Connie es una adolescente de quince años que está buscando ordenar su vida tras una ruptura amorosa. Con su fiel compañero, un reproductor de mp3, ella comprenderá que el poder de las canciones es singular.
Una canción puede recordarte a alguien o t...
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Llevaba más de una hora esperando sentada en la acera. Se abrazó a sí misma al sentir que su chaqueta de material sintético no estaba logrando mantenerla caliente.
A unos metros de distancia, un gigante hoyo en el pavimento ocasionaba que los vehículos dieran sobresaltos cuando el conductor no lograba disminuir la velocidad a tiempo. La escasa diversión que obtuvo mientras esperó provino de esos autos que no alcanzaron a zafar del hoyo, provocando en ella una risa burlesca.
A medida que avanzaban los minutos, más personas comenzaron a transcurrir con destino a la vieja casa que se mantenía firme ante tanto deterioro a su alrededor. En más de una oportunidad, un grupo de chicos trató de conversar con ella e invitarla al interior, pero Connie se negó respondiendo que esperaba por alguien.
Pasadas las nueve de la noche, vio al auto color beige oscuro detenerse a unos pocos metros. Se levantó rápidamente y caminó hacia allá entretanto acomodaba su ropa y su cabello. Observó a Dylan y Matt acercarse con apremio, sobre todo al primero, quien traía consigo una expresión atónita.
—Te dije que vendría —mencionó ella con aire desafiante.
—¿Cómo llegaste acá? —la cuestionó Dylan en estado de estupefacción. Su cabeza se hallaba repleta de preguntas bobas como esa.
—Eso ya no importa. —Intercaló su mirada entre ambos chicos—. ¿Entramos?
Dylan la tomó por el brazo y la guio a unos pasos lejos de ahí para hablar en privado.
—¿Tienes idea de qué lugar es este?
—Dylan, basta. Llevo esperando dos horas y no ha parado de entrar y salir gente. Yo también quiero conocer este lugar y no hay nada que puedas decir o hacer que me haga cambiar de opinión.
Dylan la observó rendido. Ya había fallado con su promesa interna de regresar a ese lugar, y ahora estaba fallando con mantener a la chica alejada de allí.
—¿Qué droga buscas? —preguntó a regañadientes.
—Quiero algo que me ayude a dormir... tú sabes... algo que me ayude a alivianar todo.
El chico bufó. Se giró hacia su izquierda y comenzó a dar pasos cortos. Suspiró profundamente y volvió a colocarse frente a ella.
—Escúchame bien. La gente que maneja este lugar es peligrosa. Se aprovechan de personas vulnerables para llevar a cabo su negocio. Ellos quieren que cada persona que entra aquí salga más necesitada de cómo llegaron —dijo él apuntando a la casa—. No es un juego, Connie. Vamos a entrar y lo haremos juntos. No te separarás de mí, ¿de acuerdo?
Connie asintió.
—Si tantas ganas tienes de conocer este mugroso lugar, pues bien, lo harás junto a mí. —Extendió su mano, la que fue correspondida unos segundos después.