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La celda estaba húmeda y tibia por la presencia constante de las velas y la falta de aire fresco

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La celda estaba húmeda y tibia por la presencia constante de las velas y la falta de aire fresco. Como cada mañana desde su encierro, Arahabaki estaba sentado contra la pared abrazando sus piernas con una manta vieja cubriéndole los hombros.

No se movió ni siquiera cuando escuchó los pasos de Sigma bajando por las escaleras pues ya reconocía el ritmo, el sonido de sus pasos contra la piedra, la forma en que exhalaba justo antes de abrir la reja.

—Desayuno. —dijo en su tono habitual, colocando un pequeño cuenco de carne guisada y agua frente a él.

El pelirrojo no respondió, pero sus ojos se clavaron en los de el otro demonio unos segundos, y antes de que Sigma pudiera decir algo, una sombra apareció detrás suyo.

Fyodor estaba ahí, tan silencioso que solo lo notaron hasta que habló. —Puedes retirarte. —ordenó.

Sigma alzó las cejas, confundido, pero miró al pelirrojo un momento antes de irse sin decir nada más, cerrando la reja tras de sí. Los pasos de su retirada resonaron por las escaleras hasta desvanecerse, y solo entonces, el pelirrojo alzó la mirada, observando al demonio de pie sin moverse, con los ojos entrecerrados. Su energía era distinta... Más pesada, más intensa.

—¿Qué sucede...? —susurró.

—¿Quién es Dazai? —preguntó con su voz llena de filo.

La pregunta lo golpeó como un látigo invisible.

Arahabaki sintió un tirón en el pecho, una presión desconocida que era como si un eco profundo se agitara dentro suyo, como si ese nombre, Dazai, le arrancara algo que no comprendía.

—No lo sé... —musitó, bajando la mirada en un intento de sonar neutral.

El azabache dio un paso al frente hasta que su sombra lo cubrió. —Estás mintiendo. —espetó sin rabia, pero con una frialdad que helaba la sangre. —Dijiste su nombre mientras dormías como si pensaras en algo... ¿Por qué?

Él tembló, aunque no por miedo, sino por la incertidumbre que ahora se apoderaba de su cuerpo. No podía explicarlo, ¿Por qué le duele su nombre? ¿Por qué su cuerpo reacciona así?

—No lo sé... —repitió esta vez con una voz más firme, esperando que fuera convincente.

Dostoyevski se agachó con el ceño fruncido y sus ojos como dos pozos sin fondo observaron la carne del plato para luego volver al pelirrojo. —¿Es humano? ¿Te conoce? —dijo con una intensidad que hacía crujir el aire. —¿Por qué me ocultas algo tan importante?

Arahabaki apretó los labios. No sabía cómo responder, no tenía palabras ni recuerdos concretos, pero algo dentro de él se resistía a traicionar ese nombre, así que con su silencio se negó a responder.

—Si no me lo dices... —lo miró por un largo instante con la mandíbula tensa. —Lo descubriré de todos modos. —declaró incorporándose con lentitud, su silueta alargándose por la luz de la vela. —Y cuando lo haga... Lamentarás no habérmelo contado tú.

Cazador || SoukokuDonde viven las historias. Descúbrelo ahora