| Epílogo |

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El sol salió dos días después, cuando el pueblo se reconstruía entre silencios de luto y flores floreciendo sobre la madera quemada, porque las calles aún estaban llenas de escombro y esa amargura en el aire.

Las noches que pasaron fueron difíciles de sobrellevar; ya no había peligro, pero tampoco protección. Sin un cazador, las personas se sentían indefensas, como si estuvieran al descubierto todo el tiempo.

En la cabaña de la colina, o bueno... En los restos, dormía el dominio pelirrojo que aún no despertaba de su descanso, y Sigma a su lado, lo cuidaba noche y día, porque aún no tenía el valor para salir afuera, no estaba listo para enfrentarse a los humanos, ¿Cómo podría? Se notaba como todos cargaban un peso invisible y cierto rencor hacia los demonios. No podía culparlos, era entendible.

A veces salía un poco, solo para buscar comida y ayudar si es que podía. No estaba seguro de que tan bien pudiera adaptarse, pero lo intentaba, tenía que intentarlo por él, por su nueva vida y por el regalo que le dio Dazai de seguir en pie, sin embargo, era difícil. Le daba miedo ser rechazado, ¿Qué haría si no lo querían en ese lugar? ¿A dónde iría?

No podía permitir que sus miedos le ganaran esta vez, así que no importaba cuanto tiempo pudiera tardar en encajar, lo lograría.

Esa tarde, cuando Sigma estaba a punto de salir a buscar algo que comer, escuchó un ruido en la habitación. Algo cayendo con un ruido sordo que lo alarmó y su instinto fue correr de inmediato porque aquello solo tenía una explicación...

Empujó la puerta casi con apuro, encontrándose al pelirrojo sentado al borde de la cama con la cabeza agachada, observando sus manos como si hubiera algo malo en ellas. Su cabello estaba desordenado, su piel no lucía tan pálida como de costumbre y... Sigma se quedó en su lugar, quieto, solo analizándolo.

—¿Chuuya...? —preguntó temeroso. No estaba seguro de si seguía siendo el demonio Arahabaki que no recordaba nada, o si había vuelto a ser su parte humana. La misma que despertó en el acantilado cuando Dazai lo tocó. El pelirrojo asintió suavemente, aún sin decir nada. Parecía fuera de sí, como si estuviera en algún trance. —¿Estás... Estás bien?

De nuevo solo movió su cabeza para responder. Sigma pasó saliva al acercarse, ¿Era buena idea? Quizás estaba desorientado, quizás...

—Sigo siendo un demonio. —susurró apenas. Su voz temblaba débilmente de forma aterrada. —Soy... —no pudo terminar antes de que su garganta se cerrara impidiéndole continuar, pero alzó la cabeza por fin, y Sigma detuvo sus pasos, casi pegando un brinco por la impresión.

Sus ojos eran... Distintos.

Rojo. Azul. Una mezcla de ambos.

—Lo eres. —afirmó, preocupado por sus ojos llenándose de lágrimas al instante. —Lo siento.

Chuuya levantó las manos temblorosas, explorando su propio cuerpo con cuidado. Su piel aún lucía extraña, y en su cabeza todavía tenía aquello que solo confirmaba lo que ya sabía; cuernos. Un par de cuernos sobresalientes eran parte de él ahora, pero no conforme con eso, en su boca podía sentir los colmillos. Intentó quitarlos en un arranque de desesperación, pero Sigma lo detuvo ante de que pudiera hacerse daño.

—¡SUÉLTAME! —el menor lo ignoró, sosteniendo sus manos con fuerza para evitar que siguiera tratando de arrancarse las extremidades. —¡No quiero esto! ¡Déjame!

Cazador || SoukokuHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora