Dos.

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Así pasó un mes en el que Taehyung los visitaba todos los días sin falta. Siempre llegaba a la misma hora, con un obsequio más lujoso que el anterior, luciendo trajes impecables confeccionados con telas finas y exclusivas.

El brillo discreto de su reloj y el destello de sus anillos le daban una presencia imponente. Su hablar era reservado, su tono firme, su postura perfecta. Una seriedad envolvente que fascinaba a la familia, que se desvivía por saber más de él.

Jungkook, aunque observador silencioso, empezaba a convencerse de que podría convivir con alguien así. Taehyung era un hombre meticuloso, de gestos escasos, elegante y sumamente dominante. Lo que él interpretaba como dominio no provenía de gestos bruscos, sino de una energía contenida, de ese tipo que hacía bajar la mirada sin una sola palabra. Las veces que había intercambiado palabras con el señor Kim eran escasas y siempre llenas de torpeza.

Recordaba vívidamente la primera semana, cuando Taehyung apareció con un par de aretes largos, decorados con piedras grandes y brillantes. El omega pensó que, con seguridad, eran de oro o plata, con incrustaciones de diamantes.

Agradeció con una reverencia tímida. Su madre, con una sonrisa expectante, le hizo una seña sutil para que hiciera algo más. Jungkook, sin saber bien qué hacer, se puso de puntillas con esfuerzo y le dejó un beso en la mejilla. Le temblaban los dedos, las rodillas. No era por rubor; era el miedo el que lo hacía rojo. Solo cuando se separó notó que había dejado una marca de labial. Sus padres rieron. Él, en cambio, quiso desaparecer.

La vergüenza le duró más de una semana. Apenas podía sostenerle la mirada y cada vez que lo hacía, su cuerpo traicionaba su autocontrol: pequeñas dosis de feromonas escapaban de él como si su piel hablara por su cuenta. Taehyung lo notaba, claro. Pero jamás hacía comentario alguno.

Para entonces, el alfa le había regalado un collar de perlas. Y esa vez, al entregárselo, sonrió. Fue una sonrisa leve, rápida pero completamente inesperada. Era tan diferente al resto de su presencia que Jungkook se sintió invadido por una emoción nueva. Lo desconcertó. Quizá era falsa, quizá no, pero por un segundo... se sintió especial.

Para esa última semana ya se hablaba de una boda inminente.

Todos estaban de acuerdo. Incluso él.

Muy en el fondo, Jungkook sabía que prefería casarse con un alfa como él que con cualquier otro desconocido. Era un omega fuerte —así lo creía—, y estaba dispuesto a moldearse si eso garantizaba un futuro estable y feliz. Podía adaptarse al carácter del alfa, tal vez llegarían a quererse. Tal vez podría perder el pudor, incluso aprender a no tensarse cada vez que lo veía. Siempre sin olvidar la sumisión que, según su educación, era fundamental para congeniar con un alfa. Sus padres le habían conseguido un partido ejemplar. No podía rechazarlo así como así.

Y además... Taehyung era atractivo.

No era solo alto. Era demasiado alto. Delgado, sí, pero con un porte elegante, con armonía corporal. Cada cosa en él estaba en su lugar. Desde su manera de sentarse hasta la forma en que sostenía una copa de vino. Su mirada lo dejaba sin aliento. Jungkook no tenía dudas: era rico e influyente y eso se notaba sin que nadie lo dijera.

— ¡Excelente! —exclamó su padre con emoción—. Entre más pronto, mejor. Contrataré a todo el personal necesario para que el día de la ceremonia no falte nada.

— Taehyung, solo que... —intervino su madre, frotándose las manos— no puedo creer que la boda sea tan pequeña. Hemos esperado tanto por esto y...

— Menos es más —cortó el alfa, con voz baja pero firme—. Me parece mejor que sea algo familiar. Mi círculo social más cercano es pequeño y prefiero ser reservado en este aspecto.

housewife. tkHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora