En un mundo donde los demonios son temidos, poderosos y malvados, matan personas inocentes cuando tienen ganas y no hay muchas cosas que los puedan detener.
Por eso existen los cazadores, ellos son personas de corazón valiente que asesinan a estos...
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El cielo se teñía de tonos suaves a medida que el sol desaparecía dejando una estela cálida de luz que se colaba dentro de la cabaña.
Arahabaki dormía profundamente sobre la cama, cubierto por una manta liviana. Su respiración era tranquila, con el rostro ligeramente girado hacia donde el cazador estaba sentado, en silencio, con una copa de vino medio vacía en su mano, y junto a su silla, la espada.
Sus dedos jugaban distraídamente con una de las hebras de su cabello. No le prestaba la suficiente atención a su bebida, su mente se preocupaba más en pensar, ¿Lo podría proteger? La última vez... Pudo haber hecho más, pudo haber sido más fuerte, más determinado, podría haberlo salvado, pero no lo hizo, y ahora que estaba de vuelta, ¿Podía hacerlo diferente?
Él dijo que no se trataba de un simple demonio, sino, del príncipe de los demonios, y por lo poco que sabían sobre esas criaturas, debía ser alguien fuerte, mucho más astuto y sobrenatural que todos a los que se había enfrentado, pero... No tenía miedo.
Si tuviera que morir, lo haría siempre y cuando, él estuviera bien.
Por minutos, casi horas, estuvo en silencio esperando, escuchando los sonidos con atención; el canto de las aves nocturnas, los grillos, el crujido de las ramas de los árboles al moverse, y nada fuera de lo normal, al menos... Hasta que escuchó un crujido diferente, sutil, casi imperceptible, que quebró el silencio.
Dazai alzó la vista de inmediato con su cuerpo tensándose como un resorte. No era el sonido de la madera contrayéndose con el frío del anochecer, ni el murmullo del viento entre los árboles, esto era algo distinto que no pertenecía.
Se puso de pie sin hacer ruido, dejando la copa a un lado mientras sus dedos se cerraban firmes alrededor de la empuñadura de la espada. Caminó hasta la ventana, buscó entre las sombras del exterior, pero no vio nada, aun así, lo sentía, podía sentir una presencia que le helaba la sangre.
Volvió la mirada hacia la cama cuando el aire a sus espaldas cambió, y fue entonces que lo vio; de pie, al otro lado de la habitación, a escasos pasos de donde el pelirrojo dormía, estaba Fyodor.
Su silueta parecía haber salido de entre las sombras, su cabello azabache caía con elegancia sobre sus hombros, y sus ojos profundos e inhumanos, llenos de brillo peligroso, estaban fijos en el rostro dormido de Arahabaki. No hizo ni un solo movimiento, como si observarlo fuera una ceremonia sagrada, o un acto de posesión silenciosa.
Dazai sintió algo dentro de él ardiendo como una brasa. —Aléjate de él. —ordenó, con voz firme, aunque baja para no despertarlo.
Fyodor no se movió. Solo desvió la mirada hacia él con lentitud, con esa calma escalofriante que tienen los depredadores cuando no sienten amenaza alguna. Sus labios se curvaron en una sonrisa apenas visible.
—¿Así lo proteges, cazador? —murmuró. —Durmiendo mientras esperas a que un demonio entre por la puerta como si la cabaña fuera suya. —el castaño levantó la espada, el filo brilló, pero el azabache lo ignoró volviendo su atención hacia el demonio durmiente. —Es hermoso, ¿Cierto? —dijo estirando su mano para retirar uno de los mechones en su frente. —Puedo entender el porqué de tú obsesión por él, en serio.