Capítulo 17

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Llevaba la noche entera dando vueltas en la cama. Apenas amaneció, busqué en los registros de la empresa y el único Rafael Rey que figuraba era uno de los accionistas minoristas. Su foto me pareció familiar: su apellido era el mismo y provenía de Orlando, Florida. Era demasiada coincidencia, así que rebusqué entre las fotos antiguas de mi familia que había en Internet. Apenas encontré un par donde estábamos todos, y la nostalgia me golpeó tan fuerte que las lágrimas no me dejaron apreciar la imagen en un principio.

Me costó trabajo enfocar miembro por miembro. Los abuelos estaban en una esquina, abrazados y sonrientes; mamá acariciaba la gran barriga del que sería su primer hijo varón; papá tenía un brillo maravilloso en los ojos y, debajo de ellos, yo, con un par de coletas rubias largas y sedosas. A nuestro lado estaba, creo, la tía Julia, que falleció días después de esa foto. Y en el fondo...

El tío Rafael.

Tenía unos diez años menos, pero era exactamente el mismo hombre. Tuve que mirarlo varias veces para darme cuenta. Para aquellos entonces tendría treinta, y ahora los cuarenta lo habían golpeado tanto que parecía más bien de cincuenta.

Supongo que es el peso del estrés de estar robándole a la empresa cinco mil millones todos los años, juntando veinticinco mil millones en cinco años, de la manera más silenciosa y sutil posible, disfrazándolos con impuestos y pagos fantasmas a compañías que no existen.

Un incompetente lo hubiese pasado por alto. Total, estaba firmado por cuanto jefe podía aprobarlo y, para las cifras que normalmente se manejan, no era algo descabellado. Pero un ojo de águila se da cuenta de que el cliente no está registrado en la firma de lealtad de la compañía, sino que es uno con un nombre semejante.

Tenía que encontrar la manera de contarle todo a Noah y al señor Thompson. Pero cuando bajé a desayunar, él no estaba por ningún lado.

—Buenos días —casi susurré a los comensales.

La señora Thompson estaba sentada junto a su hija y, de vez en cuando, le acariciaba el cabello azabache, que de tan cerca parecía no haberse cepillado en varios días.

—Buenos días, querida, toma asiento. Bela, ella es... —hizo una pausa, buscando palabras para describirme ante su hija, y sé que es complicado, porque ni siquiera yo sé qué soy— amiga de tu hermano. Fue la chica que sufrió el atentado. Está aquí para que la protejamos mientras encuentran al culpable.

—Hola —me saludó apenada, bajando su rostro magullado.

—Buenos días —repetí y tomé asiento.

Nos sumimos en un silencio incómodo donde solo se escuchaba el sonido de los cubiertos contra el cristal de los platos. Apenas levanté la mirada, pero podía oír a la chica susurrarle cosas a su madre, quien la abrazaba y le depositaba suaves besos en la frente.

Yo también desearía que mamá hiciera eso conmigo cada vez que me sentía como la mierda, que últimamente pasaba muy seguido.

El jugo de naranja aplacó las náuseas que ya se estaban volviendo parte de mi rutina. Me llené con un emparedado de ensalada con mayonesa, atún y chocolate. Sí, sé que suena asqueroso, pero tenía unas ganas incontrolables de probarlo... y no sabía para nada mal.

Vestía un traje deportivo negro, justo como mi aura se coloreaba en esos momentos, y bajé con la intención de pedir un Uber para llegar al gran rascacielos.

Pero para mi suerte —o desgracia— la señora Dairine, a quien recién le había preguntado su nombre después de un día entero, me interceptó y no me dejó ir a menos que aceptara que Sam me acompañara.

No me quedó de otra que subirme al Rolls-Royce negro. El camino fue muchísimo más corto y llevadero. Cuando faltaban diez minutos y yo revisaba cosas en mi portátil, Sam aceleró de pronto y se llevó una luz roja, casi provocando un accidente.

Un Imperio De Hielo Y Lunas AzulesHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora