Capítulo 9

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Después de que Noah dejara mi apartamento, un hueco se me hizo en el pecho. Realmente no entendía a los hombres: un día son una cosa y a la mañana siguiente otra.

Max, mi perro, estaba tranquilo como siempre, mirándome con cara de tristeza, como si comprendiera todo lo que había pasado. Pero yo no quería la lástima de nadie, ni siquiera la de mi único amigo perruno.

Me fui a mi habitación para un cambio rápido de ropa y, gracias a mi nula vida social, prendí Netflix para ver alguna comedia romántica que terminara de derrumbar la poca estabilidad psicológica que me quedaba.

Cerca de las cinco de la tarde me había quedado dormida en el sofá, justo en la parte donde horas atrás estaba la ropa de Noah, y juraría que su perfume todavía se había quedado impregnado en la tela.

A juzgar por la poca luz que entraba por mi ventana, afuera el sol ya debía estar casi listo para irse a dormir. En medio de la penumbra que reinaba en la sala, divisé mi celular, que siempre se mantenía en vibrador encendido, reflejando una llamada.

No conocía el número. Nadie me llamaba nunca. Además, el número de las pocas personas que podrían hacerlo ya estaba registrado en mis contactos. El código de área era de Nueva York y no estaba marcado como spam.

—¿Hola? —fue lo más rápido que se me ocurrió para responder.

—¿Hablo con la señorita Luna? —me respondió una mujer con voz ronca y cansada.

Dudé un segundo si responder o no. La verdad, no se me antojaba hablar con nadie. No quería más problemas, pero ya había contestado y tenía que hacerme responsable.

—Sí, la misma. ¿Con quién tengo el placer?

—Habla Elena, secretaria del señor Steven Miller. Le tengo una noticia y mi jefe espera con ansias que la acepte.

Arqueé una ceja. Miller, Miller, Miller... Si mal no recuerdo, era uno de los inversionistas de la compañía, abogado y dueño de varias empresas. Había hablado con él la noche de la cena; era el anfitrión y uno de los más interesados en lo que yo estaba haciendo con la contabilidad de mi oficina.

—La escucho.

—En dos días se dará una conferencia en Washington D.C. Su jefe va a estar presente y nosotros requerimos que usted también esté. Acabo de enviarle el pasaje de ida y vuelta, además de su reservación en uno de los mejores hoteles. La empresa ya está informada y tiene su permiso de ausencia listo en papel. Solo contamos con que asista. El vuelo sale mañana a primera hora.

El teléfono en mi mano vibró mostrando la llegada de dos correos.

—Supongo que no tengo más opción.

—Esperamos que disfrute el viaje. Mi jefe se encargó también de enviarle un vestido para la cena que se llevará a cabo una vez terminada la reunión. Debería llegarle hoy. Espera que pueda ser su acompañante.

Rodé los ojos. Sí, ya había visto al tal Miller mirarme mucho en la cena. No estaba nada mal, pero a mis cortos veinte años no me gustaría salir con un hombre que me dobla la edad.

Supongo que estoy soltera ahora y no me vendría mal alguna que otra cita.

—Está bien. Dígale, por favor, que agradezco su amabilidad y que no se hubiera molestado en enviarme ningún vestido. Yo puedo hacerme cargo de esos gastos. —¿A quién miento? Si no me alcanzaría ni siquiera para el pasaje sin antes explotar mi tarjeta de crédito hasta el final.

—Le haré llegar al señor Miller sus agradecimientos —fue cortante y seca. Mmm, ¿qué tenemos aquí? ¿Celos? ¿La típica historia de la secretaria amante? Sonreí solo de imaginarlo.

—Espero que tenga excelente tarde.

Iba a decir "igualmente", pero ni siquiera me dio tiempo de abrir la boca.

Mi aplicación de correos estaba abierta, justo donde aparecía la reservación del vuelo. Definitivamente era temprano: el check-in era a las 8 y el abordaje a las 10. También había otro correo con la fecha de regreso para el miércoles en la tarde. Cuando intenté abrir el siguiente, con la reservación del hotel, el sonido del timbre me interrumpió, haciéndome dar un respingo.

¿Dos visitas el mismo día? Me estaba volviendo más popular de la cuenta.

Tras abrir la gran lata de metal, un jovencito me recibió del otro lado. Era delgado en extremo y supuse que no tendría más de 18 años.

—¿Eva Moon? —me miró y alzó una ceja.

Claro, en sus manos traía una caja grande y blanca con el logo de una de las marcas más caras del mundo. Obviamente, alguien como yo —que vestía unos shorts cortos de mezclilla, una blusa de tirantes negra y Crocs, y vivía en un barrio donde se repartían drogas en cada esquina—, a menos que tuviera un sugar daddy o un amante, no vestiría algo así en su vida.

—La misma. ¿Dónde firmo? —respondí borde. Estaba molesta; no me gustaba que un desconocido me comprara cosas, y menos tan caras. Pero tenía que meterme la lengua y aceptar, porque ya el daño estaba hecho.

El chico me estiró una libreta con cara de pocos amigos y, una vez que firmé, dejó la caja recostada en la puerta y se marchó.

Mocoso maleducado.

La gran caja blanca me gritaba "ábreme, ábreme", y no me resistí.

En el interior reposaba un hermoso vestido gris con escote en V, pegado al cuerpo y lo suficientemente elegante para una cena, y lo suficientemente formal para una reunión.

En la parte baja venía otra caja mediana y un par más pequeñas. En la primera, unos zapatos altos negros formales, con un tacón lo bastante razonable para verse elegante y a la vez cómodo. En las otras, un collar y unos pendientes, ambos negros. Y cuando pensé que iba a ser todo, debajo de los papeles que generalmente cubren las cosas, escondida venía otra pequeña caja blanca con el mismo logo. Adentro estaba una cartera en forma de sobre negra con algunas piedras. Definitivamente, quien haya escogido esto tenía un gusto divino por la moda.

Después de haber empacado todo aquello en mi maleta y guardar también las mejores ropas que encontré para los tres días de viaje, decidí ir a la cama.

Volví a quedarme sin ropa debajo de las sábanas y rebusqué en la gaveta a mi costado el mediano juguete rosa que me había acompañado en mis momentos de deseo y soledad. Sentí su vibración en mis manos y automáticamente me dio calma.

Los recuerdos del beso de esta mañana vinieron a mi mente mientras lo introducía en mi humedad, imaginando el tacto de las manos de Noah contra mi piel, gemí. Definitivamente es un gran amante, porque solo de recordar cuando tres semanas atrás me lanzó en la cama y comenzó a jugar con mis pechos, dando besos lujuriosos y succiones en mis pezones que más que dolor provocaban placer, y borrosos detalles de cómo me embestía la lujuria se apoderó de mi cordura y la corriente volvió a atravesar todo mi cuerpo. Había sido incluso más intenso que la última vez.

Terminé exhausta y el juguete fue a dar a un lado de mi cama, lleno de mis fluidos, mientras cerraba los ojos y atrapaba el sueño.

Un Imperio De Hielo Y Lunas AzulesHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora