Capítulo 12. Fuga de madrugada

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Terminado, Mario, de leer se quedó con la vista fija en el papel y yo en él.

En cualquier momento iba a comenzar a hiperventilar, estaba conteniéndome tal vez no sabría que fui yo.

No podía pensar con claridad. Leyó cada palabra que escribí y todos escucharon, al no poder pensar bien no lograba relacionar quien se atrevió a tomar esa carta de mis cosas y ponérsela en el abrigo a él.

Demasiado cruel porque un bien no era, no de esa forma.

Nunca perdonaría a la persona que lo hizo.

Levanta la vista recorre cada rostro hasta llegar al mío y ahí se queda, sus ojos cafés miran directamente a los míos y gritan respuestas que no le puedo dar.

Además ¿qué diría?

Estaba todo dicho, muy claro, era la respuesta a lo que tanto me había preguntado.

¿Y ahora?

Todos nos miran. El me mira yo miro a todos.

Es obvio que pueden leernos,
Siento nauseas, no se reaccionar, no esperé nunca nada parecido, pensaba dársela yo y hasta leérsela.

En mi mente vi su reacción mil veces y terminábamos en ese tan deseado beso, pero aquella situación me estaba rebasando, me asfixiaba, tenía que salir de allí, escapar de aquella invasión de ojos negros, azules, verdes y café.
Comencé a retroceder paso a paso.

Mario me miró con dudas, para cuando se dió cuenta de mis intenciones ya yo había tomado distancia y rapidez, no me di cuenta en qué momento, pero iba a toda velocidad y apenas veía el camino,

Tropecé con una piedra y caí sin poder evitarlo.

La luna sintió vergüenza que llevara como apellido su nombre y se escondió.
Estaba tan oscuro que ni las manos podía verme.

Me abracé de las rodillas y me quedé ahí, en ninguna parte en ningún lugar.
Estaba sola, tenía miedo, pero era más fuerte la vergüenza de lo sucedido.

Lloré, pensé, volví a pensar y me dormí.

El alba se asomaba de a poco cuando escuché voces lejanas que me llamaban, me obligaban a despertar.

Abrí los ojos aturdida, desorientada, los débiles rayos del sol en el amanecer comenzaban a salir, se sentían bien en la piel.

Todos los acontecimientos vinieron a mi mente como un golpe duro.

Pero no podría huir por siempre. Ya la había cagado lo suficiente, había que hacer frente. Anoche mismo debí hacerlo, pero en mi defensa soy una cobarde incorregible, era momento de dar la cara.

Me puse de pie, me alisé el pelo con los dedos lo mejor que pude, me sacudí la arena del cuerpo y levanté mi rostro al sol, así seria de ahora en adelante, no bajaría la cabeza por nada ni por nadie, no había hecho nada malo, al contrario fue sincera, tenía que sentir orgullo no vergüenza.

Me dolían las rodillas de la caída pero ni siquiera baje la cabeza para comprobarlo.

Comencé a caminar al encuentro de las voces, cuando los veo venir mirando en todas direcciones a los primos castaños y Yamilet.

Javier fue el primero en divisarme y correr a mi encuentro.

No lo pensó y su cara de alivio hizo que mi alma se estrujara un poquito, se veía tan lindo y sincero, me abrazó fuerte sin decir nada.

Enseguida me separó de su cuerpo para revisarme de arriba abajo, comprobando que no me faltara un trocito, cuando vio mis rodillas se puso la mano en la boca. Enseguida llegaron Yamilet y Henry e hicieron lo mismo.

A pesar de todo, se sentía tan bien aquella atención y amor que me estaban dando, y supe en ese momento que también los quería, que también podían contar conmigo que un pedacito de mi corazón estaba destinado a ellos.

Mientras Yamilet me sacude un poco la arena que quedaba en mi, Javier me toma la mano,

-¿Vamos, cariño? Regresemos aún tenemos que recoger todo.

- ¿Y los demás? Le pregunto afectada.

-Se han tenido que marchar después de tu escapada. Nos es imposible alcanzarlos ya- Explica serio y preocupado.

-No entiendo porque se han tenido que marchar. Lo siento tanto- los miro a los ojos pidiéndoles perdón por mi comportamiento.

-Tranquila, es completamente ajeno a tu persona.- cambia la mirada tratando de escapar de la siguiente explicación.

- ¿Me vas a decir en algún momento que pasó?

- Lo siento nena, en el camino te explico, ahora vamos a recoger todo, estoy agotado.- Henry se acerca, se había percatado que cojeaba un poco, se arrodilla y me pide que suba a su espalda, lo dudé un segundo, pero no podía hacer ese desaire, no en ese momento, así que me abracé de su cuello y enredé mis piernas a sus caderas.

Me levantó sin dificultad y me llevó todo el camino hasta el campamento.
Puse mi cabeza en su hombro y cerré mis ojos hasta que Yamilet llamó mi atención, para que me bajara de encima de Henry, se agachó un poco y me puso con cuidado cerca de una roca que usé para sentarme.

Miré alrededor y la fogata estaba apagada, los primos le echaron arena y recogieron uno cuantos vasos que están descuidados, en poco tiempo todo estaba listo para salir.

Tenía un poco de incertidumbre, todo en mi interior se sentía mal, tenía esa especie de presentimientos cuando todo está a punto de cambiar o pasar algo y no sabes que o porque.

Estuvimos en camino rápidamente, el uber que habían llamado no se en qué momento, nos estaba esperando, esta vez no hubieron paradas, me cansé de esperar una respuesta y quede frita en el asiento de atrás en el hombro de Javier.

Me despertó frente a mi casa me ayudó con las maletas, ya Yamilet la habían dejado en su casa, no pude despedirme pues no sentí cuando sucedió, no dejé que los dos primos entraran en casa, ya dentro cerré la puerta busqué corriendo mi cuarto dejé caer las maletas en el mismo y me di un largo y necesario baño, no sabía que pasaba, pero sabía que eventualmente me lo dirían,

Les iba a dar un poco de espacio, el mismo que necesitaba yo en esos momentos, necesitaba borrar un poco lo sucedido, me puse el pijama que siempre usos cuando estoy triste y necesito un abrazo, me fui a la cama,

fue raro no ver a mi mamá en la cocina, tal vez aún no me esperaba, pero no quiero que me vea en estos momentos, mañana será otro día.

MarianaHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora