7:00 a. m. Apenas comenzaba a amanecer sobre las abarrotadas calles de Nueva York.
"Maldito horario de verano", grité en mi cabeza cuando el calor del sol me pegó de lleno en la cara desde temprano en la mañana, haciendo que mi estado de ánimo empeorara de inmediato.
Aunque un poco de sol no era precisamente la peor de mis mortificaciones, tampoco era el motivo real de mi mal humor. Estaba cabreada hasta la última molécula de mi cuerpo porque, en ese preciso momento, debía estar sentada en la nueva oficina de mi maldito nuevo trabajo.
No es que sea una fanática de la puntualidad, pero ser la secretaria de uno de los CEOs más importantes de toda la ciudad no me permite jugar con el horario. Y sinceramente, no quiero estar de patitas en la calle en mi segunda semana. Sería un récord que prefiero no romper, especialmente cuando es la primera vez que tengo un empleo con un sueldo lo bastante decente como para pagar todas mis deudas y cuentas pendientes.
Para colmo, hoy es viernes 13, y yo me siento como una gata negra caminando por las calles de Europa en pleno siglo XIV. En general, soy un imán para las desgracias, así que no me sorprendió que esa mañana ya hubiera perdido el bus dos veces y, como resultado, tuviera que esperar media hora más a que pasara el tren de nuevo.
Miro el viejo reloj que me regaló mi madre cuando estaba en la escuela elemental. Ya me aprieta un poco la muñeca, pero no tengo intención de quitármelo.
Una hora completa de retraso.
Ruedo los ojos, consciente de que esta vez la secretaria principal no me lo va a perdonar. Y no la culpo. Si me pidieran ser honesta, y yo misma fuera mi jefa, ya me habría despedido.
Soy un desastre.
Apresuro el paso. Apenas lleva una hora amaneciendo y ya estoy exhausta. Me duelen los pies y mi mente sigue repitiendo, una y otra vez, el recuerdo de algo malo... ¿o maravilloso?... que hice hace dos noches y que no me ha dejado pegar ojo desde entonces. Debo parecer un mapache con estas ojeras.
Aun así, no me dejo vencer por mis pensamientos y continúo mi caminata hacia la entrada del edificio. Siento el aire acondicionado rozarme la piel y, al instante, me doy cuenta de las gotas de sudor que recorren mi frente. Las limpio con discreción mientras aspiro profundo, intentando recomponerme antes de enfrentar el día.
A unos pasos de mí distingo, por fin, el único elevador que está funcionando esta semana en este maldito rascacielos que, se supone, le pertenece a una compañía multimillonaria. Y pensar que esta empresa precisamente se dedica a cosas como estas... Supongo que el dicho "en casa de herrero, cuchillo de palo" no se equivoca.
Corro como loca, esperando poder entrar y ahorrarme otros cinco minutos de espera. Porque, seamos honestos, subir 27 pisos por las escaleras no está en mi lista de metas hoy.
Por suerte, lo logro. Pero termino tan sofocada en el proceso que tengo que inclinarme un poco, apoyando las manos en las rodillas para recuperar el aliento. Como si no bastaran ya los kilómetros que había caminado esta mañana.
Cuando por fin respiro con normalidad, la fría pared metálica del elevador se convierte en mi mejor aliada para relajarme antes de enfrentar la tormenta que sé que me espera en la oficina.
Usualmente no me fijo en las personas que suben conmigo en el ascensor. Soy demasiado tímida como para siquiera saludar. Pero esta vez fue imposible no alarmarme... cuando me percaté de que el CEO de la empresa estaba justo detrás de mí, quemándome con su mirada intensa.
¿Es que no tienen ellos su propio ascensor?
Todo mi cuerpo se estremeció y me obligué a no apartar la vista de las puertas, rezando para que este maldito letargo no se prolongara más. Y no, no era por el nerviosismo de que se diera cuenta de que una de sus secretarias —que probablemente ni conoce— llegaba 65 minutos tarde a su puesto.
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Un Imperio De Hielo Y Lunas Azules
RomansaEva es una chica linda y llena de secretos, pero rota por dentro ya que carga con la culpa de quitarles la vida a las personas que ama. Por cosas del destino encuentra un trabajo como secretaria del CEO de una de las empresas más grandes de New Yor...
