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Obanai se despertó con una sonrisa en su rostro

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Obanai se despertó con una sonrisa en su rostro. Había tenido una de las mejores noches de su vida, y todo gracias a Muichiro. Recordó cómo habían ido a comer sushi, a pasear por el parque y a jugar en el arcade, y cómo al final, cuando la lluvia los sorprendió, Muichiro le había dado un beso en la mejilla y le había confesado sus sentimientos. Iguro sintió que su corazón latía más rápido al recordar ese momento. Se levantó de la cama y se dirigió al baño para arreglarse. Hoy tenía que ir a trabajar, pero no le importaba. Estaba feliz y nada podía arruinar su día.

Después de ducharse y vestirse, salió de su casa y se subió a su auto. Condujo hasta la cafetería donde trabajaba Muichiro, con la esperanza de verlo antes de ir a la oficina. Entró al local y buscó con la mirada al chico de cabello negro con puntas verde menta. Lo encontró detrás del mostrador, atendiendo a los clientes con una sonrisa. Obanai se acercó a él y lo saludó.

—Buenos días, Muichiro —dijo tratando de ocultar su nerviosismo.

—Buenos días, Obanai-san —respondió Muichiro, reconociendo su voz—. ¿Qué lo trae por aquí?

—Solo quería verte y preguntarte cómo estás —contestó el peli-negro, sonriendo levemente.

—Estoy bien, gracias —dijo el menor devolviéndole el gesto—. ¿Y tú? ¿Llegó bien a casa anoche?

—Llegué bien —respondió Obanai, sintiendo que se sonrojaba.

—Me alegra escuchar eso —susurró el de ojos verde menta.

—Por cierto, ¿Te gustó nuestra cita? —preguntó el mayor, mirándolo a los ojos.

—Sí, me encantó —respondió—. Fue muy divertida y especial. ¿Y a ti?

—También me gustó —contestó el peli-negro.

—Y también me gustaste tú —expresó Tokito bajando la cabeza, ocultando su ya notable rubor de color intenso.

Obanai sintió que su corazón se aceleraba al escuchar esas palabras. Quería decirle lo mismo, pero no sabía cómo hacerlo sin parecer cursi o tonto. Antes de que pudiera decir algo, una voz los interrumpió.

—¡Muichiro! ¡Deja de coquetear con el cliente y atiende a los demás! —gritó Tanjiro desde la cocina.

Muichiro se sobresaltó y se disculpó con el mayor.

—Lo siento, Obanai-san. Tengo que trabajar —dijo—. ¿Quieres algo? Te lo puedo preparar rápido.

—No te preocupes, Muichiro. No quiero molestarte —contestó el mayor—. Solo vine a saludarte. Ya me voy.

—¿Seguro? —preguntó Muichiro, con una expresión de decepción.

—Sí, seguro —respondió—. Tengo que ir a trabajar también. Pero nos vemos pronto, ¿vale?

—Vale —dijo Muichiro—. Nos vemos pronto.

Obanai le dio una última mirada y salió de la cafetería. Se subió a su carro y condujo hasta su oficina. Estaba un poco triste por no haber podido hablar más con Muichiro, pero también estaba contento por haberlo visto. Se dijo a sí mismo que pronto volverían a verse y que entonces podrían hablar más tranquilamente.

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