pensé que me estaba molestando, pero por un segundo dudé de mí. Tomó mi silencio como un pase a seguir hablando.

—Pero pienso que eres lo suficientemente lista como para darte cuenta que está mal enamorarte de tu hermanastro —terminó Ryan. Se miraba decidido con esto último que dijo.

—Y no me subestimas, hermanito.

Preferí fijarme en cualquier otra cosa que no estuviera relacionada en la previa conversación. Me aterraba la sola idea de enamorarme de Aidan.

Pasamos de clase. Esperé que Astrid se sentará cerca, pero ni me notó y siguió hablando de cualquier tontada con Aidan. La mejor amiga del mundo.

[...]

Al llegar el receso, salí del aula corriendo (más que todo para que mi amiga notará mi ausencia).

Compraba comida cuando escuché risas. Me volteé nada más para descubrir que eran Astrid y Aidan. Se morían de la risa.

Me enfadó demasiado la verdad. No podía creer que mi amiga me cambiará por un chico lindo. Se sentía tan fantasioso.

—Solin, solita —canturee para mí misma mientras me sentaba en un banco.

Noté a Ryan a los lejos, hablaba con unos chicos. Que rápido hacían amigos todos.

Comí lentamente mi sándwich, preguntándome si me miraba como un homosapiens ahí sola.

Volví mi mirada hacia Ryan sin saber muy bien por qué. Había dejado de hablar con sus amigos y venía hacia mí.

—¿A qué vienes?

—A hacerte compañía. Parecías aburrida. ¿Y tu amiga?

—No sé dónde está esa traidora. Seguro con tu hermano.

—Qué gracioso. Si una mujer abandona a otra, se enoja. Pero yo acabo de dejar a mis amigos por ti y no se han quejado ni un poco.

Lo miré. Me gustaba el color de sus ojos. Suponía que eran verdes.

—¿Me das un poco de tu sándwich?

—No.

Él se quejó.

—Te apuesto que las chicas de allá me lo darían sin ningún problema.

—Pues ve y pruebas tus poderes de macho alfa —nos reímos. Mire a las tales chicas—. Dios mío, es verdad, te miran como si fueras Chris Evans.

—¿Quién es ese ser inferior comparado conmigo?

—Si fue un chiste, te recomiendo que le entres a la comedia Stand Up.

Al final le terminé dando un poco de mi comida. ¿Que les digo? Sus poderes de macho alfa eran reales.

Hablamos de todo un poco hasta que un amigo de Ryan llegó y se lo llevó. Él se despidió, serio.

Agradecí su compañía. No era tan mala como pensaba.

— ¡Eh, ___!  —me gritó Astrid.

—¿Qué?

— ¡Ay, amiga! Si supier...

—¿Qué? ¿Me vienes a hablar de Aidan?

—¿Por qué estás seria? Es algo bueno.

Le dije mil veces que no me interesaba saber, pero estaba decidida a contármelo.

—Es que Aidan me ha invitado a su casa.

—Corrección: mi casa —aclaré con tono despectivo—. Ajá, ¿para qué van a mi casa?

—No sé, a pasar el rato.

—Pero, Astrid, ¿me lo estás contando para preguntarme si me molesta o solo para avisarme?

Parpadeó varias veces, como si no entendiera la pregunta.

—¿Por qué debería molestarte?

—¡No lo sé! Tal vez porque es mi casa y es mi hermanastro.

—Eso es lo de menos, amiga.

Me cansé. La dejé con la palabra en la boca y entré al salón de clases.

Los gemelos GallagherDonde viven las historias. Descúbrelo ahora