En un mundo donde los demonios son temidos, poderosos y malvados, matan personas inocentes cuando tienen ganas y no hay muchas cosas que los puedan detener.
Por eso existen los cazadores, ellos son personas de corazón valiente que asesinan a estos...
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Chuuya. Era Chuuya.
O eso fue lo que creyó por un instante.
El rostro, los ojos, la postura... ¡Todo en ese demonio se parecía demasiado! Pero la mirada era distinta. No tenía la calidez de Chuuya, sino una frialdad contenida, un destello de frialdad en lo profundo de sus ojos, su piel parecía más pálida, sus uñas ligeramente más largas, y su cabello, aunque con el mismo tono que recordaba, caía de forma diferente con un aire más salvaje.
Sus pensamientos eran un torbellino de recuerdos y dolor, ella había llorado la muerte del pelirrojo y había visto a Dazai destruirse poco a poco tras perderlo, ¿Cómo podía ser posible que ahora, frente a ella, estaba este demonio? Esta criatura que parecía ser su amigo pero no lo era.
Arahabaki no se movió. Había esperado una reacción así, pero en su interior, algo se removió al ver el horror en los ojos de la mujer. Bajó la mirada y sintió un peso extraño en el pecho, ¿Por qué la expresión de ella le dolía? ¿Por qué verla tan afectada le provocaba una punzada de tristeza?
El silencio cayó sobre la cabaña, y Yosano solo cerró los ojos por un instante, obligándose a respirar, luego miró al pelirrojo una vez más, esta vez con más dolor que miedo.
—Chuuya. —su voz casi se quebró, pero negó con la cabeza—No, no eres él, pero... Te pareces tanto.
Arahabaki apretó los labios, pues algo en su interior le decía que debía tratar de hablar para que el ambiente fuera menos pesado, pero no encontraba las palabras, así que simplemente se quedó en silencio, sintiendo el peso de una vida que no recordaba, pero que parecía estar anclada con él de alguna manera.
Yosano miró a Dazai, ahora con la cabeza un poco más tranquila, caminó unos segundos de un lado a otro. Lo conocía desde hacía años y sabía que no haría algo así a la ligera, luego, volvió a posar sus ojos en el demonio. Aunque su parecido con Nakahara era estremecedor, había algo que era diferente, algo que lo hacía un desconocido.
—Está bien. —dijo finalmente, su voz más firme. —Háblame de esto, Dazai, y explícame qué está pasando.
Él asintió, aliviado de que no hubiera salido corriendo. Se sentó de nuevo en su silla e hizo un gesto para que ella hiciera lo mismo, mientras Arahabaki, por su parte, permaneció en silencio, escuchando con atención cada palabra que salía de la boca del cazador.
—Apareció en la cabaña una noche. —empezó con su tono bajo, pero seguro. —Al principio, pensé que era solo otro demonio... Pero entonces vi su rostro, y no podía matarlo sin antes entender quién era.
Yosano tragó saliva y miró de reojo al pelirrojo. —¿Y tú? —le preguntó directamente.
—Yo... Bueno. —pausó un segundo, bajando la mirada hacia las tablas del piso. —No llegué aquí por casualidad, esa noche cuando salí de la grieta, caminé dando un paseo y luego ví un camino. Fue extraño, porque me pareció familiar, y entonces lo seguí hasta que llegue a esta cabaña, pero no tenía intenciones de matar a nadie solo... Las camelias hicieron que sintiera algo, como... No lo sé, fue raro.